Vaya tarde que me espera, con lo a gusto que estoy en mi
casita. Joder, qué casera soy. Pero, es lo que dicen, como en casa en ningún sitio.
Las peluqueras se ponen verdes unas a otras. La que me
peinaba (había dos) no paraba de cotorrear y hablar de una tal Maribel, otra
peluquera que por lo visto se lleva las planchas (del pelo) a su casa y luego
no las trae. La que estaba con mi madre sólo se limitaba a asentir y a cagarse
en todo lo que se movía.
- Es que, ay maja, ¡pero qué mente madura se lleva una
plancha de titanio a su casa, que encima son de las mejores que hay en estos
momentos por el mercado, y luego dice que se lo ha dejado en la cama! ¡¡Que se
le ha olvidado porque sólo entra en su habitación por la noche!!
- Si es que…
- Ya verás, ya verás cuando la pille. ¡Se le va a caer el
pelo, así ya no necesitará ninguna plancha!
- Madre mía…
- Encima… ¿Pero tú la has visto? Con ese pelo tan largo que
se deja debería cuidárselo más. Pero no, planchas y planchas y planchas, para
destrozarle más esa mierda que lleva encima de la cabeza.
- Hay que joderse…
- ¡Y luego no la digas nada, eh! Que se cabrea y no hay dios
que la pare.
Pobre Maribel, la deberían de estar pitando los oídos. Plancharse
el pelo mientras que te pitan los oídos debe de ser una experiencia muy
desagradable.
Y luego a la boda. El restaurante, creo que han dicho, está
al lado del Bernabé(u), en el Paseo de la Habana. ¡Y es un palacete! Demasiado finolis.
Incluso para mi madre, y eso ya es decir.
A ver esta noche cuándo y cómo llego…
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