7 de febrero de 2013

Ciento ochenta y seis.


Londres o Roma, esa es la cuestión. Es la pregunta que nos ronda a todos los de mi clase, tenemos que decidir dónde ir para el viaje de fin de curso, y tenemos de fecha límite el lunes. Algunos pensaréis que, al ser el último año de instituto, el último año que estaremos juntos, estamos más unidos que nunca, ¿verdad? Otros, en cambio, pensarán que estamos totalmente divididos porque no nos decidimos entre un destino u otro.

Cuánto me gustaría mentir, pero esos Otros tienen razón.
¿Divide y vencerás? Dímelo que me río.

Voy a plantear la ecuación:

Hay dos bandos, los romanos y los londinenses. Para resumir bien a los integrantes de cada bando, puedo hacer un estupendo esquema:

Romanos = Letras
Londinenses = Ciencias

Sí, soy de Letras. Y sí, me gusta Roma, ¡es una de mis ciudades favoritas! (aunque no haya estado, vale, vale). Por lo tanto me gustaría ir… pero (siempre hay un pero) ir a Roma con gente que piensa que tiene playa me deprime un poco. Londres fue la primera opción de la clase, pero hasta hace sólo unos días que habían pedido el presupuesto para el viaje, no habíamos (o habían) caído en lo caro que resultaría. Al día siguiente, dos llegaron diciendo que no podían ir a Londres por motivos económicos. Ese mismo día, un grupo que no encuentro un apodo que sea digno de su increíble humildad, dijo que tampoco querían ir.

— ¿Por qué no quieres ir? ¿Me lo puedes explicar? — pregunta la Señora House.
Pos porque llueve y yo no quiero mojarme — contesta muy campechano el chico en cuestión, que vamos a llamarle J (lo sé, no estoy muy puesta en esto de los apodos). Risa general por parte de los que estábamos en clase al oír esa razón tan lógica.
— ¿Y a dónde quieres ir, a la playa, a discotecas y juerga?
— No, hombre… Pero eg que la gente no puede pagarlo y Londres es muy triste para ir de viaje de fin de curso.
— Pues propón algo — salta E desde su asiento.
Pos yo que sé, joer. Algo así como Roma o… ¡Yo qué sé!
— Vale, entonces busco presupuesto para Roma, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo? Y comparamos — pone fin a la conversación la Señora House (que en realidad fue más larga), y nos vamos cada uno a nuestra clase.

En Plástica, J y todos los demás (excepto dos o tres entre los que me incluía yo) se pusieron a criticar a los de Ciencias, y a las típicas miradas que lanzamos nosotros los adolescentes cuando algo no nos gusta. Siempre ha habido roce entre la clase y J porque, aunque ha llegado nuevo este año, se ha hecho notar de una forma no muy ejemplar. Las críticas que soltó este grupo por la boca me las ahorro, pero me molestaron, porque aunque no se dirigieran del todo a mí, tocaban a personas que me importan, y no eran comentarios tipo “Este tío es tonto, cómo le odio”, sino algo así: “Te juro que esa tía me cae fatal. Si hubiera sido mujer es que me levanto y la pego una hostia que se iba a caer de la silla”. No era el sitio ni el lugar apropiado para lanzar ese tipo de comentarios, menos cuando una profesora le estaba escuchando perfectamente, pero el chico no se cortaba para nada. Si una profesora me oye decir eso lo que me corto son las venas, un poco de vergüenza no daña a nadie, por favor.

Lo verdaderamente impactante ha sucedido hoy, cuando las cosas han subido un poco de tono. Empezó con una nota de J dirigida para R nada más terminar la segunda clase, ya para ir al recreo. Ni me acuerdo ni me quiero acordar qué decía la cartita concretamente, pero la idea principal era: “Voy a dejar de ayudar con el viaje, no pago ni hago bocadillos. Otra cosa: lo que me tengas que decir que sea a la cara”. Me hizo gracia en su momento. Las cosas a la cara, las cosas a la cara… cuando él es el primero que deja una nota en el pupitre de un compañero al que mira todos los días.

En fin, después de reírnos, fuimos directos al patio. Como no hay dinero para poner un ascensor, y creo que nunca lo habrá, bajamos todo el grupo por las escaleras, R en cabeza. Al doblar una esquina, ¿quién (o qué) apareció? J, en una entrada triunfal, con brillantina alrededor y una banda sonora que no tiene nada de envidiar a la de Juego de Tronos.

— ¿Tú de qué vas contando mierda de mí a mis espaldas, tío? ¿Te crees guay o algo?
— Eh, eh… Tranquilo, ¿qué he contado yo?
— Tú eres gilipollas, dejando a todo dios leer la nota. Es que pareces… Buah, mejor ni lo digo que te echas a llorar. (O estuvo escuchando la conversación que tuvimos dos pisos más arriba, o tiene supersentidos).
— Lo que pone en la nota nos incumbe a todos. Si dejas de aportar para el viaje, una de dos: o te quedas sin viaje o te lo pagas tú todo, porque el dinero recaudado se repartirá entre los que ayudan — dijo G, mientras los demás nos mantuvimos callados.
— Tú cállate, enana, anda, cállate. Que ya me estáis tocando todos la polla. Que os creéis guays y no me llegáis ni a la suela del zapato, todos unos soberbios que no decís las cosas a la cara. Es que me tocáis la polla, macho. 
— Yo a ti no te toco nada — suelto yo de golpe. Carcajada general. Ganas de matar aumentando por parte de J.

Resumiendo, porque no quiero extenderme más, no sé si habrá al final viaje de fin de curso o nos mataremos en el intento, pero, si lo hay, espero que eso no comparta avión conmigo. Que se vaya a la playa de Roma.
He dicho.

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