La semana pasada compré un libro
de segunda
o décima mano
en una feria de por aquí cerca.
Siempre que compro un libro
abro al azar y leo
la primera palabra que se me planta
delante de las narices.
Pero esta vez
esa palabra
no era del autor del libro.
Había una nota
entre las páginas.
Algo escrito
para la antigua dueña.
Bueno, dueña queda un poco feo, ¿no?
¿Guardiana?
Antigua guardiana del libro.
"¿Cuándo vuelves de Nueva York?
Te echo de menos,
seguro que sigues
igual de guapa y graciosa.
Nos vemos pronto.
Te espero.
Nos espero."
¿Cuáles eran sus nombres?
¿Cuánto hace que
se escribió esa nota?
La edición del libro
es de 1976.
¿Ella volvió?
¿Y tú?
¿Cuándo vas a volver tú?
Porque quiero echarte a patadas
pero hoy he soñado contigo
y esto es mi desayuno.
Hoy no hay galletas.
Estábamos en una ciudad
con coches rojos
y señoras con rulos en la cabeza
que se chivaban a la policía.
Qué he soñado es lo de menos.
Voy a contarte qué he sentido
y qué siento.
¿Alguna vez te has despertado
con ganas de llorar?
No voy a hacerme la dura,
he llorado cuando me he despertado.
Me he puesto a llorar
porque en el sueño nos mirábamos
y todo era como en los primeros días.
Pero los sueños, sueños son;
y a mí no se me cumplen
ni los plazos para devolver
los libros de la biblioteca.
He abierto los ojos
y he notado la evidencia de que tengo que aprender
a pisar la calle sin tus buenos días.
A no ahogarme.
Ya estoy practicando para los próximos sesenta años.
No lo llevo bien,
pero poco a poco;
como cuando empiezas
a hacer malabares con globos rellenos de arroz.
No es la primera vez que sueño contigo,
seguramente tampoco sea la última.
Pero ha sido tan intenso y tan palpable
que sé que fuera de él, en la vida real,
ya no queda nada.
Sólo una sensación,
como de digestión...
Sabes lo de las dos horitas
de digestión
antes de lanzarte de cabeza
a la piscina.
O antes del
"¡Mamá, me voy al agua!"
en la playa.
¿No?
Pues sólo es
una variante
de la digestión del amor.
En el amor, primero te tiras al mar
—saltas dentro de él,
quiero decir,
no hablo de que te lo folles—
y después haces la digestión.
Pero no es un mar cualquiera, ojo.
En ese mar
te tienes que ahogar,
por narices,
para que haya digestión.
Y encima,
tú,
no sabes amar.
Sabes a océano.
Nadie quiere ahogarse,
claro.
Pero pasa.
Pasa.
Mucho.
Digestión de dos horitas
o dos meses
o dos añitos.
Según la cantidad
de boom boom ajeno
que te hayas metido entre pecho y espalda.
También importa
el número de latidos tuyos
que el/la otro/a
se haya tragado.
Y yo,
personalmente,
llevo un buen
empacho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario