14 de julio, por fin. Creí que
nunca iba a llegar. En estos momentos, sólo quedan 2 horas para que me gradúe,
y una o dos semanas para dejar el colegio al que llevo yendo desde que tenía
ocho años. No puedo decir que no me lo haya pasado bien, ni que no vaya a echar
de menos ese conjunto de escombros al que he llamado colegio, pero nunca pensé
que iba a tener tantas ganas de darle la espalda.
Por otra parte, me ha tocado
hacer el discurso de graduación y sólo puedo decir una cosa respecto a eso:
escribir mintiendo no es escribir. De ahí que haya hecho un segundo discurso en el que pongo toda la verdad y digo todo lo que no se puede decir delante
de los padres, de los profesores y de las marujas del AMPA:
“¿Buenas tardes, padres,
profesores y compañeros?
Seamos sinceros, casi nadie quiere estar aquí en estos
momentos. Yo estaría más a gusto y os aseguro que estaría pasando una verdadera
buena tarde en mi casa, viendo una
película, jugando a la Play o simplemente durmiendo la mona. No me gusta ni
ponerme elegante para coger un trozo de papel ni ponerme maquillaje ni tacones
ni sonreír cuando no me apetece. Creo que las personas educadas lo llaman
protocolo. Pues bien, estoy harta de eso. Harta de que me haya comido la cabeza
mi madre para 1) ponerme unos tacones que me están destrozando los pies y 2)
maquillarme. Harta de fingir, sonreír y besar las mejillas de personas que no
deberían llamarse así.
Si se puede resumir estos años
con una única palabra lo haría con ésta: supercalifragilisticoespialidoso. El
significado de ella no se encuentra en los diccionarios, sino en la película de
Mary Poppins, como creo que todos saben, y sirve para expresar lo que uno
siente cuando te quedas sin palabras.
Cuando llegué al colegio tenía
8 años, ni uno más ni uno menos, aunque por esa época siempre decía que tenía
“8 años y medio, soy mayor”, pero no me lo toméis en cuenta, era joven y
alocada (como si ahora tuviera patas de gallo, jé). El primer día en el colegio
para todo estudiante es crucial, dicen que si no ganas un amigo el primer día
de clase tienes mala suerte durante todo el año. Yo no gané uno, sino varios,
pero que luego no resultaron ser amigos de esos que decimos que son de verdad, sino esos que se acercan más
a ti por conveniencia. Cuando era pequeña, allá por 3º, 4º y 5º de Primaria, no
puedo decir que me muriera por ir al colegio todos los días. Los niños somos
crueles. Los grupos se iban definiendo y a mí me separaban de todos, junto con
dos o tres. Fui tachada de friki, de tonta (a pesar de mis notas) y me acuerdo
de pasar innumerables recreos jugando con una peonza sola.
Dicho así suena muy triste,
¿verdad? Bueno, no todo fue tan terrible, tenía a L y a O, pero con el tiempo
fuimos separándonos. La primera se alejó de mí por su superficialidad, porque
yo estaba entrada en carnes y L parecía
que no podía permitirse estar con una chica entrada
en carnes. La segunda, O… Con ella tenía una relación de conveniencia. Y
por mi parte. Fui la mala en esos momentos, la que se aprovechaba y la que
siempre quería más y más de su amiga. Menos mal que se rebeló, porque si no, no
sé dónde habría acabado.
En 6º de Primaria empezó mi inserción en la sociedad preadolescente.
Empezaron a aceptar que era una chica rara, friki, y con extrañas tendencias a
jugar a videojuegos de Dragon Ball y Star Wars. Poco a poco, claro, no hay que
pedirles más…
En 1º de la E.S.O me aceptaron del todo, pero seguían
mirándome por encima del hombro y dejándome apartada en esos cumpleaños o en
esas conversaciones grupales por el (ya anticuado) Messenger. El salto de
Primaria a la E.S.O fue mortal. Estaba acostumbrada a las almohadas muidas de
Fina o de Almudena, y cuando llegaron y me pusieron a un Julio furioso delante
como tutor, a una cincuentona con tetas caídas y nariz de payaso para
enseñarnos inglés, a un doctor Frink de los Simpson con unos cuantos años más
dándonos biología y a una andaluza con un problema de hiperactividad… me temí
lo peor. 1º de la E.S.O fue duro, sí, pero al menos acabé mejor que como
empecé, con una idea fija en mente sobre lo que quería hacer en un futuro (una
idea o un sueño o una idea soñada).
Segundo fue más divertido y
más tranquilo. Llegó Delac al grupo y también una profesora nueva, Teresa, que
hacía de sustituta. Al finalizar ese curso, ya podía decir que en verdad tenía
amigos y no sólo compañeros. Mi aptitud para hacer amistades es muy ineficaz,
como se puede deducir, pero al final acabé teniéndolos y cogiéndolos cariño,
fíjate.
Llegó otro curso difícil: 3º
de la E.S.O. Conocimos a la Señora House (desgraciadamente), nos encariñamos
con el de Sociales (al cual le habíamos cogido miedo desde primero) y, en
especial, con Innes, la profesora de Lengua. Lo pasé mal durante ese curso. Muy
mal. Reaparecieron los problemas en el corazón y mi antipatía incrementó con
ellos, por lo que me alejé del grupo de clase de nuevo, aunque seguía teniendo
a Delac a mi lado. La Señora House y la Discípula de la Señora House tampoco
ayudaron con esa pregunta que tanto llegué a odiar a final de curso: “¿Ciencias
o Letras?” Digamos que fue entonces cuando empecé a odiarla, pero odiar es una
palabra muy fuerte, así que diré supercalifragilisticoespialidoso.
¿Y qué pasa con 4º? El último
curso, el final de la etapa, nueve meses que tenemos para despedirnos del todo,
etc. En teoría, el año en el que tendríamos que haber estado más unidos que
nunca. Y, claro, para variar, no fue así. Llegaron nuevos alumnos, unos más
estúpidos que otros, y la Señora House (que ahora era nuestra tutora) ha sido
la responsable máxima de que tenga unas ganas voraces de cruzar la puerta de
salida y no volver a pisarla jamás. ¿Por qué? Porque nunca se habían metido
conmigo por mi supuesta lentitud, por mi estupidez
para las matemáticas y por mi tendencia extremadamente sospechosa a apoyarme en
un radiador cuando hace frío. Ha sido ella la culpable, y nadie más. Ha sido
ella la que se ha metido más conmigo que mis propios compañeros. Será mi profesora y
mi tutora, pero no una adulta, porque no se la puede tratar como tal. “Con ímpetu
para lograr sus objetivos y tenaz”, así la describo en el discurso oficial. “Gilipollas
y puta”, así la describo aquí. Y añadiendo a mi cara una sonrisa de esas falsas que tan bien le
salen.
Cambiando de tema (sí, por
favor): también tengo ganas de perderos de vista a vosotros, compis. A unos más
que otros, es cierto, pero he estado viendo vuestras caras años y años, y ya
cansa, me cansa, me cansáis. ¿Que
luego me arrepentiré? ¿Que os echaré de menos? Puede, no lo voy a negar; es
más, seguro que sí, pero quiero empezar
de cero. Y es duro decir esto, o escribirlo, sin embargo nunca he tenido
más ganas de acabar un curso e irme de vacaciones como ahora, en estos
momentos, a pocas horas de la graduación. Qué triste, ¿no? Que, oye, son mis
compañeros, mis amigos, mis profesores… Algunos dirán: “Prometo llamarte todas
las semanas, o todos los meses”, cosas así. Promesas que casi ninguno (por no
decir ninguno) cumpliremos (me incluyo).
Y me da igual. Me da igual.
Que vuestro futuro no sea tan
jodido como el pasado que hemos compartido.”
Supercalifragilisticoespialidoso.
Yo me quitaba los tacones y se lo lanzaba a esa índole de profesores, sobretodo a la Señora House en la cabeza. Así te lo digo.
ResponderEliminarHe llorado al principio, luego me ha matado "por mi tendencia extremadamente sospechosa a apoyarme en un radiador cuando hace frío". Y finalmente, mi último pensamiento ha sido "las mejores promesas son las que no se cumplen"
ResponderEliminarSpiderman te ha hecho demasiado mal, Tony. Las mejores promesas son las que se cumplen.
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