10 de marzo de 2012

Treinta y uno.

9 de marzo.
La fecha más que importante en la vida de todos los seres vivos de este planeta: mi nacimiento.
Aún así, pocas son las cosas realmente buenas que pasaron ayer, viernes, en mi decimoquinto cumpleaños. Parece que no se me quita de encima la racha de mala suerte que lleva conmigo desde principios de semana.
Examen de Sociales a primera hora, de un tema que veo más absurdo que Dios. Luego Lengua y, después del recreo, Matemáticas. Antes estaba convencida de que era de Letras. Ahora estoy más que eso: la puerta de Ciencias se ha cerrado completamente, y con un portazo de los fuertes. En el último examen de Matemáticas casi llego al 5, casi. No sé qué coño voy a hacer en el próximo examen, ¿será la primera vez que me quede Matemáticas? Siempre he odiado esa asignatura, siempre, desde que me di cuenta de que tenía que estudiarme de memoria las tablas de multiplicar. Aún así, y todavía, haré lo imposible por saber hacer un maldito problema de sistemas de ecuaciones. Y si me queda, siempre tendré la tercera evaluación.
Ésta fue la primera gran desgracia del día, del día de mi cumpleaños.

Después de las dos clases restantes, tocó bajar al aula de informática con ElRealista, con la profesora de Lengua y con el director. Días atrás, ElRealista y yo, habíamos estado haciendo un trabajo de un concurso que organiza Ibercaja para jóvenes promesas del Periodismo. Mi amigo está convencidísimo de que vamos a ganar (o al menos eso da a entender), al igual que la profesora de Informática y el director. Pero no sé, no sé… El tiempo todo lo dirá, supongo.

Luego me metí en el papel de un colaborador de Sálvame Deluxe, del viernes noche, en Francés. Los invitados fueron mi amigo (antes dicho) y mi tocaya. Vaya hora que pasé. Tocaya parecía un bebé nada más nacer: cuántos gimoteos y lloriqueos; qué infantil. Y ya sabiendo lo que le hizo a ElRealista, encima de bebé anormal, ahora resulta que es una cabrona (de los detalles prefiero no hablar, no es mi tema. De todas formas, la entrada seis de este blog lo explica todo).
Y después de gritos, insultos, más gritos, lágrimas, más insultos, charcos de lágrimas, más gritos todavía; después: la celebración de mi cumpleaños. A decir verdad, no me lo pasé bien. Nada bien. No me gusta celebrar estos días, y después de lo que pasó, todavía menos. Vaya forma más mierda de cumplir 15 años.
Y los 15 no se cumplen todos los días.

Al llegar a mi casa ya fue el colmo. Mis padres, mosqueados, se abalanzaron sobre mi monedero para ver cuánto dinero me había gastado en MI CUMPLEAÑOS. Tal fue su reacción al ver que me había gastado 5 euros más de lo que esperaban que me fui a la cama a las 11 de la noche.
Lo pasé mal, muy mal, y todavía lo estoy pasando. Estoy sola en casa desde que me levanté: mi padre está trabajando y mi madre no ha aparecido, como hace dos semanas (a saber dónde estará). Pero mira, mejor: así puedo dejar de llorar aunque sea seis horas seguidas.

Ni tarta, ni regalos, ni fiestas, ni velas que soplar. Con todo, ayer fue el día más importante de la Tierra: mi cumpleaños.

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