29 de marzo de 2012

Setenta y uno.

Qué bonito es Madrid de noche. Era casi la una de la madrugada y las calles estaban abarrotadas, como si fueran las seis. No voy mucho al centro, no soy de las que les gusta estar fuera de casa, así que no les pido muchas excursiones a mis padres. Pero después de lo de ayer, voy a ir más a menudo. O por lo menos eso espero.


Me sentía muy pequeña en aquel café para poetas. Tenía a mi madre al lado y a mi padre detrás, pero me sentía… No sola, sino pequeña. Veía a toda aquella gente como verdaderos ídolos, como gigantes. Me gustaba ese ambiente y, todavía ahora, al día siguiente y por la tarde, sigo teniendo el sonido de las voces de aquella gente en mis oídos: auténtica música de verdaderos poetas. No de los que buscan logros, dinero o fama con sus poemas; poetas que les gusta lo que hacen, poetas que escriben en cualquier parte: en un tren de Alemania, en un café del centro de Madrid o en su trabajo; poetas que seguirán haciendo lo que les gusta por muy cerca que esté el fin del mundo.

Ambiente cargado, sí, pero precioso. Y quizás el que estuviera lleno fuese el toque mágico que tenía aquel sitio, el toque mágico que lo hizo hermoso. Tanta variedad de gente. Tantas personas diferentes: unos de Alemania (me persigue el alemán, qué horror), otros de Argentina, unos mayores, otros más jóvenes, unos con trabajo, otros parados…
Pero, al fin y al cabo, poetas.
Verdaderos poetas.

P.D: Ah, también quiero destacar que “el Follonero” estaba en la barra. Se ve que es amante de la poesía. O de la juerga.

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