16 de julio de 2013

Doscientos nueve.

Algo en mi interior me decía que la rabia que sentía, aquella que invadía cada centímetro de mi cuerpo y que cargaba con todas sus fuerzas contra la poca bondad que me quedaba, nacía a escasos palmos bajo mi corazón. Y éste, ignorante de todas las confabulaciones y habladurías que lo hacían responsable de mi maldad, palpitaba con la misma inocencia que el de un niño ciego y desprovisto de toda capacidad de hacer el mal. Mi ira, mi rabia, mi sed de golpes nacía de bastante más abajo que de mi corazón. De mi estómago. El frío que me rodeaba era combatido ferozmente por las altas temperaturas que seducían mi cuerpo cuando la mente se confabulaba con la poca fe y entre ambos me obligaban a verme como el ser más despreciable que la Tierra hubiera acogido entre sus raíces. Me odiaba. Era puro odio. Pero no era un estado anímico constante, luego había momentos en los que sentía la carga partir lejos. Llegaba, incluso, a sonreír. A excitarme, a dejarme emocionar.

Sin embargo, en cuanto las palabras aparecían en escena, las respuestas salían con una puntería inmejorable hacia los sentimientos ajenos. De alguna manera, tratando de psicoanalizarme, llegué a creer que rehusaba de mi propia humanidad. Todo marchaba bien hasta que me veía en el compromiso de hablar, medirme, expresar algo mucho más trabajado que el instinto. Podría jurar que habría hecho el amor como un amante experimentado, en ese turbio momento, pero me veía incapaz de separar los labios para hablar. Y mucho menos para justificarme.

¿Existía algún motivo de que fuera así? ¿De que me sintiera así?

La vida de animal, de pronto, parecía tan redomadamente sencilla y apetecible que algo en mi cabeza creyó que era la solución. Tal vez llevaba siglos creyéndolo así. Una vida medida por impulsos, sin el don racional de medir consecuencias o albergar espacio a remordimientos, resultaba tentadora. Una vida lejos de los demás, donde todo contacto, toda transacción, toda interacción era únicamente una respuesta física y no mental. Una vida donde mi rabia tendría una connotación positiva. De liderazgo.

Pero animal no era mi condición. Y, aunque animales fueran mis miedos, humano seguiría siendo mi deber. Deber para con el resto de la gente. Gente que sufriría diariamente la infelicidad de este ser que nació y vivió para dudar del curso de su desdichada humanidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario