Me
sentía muy pequeña en aquel café para poetas. Tenía a mi madre al lado y a mi
padre detrás, pero me sentía… No sola, sino pequeña. Veía a toda aquella gente
como verdaderos ídolos, como gigantes. Me gustaba ese ambiente y, todavía
ahora, al día siguiente y por la tarde, sigo teniendo el sonido de las voces de
aquella gente en mis oídos: auténtica música de verdaderos poetas. No de los
que buscan logros, dinero o fama con sus poemas; poetas que les gusta lo que
hacen, poetas que escriben en cualquier parte: en un tren de Alemania, en un
café del centro de Madrid o en su trabajo; poetas que seguirán haciendo lo que
les gusta por muy cerca que esté el fin del mundo.
Ambiente
cargado, sí, pero precioso. Y quizás el que estuviera lleno fuese el toque mágico
que tenía aquel sitio, el toque mágico que lo hizo hermoso. Tanta variedad de
gente. Tantas personas diferentes: unos de Alemania (me persigue el alemán, qué
horror), otros de Argentina, unos mayores, otros más jóvenes, unos con trabajo,
otros parados…
Pero,
al fin y al cabo, poetas.
Verdaderos
poetas.
P.D:
Ah, también quiero destacar que “el Follonero” estaba en la barra. Se ve que es
amante de la poesía. O de la juerga.
Que post más bonito, Midons. Me ha gustado mucho.
ResponderEliminarGracias.
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