13 de enero de 2014

Ciento veintiocho.

Un día te das cuenta:
el tiempo ha pasado y sigues en el mismo lugar de siempre
y todo lo que eso conlleva.
Sigues teniéndole miedo a las despedidas
y sigues sin saber si existen finales felices,
o si existen finales.
Sigues esperando y desesperándote,
y aprendiendo a rimar insomnio con palabras.
Las noches se convierten en jaulas
y los días te matan sin pedir permiso.

Un día te das cuenta
de que estás tan vacío por dentro que,
sólo de pensarlo,
te entra vértigo,
y es que no has conseguido nada
ni a nadie
que consiga hacerte sonreír como si el mundo no doliese.

Escribes. Cierras los ojos. Fumas.
Duermes pocas horas. Detienes alarmas.

Y te preguntas por qué y hasta cuándo.
Por qué y hasta cuándo de todo:
de tu vida, o de la muerte,
pero empiezas a creer que quizá sean lo mismo.

La gente te mira, sonríes,
y qué sabrán ellos de lo de adentro,
qué sabrán de tus ganas de vomitar todas esas esperanzas que han caducado
y que ahora sólo te dan dolor de cabeza,
y cómo sabrán que ese brillo de tu mirada no son ilusiones
sino lágrimas que nunca aprendiste a derramar.

Gritos envasados al vacío.
A tu vacío.

Y te pones una canción triste
y subes el volumen;
quizá, piensas, mañana todo irá mejor.
Pero no:
mañana seguiremos aquí, en el mismo lugar de siempre,
y seremos las mismas coordenadas de un mapa en el que no sabemos encontrarnos,
y así es un poquito la vida,
como un concurso de a ver quién muere mejor
o más rápido
o algo parecido.

Tengo esa sensación de que nos estamos acostumbrando demasiado a ser precipicios,
a precipitarnos,
a sonreír cuando nos disparan y a decir que no nos ha dolido,
a maquillarnos, a disfrazarnos y a quedarnos muy quietos cuando queremos escapar,
a que se nos queden los te quiero en la punta de la lengua
y a que terminen un día, o una noche, desangrándonos por dentro.

Y así no vamos a ninguna parte.

Yo sólo quería deciros que lo más cerca que he estado de vivir fue aquella vez en la que,
dándole las primeras caladas a mi primer cigarro,
me atraganté con el humo.

Y es triste que pueda llamarle vida a eso y no a todo lo demás.
Y ya está.
Ojalá venga alguien y nos lleve a ver mundo
o a ver camas
o a ver qué hacemos con toda esa felicidad que nos debe la esperanza.

Cerrad los ojos, chicos,
yo no creo en los deseos,

pero a veces sería bonito hacerlo.

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