5 de mayo de 2012

Noventa y siete.

Ayer caí rendida en la cama a las diez y cuarto de la noche. Y hoy me he levantado a las diez y cuarto de la mañana.

Vaya tarde que me espera, con lo a gusto que estoy en mi casita. Joder, qué casera soy. Pero, es lo que dicen, como en casa en ningún sitio.

Las peluqueras se ponen verdes unas a otras. La que me peinaba (había dos) no paraba de cotorrear y hablar de una tal Maribel, otra peluquera que por lo visto se lleva las planchas (del pelo) a su casa y luego no las trae. La que estaba con mi madre sólo se limitaba a asentir y a cagarse en todo lo que se movía.

- Es que, ay maja, ¡pero qué mente madura se lleva una plancha de titanio a su casa, que encima son de las mejores que hay en estos momentos por el mercado, y luego dice que se lo ha dejado en la cama! ¡¡Que se le ha olvidado porque sólo entra en su habitación por la noche!!
- Si es que…
- Ya verás, ya verás cuando la pille. ¡Se le va a caer el pelo, así ya no necesitará ninguna plancha!
- Madre mía…
- Encima… ¿Pero tú la has visto? Con ese pelo tan largo que se deja debería cuidárselo más. Pero no, planchas y planchas y planchas, para destrozarle más esa mierda que lleva encima de la cabeza.
- Hay que joderse…
- ¡Y luego no la digas nada, eh! Que se cabrea y no hay dios que la pare.

Pobre Maribel, la deberían de estar pitando los oídos. Plancharse el pelo mientras que te pitan los oídos debe de ser una experiencia muy desagradable.
Y luego a la boda. El restaurante, creo que han dicho, está al lado del Bernabé(u), en el Paseo de la Habana. ¡Y es un palacete! Demasiado finolis. Incluso para mi madre, y eso ya es decir.

A ver esta noche cuándo y cómo llego…

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