Sesenta y nueve.
Tenía
13 años. Antes era un muchacho más bien tirando a gordito, muy moreno de cara,
con el pelo negro como el carbón, al igual que sus ojos. Tenía una mirada
envolvente, que atraía. Era muy simpático, aunque algunas veces reconozco que
se pasaba de bromista, un chico que no paraba quieto, se reía de todo (y de todos), pero muy buen amigo. Amante del
tenis, iba a un club privado para aprender a jugar. No era muy rápido, pero no
necesitaba de la velocidad para ganar, su fuerza era capaz de hacerlo sola. Al
cabo de un tiempo dejó de ir, sin explicar nada a nadie, ni siquiera al
profesor. Su madre tampoco dijo nada, y mira que fue raro, porque era más
habladora que Rosa Ruano.
Pero
al fin he descubierto, esta misma tarde, porqué dejó de ir al club, y porqué su
madre no volvió nunca más a llamar a la mía. Nunca más… Hasta hoy. Araceli
necesitaba desahogarse: dos años sin hablar con nadie, solo con doctores,
doctores y más doctores. No había salido de casa nada más que para trabajar, y
ahora resulta que le han despedido. Su hijo, Iván, ya tiene 15 años. Ha
adelgazado mucho y está demasiado alto para su edad. Ya no tiene esa mirada tan
atrayente; aunque sigue teniendo los ojos negros, ha cambiado, y mucho. Según
lo que cuenta su madre, se ha vuelto muy responsable en todo: ayuda en casa,
saca buenas notas en el instituto, habla como si tuviera 20 años… Se preocupa
por todo (y por todos).
Su
padre tiene cáncer de pulmón. Tiene un jodido cáncer desde hace más de dos
años. Y yo me he enterado hoy, cuando ya le han dado no sé cuántas sesiones de
quimioterapia y radioterapia, e incluso le han intervenido una vez, sin éxito. El
cáncer ha persistido. El cáncer no deja en paz al padre de Iván.
Hoy
he hablado con él, por teléfono. Con Iván. Su madre ha llamado a mi madre y,
tras ellas dos hablar, al parecer él ha pedido que si podía decirme una cosa. Y
después de dos años me sigue tratando como si nos hubiéramos seguido viendo
cada martes y jueves.
No
ha sido mi madre quien me ha dicho lo del padre de Iván. Ha sido Iván.
“Mi
padre se muere”.
No
he sabido qué contestar, ni siquiera lo he hecho. Me ha dicho que a ver si quedábamos
un día de estos, que tenía que contarme muchas cosas, y yo, por supuesto, le he
dicho que sí, que él ponía el día, la hora y el lugar… Bueno, el lugar lo pondrían
mis padres.
Un
maldito cáncer. Que se dice pronto: cáncer. Sinónimo de muerte, al menos para mí.
Mi abuela se murió de cáncer de útero. Mi vecina tiene leucemia, ya está
ingresada en el hospital. Hasta una chica de mi colegio tuvo cáncer, pero
gracias que lo pillaron a tiempo.
Aún así, no hay más tortura que ver a tu padre empeorar día sí y día también. Ver cómo
se le cae el pelo a causa de la abrasadora quimioterapia. Tener que encargarte,
con 15 años, de que a tu padre no le falte de nada y que tu madre no se
derrumbe en la calle.
Iván
maduró hace 2 años, cuando le dieron el diagnóstico de su padre.
Yo
he madurado hoy…
No hay comentarios:
Publicar un comentario