Londres o Roma, esa es la
cuestión. Es la pregunta que nos ronda a todos los de mi clase, tenemos que
decidir dónde ir para el viaje de fin de curso, y tenemos de fecha límite el
lunes. Algunos pensaréis que, al ser el último año de instituto, el último año
que estaremos juntos, estamos más unidos que nunca, ¿verdad? Otros, en cambio,
pensarán que estamos totalmente divididos porque no nos decidimos entre un
destino u otro.
Cuánto me gustaría mentir,
pero esos Otros tienen razón.
¿Divide y vencerás? Dímelo que
me río.
Voy a plantear la ecuación:
Hay dos bandos, los romanos y
los londinenses. Para resumir bien a los integrantes de cada bando, puedo hacer
un estupendo esquema:
Romanos = Letras
Londinenses =
Ciencias
Sí, soy de Letras. Y sí, me
gusta Roma, ¡es una de mis ciudades favoritas! (aunque no haya estado, vale,
vale). Por lo tanto me gustaría ir… pero (siempre hay un pero) ir a Roma con
gente que piensa que tiene playa me deprime un poco. Londres fue la primera
opción de la clase, pero hasta hace sólo unos días que habían pedido el
presupuesto para el viaje, no habíamos (o habían) caído en lo caro que resultaría.
Al día siguiente, dos llegaron diciendo que no podían ir a Londres por motivos
económicos. Ese mismo día, un grupo que no encuentro un apodo que sea digno de
su increíble humildad, dijo que
tampoco querían ir.
— ¿Por qué no quieres ir? ¿Me
lo puedes explicar? — pregunta la Señora House.
— Pos porque llueve y yo no quiero mojarme — contesta muy campechano
el chico en cuestión, que vamos a llamarle J (lo sé, no estoy muy puesta en
esto de los apodos). Risa general por parte de los que estábamos en clase al
oír esa razón tan lógica.
— ¿Y a dónde quieres ir, a la
playa, a discotecas y juerga?
— No, hombre… Pero eg que la gente no puede pagarlo y
Londres es muy triste para ir de viaje de fin de curso.
— Pues propón algo — salta E
desde su asiento.
— Pos yo que sé, joer. Algo así como Roma o… ¡Yo qué sé!
— Vale, entonces busco
presupuesto para Roma, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo? Y comparamos — pone fin a la
conversación la Señora House (que en realidad fue más larga), y nos vamos cada
uno a nuestra clase.
En Plástica, J y todos los
demás (excepto dos o tres entre los que me incluía yo) se pusieron a criticar a
los de Ciencias, y a las típicas miradas que lanzamos nosotros los adolescentes
cuando algo no nos gusta. Siempre ha habido roce entre la clase y J porque,
aunque ha llegado nuevo este año, se ha hecho notar de una forma no muy
ejemplar. Las críticas que soltó este grupo por la boca me las ahorro, pero me
molestaron, porque aunque no se dirigieran del todo a mí, tocaban a personas
que me importan, y no eran comentarios tipo “Este tío es tonto, cómo le odio”,
sino algo así: “Te juro que esa tía me cae fatal. Si hubiera sido mujer es que
me levanto y la pego una hostia que se iba a caer de la silla”. No era el sitio
ni el lugar apropiado para lanzar ese tipo de comentarios, menos cuando una
profesora le estaba escuchando perfectamente, pero el chico no se cortaba para
nada. Si una profesora me oye decir eso lo que me corto son las venas, un poco
de vergüenza no daña a nadie, por favor.
Lo verdaderamente impactante
ha sucedido hoy, cuando las cosas han subido un poco de tono. Empezó con una
nota de J dirigida para R nada más terminar la segunda clase, ya para ir al
recreo. Ni me acuerdo ni me quiero acordar qué decía la cartita concretamente,
pero la idea principal era: “Voy a dejar de ayudar con el viaje, no pago ni hago
bocadillos. Otra cosa: lo que me tengas que decir que sea a la cara”. Me hizo
gracia en su momento. Las cosas a la cara, las cosas a la cara… cuando él es el
primero que deja una nota en el pupitre de un compañero al que mira todos los
días.
En fin, después de reírnos,
fuimos directos al patio. Como no hay dinero para poner un ascensor, y creo que
nunca lo habrá, bajamos todo el grupo por las escaleras, R en cabeza. Al doblar
una esquina, ¿quién (o qué) apareció? J, en una entrada triunfal, con brillantina
alrededor y una banda sonora que no tiene nada de envidiar a la de Juego de
Tronos.
— ¿Tú de qué vas contando
mierda de mí a mis espaldas, tío? ¿Te crees guay o algo?
— Eh, eh… Tranquilo, ¿qué he
contado yo?
— Tú eres gilipollas, dejando
a todo dios leer la nota. Es que pareces… Buah, mejor ni lo digo que te echas a
llorar. (O estuvo escuchando la conversación que tuvimos dos pisos más arriba,
o tiene supersentidos).
— Lo que pone en la nota nos
incumbe a todos. Si dejas de aportar para el viaje, una de dos: o te quedas sin
viaje o te lo pagas tú todo, porque el dinero recaudado se repartirá entre los
que ayudan — dijo G, mientras los demás nos mantuvimos callados.
— Tú cállate, enana, anda, cállate.
Que ya me estáis tocando todos la polla. Que os creéis guays y no me llegáis ni
a la suela del zapato, todos unos soberbios que no decís las cosas a la cara.
Es que me tocáis la polla, macho.
— Yo a ti no te toco nada —
suelto yo de golpe. Carcajada general. Ganas de matar aumentando por parte de
J.
Resumiendo, porque no quiero
extenderme más, no sé si habrá al final viaje de fin de curso o nos mataremos
en el intento, pero, si lo hay, espero que eso
no comparta avión conmigo. Que se vaya a la playa de Roma.
He dicho.
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