28 de agosto de 2012

Ciento sesenta.

Muy buenas.

Volví ayer de mis vacaciones. Tengo un post escrito sobre mi experiencia en el hospital, pero no lo voy a publicar. No es porque no me atreva, lo haya hecho mal o tenga vergüenza de hacerlo, solamente es que no me apetece, es una cosa mía y no todo va a ser para que lo veáis vosotros, también me tengo que guardar algo para mí. Y así estoy mejor.

Por otro lado, la estancia en Asturias no estuvo tan mal, podría haber estado peor. La familia se desmorona, empezando por los más viejos, y no hay columna que aguante en pie, pero por lo demás bien. Ah, y el tiempo, quiero hablar del tiempo. Sí, no hay nada más de lo que hablar que del tiempo. ¿El tiempo? Uhm, pues genial, hacía calor, luego hubo lluvia y luego otra vez calor y luego una tormenta y luego niebla y… aire, perdimos una sombrilla en la playa (cabe destacar que era de los chinos). Sólo espero que haya acabado en el ojo de malas personas (llevo protección, a mí no me da). La experiencia más increíble que he tenido estas vacaciones: bañarme en el mar mientras llovía. Qué sensación, y más cuando prácticamente no hay olas y estás sola, porque las demás personas salieron despavoridas, como si fuera lluvia ácida, hacia sus toallas.

— ¡Vámonos, vámonos! ¡¡Que nos mojamos!! —oí que decía un padre de familia (o tío de familia o padrastro de familia, qué más me da), y me hizo soltar una carcajada. Estos asturianos… También tuve otra experiencia: el fútbol. Me enteré un día después de que jugaron el Madrid y el Barça, entre tanta playa y arena que quitarse del cuerpo, no tenía tiempo (ni quería tenerlo) para saber quién había conseguido meter un balón en cuál portería. El resultado lo supe al salir del agua, el mismo día que me bañé lloviendo. Lógicamente estaba mojada, y no había ido a salvar la ropa de la lluvia, así que tenía más litros encima que un borracho.

Me llevé una regañina de mi padre por no haber ido a socorrer al ya ahogado pantalón y camiseta, y luego me prestó la camisa que llevaba. ¿Mi padre? Del Real Madrid a matar, amante del fútbol y sinvergüenza cien por cien: llevaba una camiseta oficial del Madrid. Había perdido el día de antes, ¿cómo sale con eso puesto? La cuestión es que me la tuve que poner, la otra opción era ir desnuda por todo Luanco (no preguntéis dónde está, que os diré por Escocia mismamente) y los policías me podrían apalear por eso, así que me la tuve que poner.  Una vez seca, fui a por helados, que a mis padres les apetecía uno (y a mí, claroclaro).

— ¿De Raúl? Eso no lo lavarás, ¿no? — El hombre que vendía los helados era madridista y se quedó un buen rato mirando mi camiseta. Está firmada, no lo he dicho.
— Si no la lavo, huele a sudor (¿acaso huelo a sudor, paisano? ¿No? Pues entonces es que la camisetita se lava).
— ¿Cuál quieres?

Y más tarde entré al baño, una tiene sus necesidades como ser vivo que es. La gente de dentro del bar era madridista también, pero con el anti delante.

— Merengue merengue.
— Le doy un euro por ella — escuché a uno de los camareros.
— Yo ni regalada.
— ¿El baño dónde está? — les interrumpí las risitas.
— No se puede utilizar sin consumir.
— Compré tres helados hace dos minutos.
— Hay que consumir bebidas o bocadillos, la heladería está fuera del establecimiento.
— Pues una lata de Coca-Cola.
— Es Pepsi.
— Vale.
— Uno con diez. El baño está al fondo, bajas las escaleras y a la izquierda.
— Gracias.
— Hasta luego.

¿Y por qué dicen hasta luego si seguramente no los volveré a ver? ¿Truco publicitario, nos intentan inducir que volvamos para verlos? ¿Y más a ellos?

— Adiós.

Y otro día fui al Cabo Peñas.





(Sí, la calidad es malisísima) 

No hace falta decir más, una imagen (en este caso tres) vale más que mil palabras (¿o eran cien? Soy de Letras)
En conclusión, ya estoy dando po’l culo otra vez, no os libraréis de mí tan fácilmente.

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