4 de marzo de 2012

Veinte.

Ya es mediodía. Y llueve. Llueve a cántaros. Se me ha olvidado el paraguas. Si ya me lo decía mi madre: “Un día de estos se te olvidará la cabeza”. Pero no me apetece volver a subir a casa, ni llamar al ascensor que unos días funciona y otros te deja encerrada, ni abrir la puerta; ya que estaba en la calle, me quedaría en la calle.
Huele mal. La alcantarilla, pienso sin dudar. Me estoy mojando. Siento el abrigo pegarse a la camiseta que llevo debajo, y esta, a su vez, a mi piel. Veo los paraguas que lleva toda la gente a mi alrededor. Bendito el que los inventó. El semáforo está en rojo, pasan los coches y yo me quedo quieta como el hombre con capucha que está al lado mío. Parece que lleva prisa, porque no para quieto.
Verde. El hombre echa a correr como si le estuvieran persiguiendo. La capucha se le cae. Me río por lo bajo, mientras cruzo con tranquilidad el paso de cebra. El hombre maldice a no sé qué dios, se coloca la capucha y sigue corriendo, esta vez más despacio. Qué frío; la lluvia me está jugando una mala pasada. Tengo las playeras llenas de agua, el pelo tan mojado como si hubiera salido de la ducha y una mala leche increíble.

Días de lluvia. Cómo los odio.


P.D: Esto era un ejercicio del instituto, de Lengua.

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