Entonces se abre el ascensor
y no sale nadie.
No hay nadie.
No hay nada.
Nada,
ni un cartel diciendo “volveré pronto”.
Ni poesía escrita con faltas
de ortografía entre los botones.
Ni siquiera niños saltando o sentados en el suelo.
Te asomas despacio,
miras dentro.
Sólo hay un espejo
con una cara manchada de rímel
y lágrimas.
¿A qué piso vas?
A ninguno, yo caigo en picado.
Hablas contigo misma,
que es peor que hablar sola.
Del tiempo.
No del sol ni de los nubarrones que había esta mañana,
sino del tiempo.
Del tiempo que hace
que no te despintan los labios.
Que no te levantan la falda.
Que no te rompen las medias
ni te preparan la cena
ni se enganchan a tu corazón.
Lees la propaganda del buzón:
pizza a domicilio,
restaurantes chinos,
juguetes caros para los hijos del siglo XXI.
Lees las facturas:
la luz ha subido —no necesita ascensor—,
pero a ti no te afecta porque vives a oscuras.
Sin velas.
Sin mecheros.
Sin cerillas.
Sin abrir los ojos.
Sin cuerpos desnudos
en llamas
en la otra frontera de la cama.
Con las bombillas destrozadas
por lanzar zapatos
las noches de fiesta que vuelves borracha
y echando de menos.