24 de abril de 2012

Ochenta y nueve.

Sí. Bueno. Supongo que hoy ha sido uno de esos días.

Han dado una hoja con recomendaciones para nuestro futuro. Una guía sobre qué hacer y qué asignaturas decidir. Sabía, desde un principio, que mi itinerario iba a ser el de Letras. De eso no me cabía duda, por supuesto, de ahí que no lo abriese justo en el momento en que nos lo dieron. Al contrario que todos.

Una pequeña riña nada más subir de nuestros veinte minutos libres en el patio. Una riña que me ha alborotado los nervios justo antes de tener que hacer de un abogado francés. Y, supongo, que en la riña, ellas tenían razón. Llegué a la clase de Francés y, como la profesora todavía no había llegado, abrí la hojita de las recomendaciones. Mientras todos estaban hablando sobre sus carreras profesionales y sobre qué deseaban e iban a ser de mayor, yo me quedé pensando. Entre el enfado que me había caldeado los nervios y el tener la hoja cogida de las manos ahí, apoyada en la pared (o la pared apoyada en mí), comencé a vagar en los recuerdos de cuando era más pequeña y en lo que deseaba hacer entonces. Y en lo que deseo hacer ahora.

En Primaria ni me planteaba la carrera que iba a elegir. Creo que lo veía tan lejos que lo dejaría correr. Pero sé perfectamente que iba enfocada a las Artes (o el dibujo, en otra palabra). Me acuerdo como si fuera ayer de Fina, tutora de 3º y 4º de Primaria, y del día en el que nos cogió a un chico que se fue el año pasado (el del pelito en la cara) y a mí. Nos llevó a la sala de profesores y nos dejó una cartulina para que, con ella, dibujásemos un paisaje. Yo me encargué de hacer lo que era el suelo y un perro, el otro chico pintaba y Fina retocaba. Se tuvo que ir en 6º de Primaria. Y, desde el mismo día en que se fue, todavía la echo de menos. Volvió en 1º de ESO, unos días después de empezar el curso, para darse una vuelta, para saludarnos y saber qué tal nos iba todo. No había cambiado en nada. Sin embargo, yo sí. Yo ya me iba decantando más por la escritura que por el dibujo. Quizá si mi madre me hubiese apuntado a esa escuela de arte ahora fuese una Dalí. Recuerdo, con risas, el primer día que vino a saludarnos después de pre-jubilarse (vino dos veces, una en 1º y otra en 2º):

Yo estaba bajando las escaleras con O. (como siempre, las últimas) y, nada más llegar al patio, vimos un cúmulo de gente rodeando a una persona con un abrigo marrón. Con ese abrigo marrón. O. y yo echamos a correr hacia Fina, casi como en las películas de amor, la típica escena de la playa en la que los enamorados se encuentran y van corriendo y… Ya sabéis. Llegamos al sitio, pero cuando llegamos nos quedamos paradas. Sin saludarla ni nada, solo sonriendo (al menos yo).

- Bueno, un beso o algo, ¿no? – dijo Fina. La abracé, como no lo había hecho nunca con nadie. Aspiré su aroma (todavía lo recuerdo) y la dí dos besos.

La clase (la parte que se encontraba allí) empezamos a hablar de todo un poco: que qué tal los profesores, las notas, los novios… Nos contó que estaba trabajando o colaborando (mejor esto último) en una academia de dibujo, como profesora. Y M. llegó y preguntó qué había pasado con su madre al final (porque ella se pre-jubiló por cuidarla, más que nada).

- Bueno… Digamos que ya no está con nosotros. – y se hizo el silencio total. Había que vernos: ella en el centro del círculo y todos rodeándola, con la boca cosida.
- ¿Y qué… decías de lo de la academia? – pregunté yo, inocentemente. Se rieron todos, incluida Fina. – Es que no quería… – Fina no me dejó terminar la frase, ya sabía que me refería al bajón de ánimos que habíamos pegado con esa respuesta, y yo no quería dejar las cosas así.

Este momento nunca se me va a olvidar. Como muchos otros, como el día en que me mandó salir a la pizarra, estando en 3º de Primaria, a hacer una resta. Yo no tenía ni idea, porque a mí, en el colegio público al que iba, me enseñaron de otra forma más infantil, mientras que en éste ya hacían las restas como mayores. Total, que hice mal el ejercicio y me eché a llorar por los gritos que me dio Fina. Recuerdo a A. señalándome y diciendo:
- Está llorando, está llorando. – como intentando llamar la atención de Fina, para que me consolara.
- Me da igual, como si se ahoga, que aprenda de una vez. – en ese momento la habría matado, sí, pero al día siguiente iba con las restas aprendidas.

Otro recuerdo (hay que ver, ahora me vienen de golpe todos). Cuando fui el primer día a clase con gafas. Fran (uno que ya no está y que me caía tan mal que puedo decir su nombre perfectamente), al verme salir a la pizarra, dijo: “¡Gafotas, gafotaas!” Y todavía hoy sonrío al recordar a Fina llamándole feo por toda la cara, a la vez que halagaba mis gafas mierdosas de pasta gorda.

Y me he acordado de todo esto al ver la hoja de las recomendaciones porque ésta me ha recordado que sólo me quedaba un mísero curso para largarme de allí de una vez y para siempre. Y cuántas cosas he pasado yo entre esas paredes, joder. Todo ahí, en el aula de Francés, con una profesora y con los demás cambiando impresiones respecto a su futuro trabajo (que me río, espera).

La mitad de nuestra infancia, por no decir más de la mitad, la pasamos encerrados en el colegio. Pero es ahí donde, por muy friki que suene, pasé (y todavía paso) mis mejores momentos. Yo me divido. Estando en el instituto soy de una forma y estando en casa de otra completamente diferente, aunque alguna pequeña similitud habrá. Fina me dio sus empujoncitos para que siguiera dibujando, incluso daba direcciones a mi madre para ir a las academias (a las cuales, como creo haber dicho antes, nunca me apuntó). Y Teresa, en 2º de ESO, para que escribiera. También la echo de menos. Mucho. Fue una gran ayuda en el curso pasado. Me animó a escribir y a seguir haciéndolo pasase lo que pasase. Me apuntó en concursos y me regaló un libro. Me dio el premio al mejor relato del colegio, diciendo que iba a ser, y que no le cabía duda, una escritora magnífica.

Y Teresa solo ha venido una vez para saludarnos, a principios de curso. No podía parar se sonreír al verla. Me percaté, cuando vino, de las miradas de soslayo que echaba a individuos, y me sigo riendo. Me sigo riendo porque, como para no notarse, era muy pelota (que no me lea nunca esto) con cierta Californiana. Lamentablemente, se llevaba bien con quien ahora odio y mal con los que ahora quiero. Pero sigo recordándola cada vez que leo Teresa en alguna parte. Sigo abriendo, de vez en cuando, los e-mails de respuesta que nos envió. Y sigo echándola de menos. A ella y a Fina. Y a Don Rafael, otro buen profesor, aunque éste todavía sigue pasándose de vez en cuando por el instituto, y sigo saludándole.

Y sigo recordando. Y sigo echando de menos.

Y bueno, sí, todo esto al ver el itinerario B de Letras de la hoja ya dicha unos cuantos párrafos más arriba. Por eso no quiero terminar el curso. Por eso no quiero llegar a 4º de ESO y terminarlo y graduarme y matricularme en otro instituto. Porque aquí, después de todo, se hacen muchos amigos, de todas las edades (como habéis podido comprobar), y se les llega a apreciar de verdad. Por lo menos yo.

Tenía ganas de escribir esto.
Pero solo hoy he tenido agallas y contarlo.

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