22 de abril de 2012

Ochenta y ocho.

A veces me da miedo pensar que tal vez no me entendéis. Pero, de verdad, para mí lo más importante es poder poner mis pensamientos en el papel.

Cuando siento el impulso de escapar del mundo, uso un truco: coloco un folio en mi escritorio e intento convertir en letras todo eso que me desanima. Y lo mejor es que normalmente funciona. A veces, aunque solo sea por unas horas, consigo abstraerme y ver las cosas de otra forma. ¿Sabéis la sensación esa de cuando tienes algo dentro que te presiona? Pues, alguna que otra vez, cuando estoy garabateando en mi cuaderno, consigo darle forma. Lo veo. Y es bueno. Porque es más fácil no tropezarse cuando sabes cómo son y dónde están los baches.

A veces creo que voy con los ojos vendados. Pero otras es peor, porque pienso que simplemente es que los tengo cerrados, y digo: “con lo sencillo que es el impulso eléctrico de abrirlos”. ¿Por qué a veces me empeño en tenerlos cerrados con tanto ahínco? Imagino que soy una testaruda, porque, incluso sabiendo que lo que estoy haciendo no es del todo justo, sigo en mis trece y punto. Pero decidme que no os ha ocurrido alguna vez a vosotros también algo parecido.

Imagino que está en nuestros genes. Que en alguna parte de nuestra cadena de ADN viene escrito que el ser humano sí que puede ser feliz, pero solo durante un ratito. Y para mí, ese ratito, es cuando escribo.

Nunca he estado tan enamorada de la escritura.

3 comentarios: