Ya es mediodía. Y llueve.
Llueve a cántaros. Se me ha olvidado el paraguas. Si ya me lo decía mi madre:
“Un día de estos se te olvidará la cabeza”. Pero no me apetece volver a subir a
casa, ni llamar al ascensor que unos días funciona y otros te deja encerrada,
ni abrir la puerta; ya que estaba en la calle, me quedaría en la calle.
Huele mal. La alcantarilla, pienso sin dudar. Me
estoy mojando. Siento el abrigo pegarse a la camiseta que llevo debajo, y esta,
a su vez, a mi piel. Veo los paraguas que lleva toda la gente a mi alrededor.
Bendito el que los inventó. El semáforo está en rojo, pasan los coches y yo me
quedo quieta como el hombre con capucha que está al lado mío. Parece que lleva
prisa, porque no para quieto.
Verde. El hombre
echa a correr como si le estuvieran persiguiendo. La capucha se le cae. Me río
por lo bajo, mientras cruzo con tranquilidad el paso de cebra. El hombre
maldice a no sé qué dios, se coloca la capucha y sigue corriendo, esta vez más
despacio. Qué frío; la lluvia me está
jugando una mala pasada. Tengo las playeras llenas de agua, el pelo tan mojado
como si hubiera salido de la ducha y una mala leche increíble.
Días de lluvia. Cómo los odio.
P.D: Esto era un ejercicio del instituto, de Lengua.
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