9 de noviembre de 2013

Doscientos veintidós.

Cuando menos lo esperó, ella ya formaba parte de su mundo. En escasos segundos, se había convertido en su deseo. Quizás el destino jugó un papel importante en aquel momento y con su sola presencia consiguió cautivarla con su todo existir. Ahí estaba ella, tan ajena a su belleza, inconsciente del efecto que causaba en la joven. Su cuerpo de espaldas tan ideal como el cuerpo perfecto de una estatua griega.

Efímeros instantes transcurrieron cuando sus caminos se entrelazaron. Ella, ajena a aquella alma, no podría imaginarse el sentimiento de deseo que despertó en la chica; su mirada se apartó cuando se dispuso a mirarla, ella se alejó y, como un instinto natural, la chica siguió sus pasos hasta que se detuvo. Ella no volvió la vista atrás y perdería para siempre la oportunidad de contemplarla íntegramente, el miedo a desearle aún más se lo impidió.

¿Puede una persona cambiarte la vida durante tan breve instante? ¿Hacerte volar al paraje más distante? ¿Hacerte soñar?

Siguió caminando mientras se alejaba de aquella diosa griega encantadora. Se alejó, sabiendo que jamás volvería a verla, jamás podría recordar su rostro, jamás sabría su nombre, y su mente volaba, imaginando quién sería aquella otra alma perdida que vagaba en la estación, divagando cuál sería su suerte. De nuevo, pensó en el destino. Quizá, algún día, haría que sus caminos volvieran a tropezar, aunque para entonces ya no serían las mismas. Era consciente de que se alejaba cada vez más y, sin quererlo, la amó y la perdió al mismo tiempo.


Buscaba su mirada, pero ya era demasiado tarde; era incapaz de controlar sus sentimientos. Aturdida por ellos, pensó que quizás había sido una imaginación, una que ni siquiera concordaba con el mundo, ni siquiera estaba bien visto por la Iglesia… Ni por sus padres. Pero ahí estaba ella de nuevo, de espaldas. Y desde aquel momento, su recuerdo existiría en su mundo para siempre. Un amor inocente que creció en un instante, un amor con tiempo de caducidad, un amor que llega y que se va. Aquel que se queda durante mucho tiempo en la memoria, porque ese amor, ese, es el que existe.

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