Hoy llueve.
No estoy triste,
la lluvia no me recuerda a las lágrimas
en las que sumergía tu recuerdo.
Si llueve, nunca cojo el autobús.
Prefiero correr
buscando el refugio de los balcones;
pegarme a las tiendas en la acera;
colgarme de brazo en brazo de desconocidos
que llevan paraguas
—no más de tres segundos con cada uno—
y desearles un buen día.
Reír pisando los charcos.
Reírme de ti.
Reír por saber lo que te has perdido.
Que se me rice el pelo
y huelan a champú las calles.
Empaparme los calcetines,
llegar a casa,
quitármelos y dejar mis huellas en el pasillo;
marcando el camino hacia la felicidad,
que vive en la bañera con agua caliente
y emisoras de radio.
Siga a ese olvido, corazón.
Y me hace caso.
Todo recto por la avenida
de una indiferencia brutal
que me pone más cachonda
que todo el odio que te tenía
hace doce canciones.
Ahora todo está bien;
ahora bailo con la lluvia
y tú a saber dónde estarás vomitando.
Me da igual;
el presente me está haciendo el amor,
y mi corazón, ya cosido, se está corriendo.
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