7 de junio de 2012

Ciento veintisiete.

Como decía Benedetti  en uno de sus poemas:

“Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas.

Unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano.

A veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas…”

Va a ser que esto de los estados de ánimo, tanto aquí como en Uruguay, son los mismos. Todos tenemos nuestros días buenos y esos que queremos olvidar por encima de cualquier otra cosa. Ojalá existiese ese chisme, como en Men in Black, para borrar la memoria. Los estados de ánimo pueden cambiar de un minuto a otro o, a veces, en un sólo segundo. Los ejemplos más normales y que más al alcance tengo ahora, debido a la época que estoy pasando, son cuando te dan las notas. Y más aún si las dicen en alto en mitad de la clase. Al menos si te las dan a ti pues, mira, mala o no, te la guardas para ti mismo y para al que quieras contárselas. Cuando te dan una buena noticia, cuando te dicen que el profesor de la siguiente clase no ha venido, cuando sabes que tienes spaguettis para comer y no judías, cuando estás con una persona que se va a ir en breve, cuando te regalan una mala noticia, cuando vas al hospital, cuando tu equipo favorito de cualquier deporte va ganando…, y un gran etcétera.

Un día estoy la mar de contenta, más feliz que Pipi Calzaslargas y Jeidi juntas; y otro día (o ése  mismo) puedo estar más hundida que el propio infierno. O puedo estar en tensión o divertida o salida. O tonta. O las tres últimas que he dicho a la vez, que ya es la Bomba. Tranquila, como si acabara de salir de la ducha. Revolucinaria. Apenada. Triste. Furiosa. Cabreada. Dolida. Agilipollada. Llorona. Insulsa. Altiva. Aburrida.

Son un poder tiránico los estados del ánimo. 

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