18 de julio de 2014

Ciento cuarenta y tres.

Entonces se abre el ascensor
y no sale nadie.
No hay nadie.

No hay nada.

Nada,
ni un cartel diciendo “volveré pronto”.
Ni poesía escrita con faltas
de ortografía entre los botones.
Ni siquiera niños saltando o sentados en el suelo.

Te asomas despacio,
miras dentro.
Sólo hay un espejo
con una cara manchada de rímel
y lágrimas.

¿A qué piso vas?
A ninguno, yo caigo en picado.

Hablas contigo misma,
que es peor que hablar sola.
Del tiempo.
No del sol ni de los nubarrones que había esta mañana,
sino del tiempo.
Del tiempo que hace
que no te despintan los labios.
Que no te levantan la falda.
Que no te rompen las medias
ni te preparan la cena
ni se enganchan a tu corazón.

Lees la propaganda del buzón:
pizza a domicilio,
restaurantes chinos,
juguetes caros para los hijos del siglo XXI.

Lees las facturas:
la luz ha subido —no necesita ascensor—,
pero a ti no te afecta porque vives a oscuras.
Sin velas.
Sin mecheros.
Sin cerillas.
Sin abrir los ojos.
Sin cuerpos desnudos
en llamas
en la otra frontera de la cama.

Con las bombillas destrozadas
por lanzar zapatos
las noches de fiesta que vuelves borracha


y echando de menos.

21 de abril de 2014

14 de abril de 2014

Ciento cuarenta y uno.

Dicen que tengo que pasar
más tiempo con ellos,
que llevo más de dos meses como ausente,
que casi no como
y que duermo más de lo necesario.

Mi mayor fobia se está cumpliendo
delante de mis ojos:
los estoy decepcionando.
A ellos. A mis padres.

Y sólo porque te quise
a distancia
—pero te quise—
y te acobardaste
y me dejaste

cuando en realidad
nunca
nos
tuvimos.

Ciento cuarenta.

¿La verdad? Me da igual. Me da igual todo.
Quizá mi madre tenga razón y sí esté de psicólogo, o quizá no.
Quizá te merezcas que siga corriendo detrás de ti, o quizá no.

Pero qué más da. Me da igual. Me da igual todo.

12 de abril de 2014

Ciento treinta y nueve.

Yo de pequeña apuntaba maneras.
Cuando crecí
me dio por disparar
y me quedé sin ellas.

29 de marzo de 2014

Ciento treinta y ocho.

Hoy llueve.
No estoy triste,
la lluvia no me recuerda a las lágrimas
en las que sumergía tu recuerdo.

Si llueve, nunca cojo el autobús.
Prefiero correr
buscando el refugio de los balcones;
pegarme a las tiendas en la acera;
colgarme de brazo en brazo de desconocidos
que llevan paraguas
—no más de tres segundos con cada uno—
y desearles un buen día.

Reír pisando los charcos.
Reírme de ti.
Reír por saber lo que te has perdido.

Que se me rice el pelo
y huelan a champú las calles.

Empaparme los calcetines,
llegar a casa,
quitármelos y dejar mis huellas en el pasillo;
marcando el camino hacia la felicidad,
que vive en la bañera con agua caliente
y emisoras de radio.

Siga a ese olvido, corazón.
Y me hace caso.
Todo recto por la avenida
de una indiferencia brutal
que me pone más cachonda
que todo el odio que te tenía
hace doce canciones.

Ahora todo está bien;
ahora bailo con la lluvia
y tú a saber dónde estarás vomitando.
Me da igual;
el presente me está haciendo el amor,
y mi corazón, ya cosido, se está corriendo.

Ciento treinta y siete.

Yo quiero volver
a
ser
la niña
de hace un año.