5 de marzo de 2012

Veinticuatro.

Vaya día. Con esas dos palabras lo digo todo.
Es que creo que no me ha pasado nada bueno hoy. Si ya lo decía yo en el antiguo post: esta semana no iba a figurar entre las mejores. Cuánta razón tenía yo ayer por la noche, hay que ver.
En la primera clase no hemos hecho nada, el profesor se ha limitado a preguntarnos que qué era el PIB (Producto Interior Bruto) y que lo buscásemos en el libro. No venía nada. Media hora hemos estado la mitad de la clase pasando las páginas como bobos. Y digo la mitad porque la otra estaba dormida. En la segunda clase… bueno, nada que decir.
Recreo. Risas. Chistes. Y, luego, examen de matemáticas. Toma ya.
A decir verdad, no me ha ido tan mal (gracias a lo que yo me sé): espero sacar mínimo un 6. Y porque no rezo, que sino en vez de escribiendo ya tendría a Dios sordo. Después del examen, un poco de relax: plástica; recreo y luego inglés.

Lo que me ha ido mal ha sido la tarde en general. Nada más terminar de comer, pensé en echarme unos quince minutos para descansar. Los quince minutos se han convertido en una hora. Para cuando me quise poner a estudiar ya eran casi las siete.
Estoy agobiada. Agobiada y estresada. Mañana tengo examen de francés en el instituto (este es el que llevo mejor) y examen oficial de alemán en la escuela de idiomas (de este prefiero no hablar). No hay lengua más fea en el mundo que el alemán. Me siento nazi hablando así. Dices te quiero y sigue sonando como si te estuvieran echando una bronca monumental. Vaya mierda de idioma. Y yo que me quejaba del francés por ser tan cursi, ahora me quejo del alemán por ser tan heavy.

En fin, ya os contaré mañana mis penas.
Auf wiedersehen.

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