20 de septiembre de 2012

Ciento sesenta y siete.

Acaba de ocurrir algo hermoso. Digamos algo bonito. O algo trivial, pero que me hizo feliz. Y ahora… Ahora qué. Un poco de náusea, un poco de mareo y otro poco de incomodidad. Culpa, vergüenza y hasta asco. Sí, asco. Como rechazo. Y encima sé que hace tan sólo un instante lo disfruté y eso me suma al asco, a lo reprobable.
Es raro, tal vez un poco distintivo. Es un “no nací para estas cosas”, es un “a mí me hacen mal”. Es un poco también que el mundo se viene abajo. Son vientos tórridos, fuertes y fétidos que, uy, me están tomando por sorpresa. Es un sello distintivo. Es de mañana y del mundo, mi mundo. Los mundos son raros, ajenos y siniestros. Qué hago yo aquí. El amigo se torna cuchillo, la sonrisa venganza. Huir, desaparecer, arrepentirse. Es el cambio del viento para que todo siga igual.
Es, vaya sorpresa, un poco de miedo.

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