Algo en mi interior me decía que la rabia que sentía,
aquella que invadía cada centímetro de mi cuerpo y que cargaba con todas sus
fuerzas contra la poca bondad que me quedaba, nacía a escasos palmos bajo mi corazón. Y éste, ignorante de todas las confabulaciones y
habladurías que lo hacían responsable de mi maldad, palpitaba con la misma
inocencia que el de un niño ciego y desprovisto de toda capacidad de hacer el
mal. Mi ira, mi rabia, mi sed de golpes nacía de bastante más abajo que de mi
corazón. De mi estómago. El frío que me rodeaba era combatido ferozmente por
las altas temperaturas que seducían mi cuerpo cuando la mente se confabulaba
con la poca fe y entre ambos me obligaban a verme como el ser más despreciable
que la Tierra hubiera acogido entre sus raíces. Me odiaba. Era puro odio. Pero
no era un estado anímico constante, luego había momentos en los que sentía la
carga partir lejos. Llegaba, incluso, a sonreír. A excitarme, a dejarme
emocionar.
Sin embargo, en cuanto las palabras aparecían en escena,
las respuestas salían con una puntería inmejorable hacia los sentimientos
ajenos. De alguna manera, tratando de psicoanalizarme, llegué a creer que
rehusaba de mi propia humanidad. Todo marchaba bien hasta que me veía en el
compromiso de hablar, medirme, expresar algo mucho más trabajado que el
instinto. Podría jurar que habría hecho el amor como un amante experimentado,
en ese turbio momento, pero me veía incapaz de separar los labios para hablar.
Y mucho menos para justificarme.
¿Existía algún motivo de que fuera así? ¿De que me
sintiera así?
La vida de animal, de pronto, parecía tan redomadamente
sencilla y apetecible que algo en mi cabeza creyó que era la solución. Tal vez
llevaba siglos creyéndolo así. Una vida medida por impulsos, sin el don
racional de medir consecuencias o albergar espacio a remordimientos, resultaba
tentadora. Una vida lejos de los demás, donde todo contacto, toda transacción,
toda interacción era únicamente una respuesta física y no mental. Una vida
donde mi rabia tendría una connotación positiva. De liderazgo.
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