25 de mayo de 2012

Ciento diecisiete.

- (Delac) ¿Qué coño haces?
- Escribir.
- ¿Aquí?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque en casa no puedo.
Estamos en una biblioteca la cual acabamos de descubrir que, según Delac, abrió el 17 de este mismo mes. Es muy pequeña, todo hay que decirlo. Pero, mira, lo bueno es que tiene conexión a Internet. Cosa que yo, en mi casa, echo de menos.  Me han dejado incomunicada. Repito, NASA, incomunicada (mayday, mayday). Estoy desquiciada sin Internet, lo juro; sin móvil, sin WiFi, sin Playstation online, sin poder escribir… Aunque, bueno, siempre se puede hacer a mano. Pero cuesta mucho y yo soy muy vaga. Ya me cuesta escribir hasta en los exámenes, fíjate tú para hacerlo en mi casa.
Aunque ayer lo hice, ayer por la noche. Mosqueada, tras la riña monumental con mi padre y lo callada que estuvo mi madre mientras éste me daba gritos, me encerré en mi habitación (no sin antes dar un buen portazo) y me puse a escribir en mi cuadernito de notas. Creo que más palabrotas escritas no volveré a ver en mi vida. A no ser que quiera, que si quiero, seguro que encuentro. Y seguro que hay.
Bastantes cosas tengo yo en la cabeza para que llegue éste y me empiece a dar gritos. Él. Es que, encima, es él. No quiero contar directamente lo que pasa en mi casa porque, sin dar más preámbulos, es mi casa. Mi vida. Pero ojalá pudiera. Ojalá pudiera seguir liberando la mala leche que tengo ahora mismo, sentada en esta silla (aunque metálica, ¡es más cómoda que la mía!), viendo a dos chicas con un paquete de Camel en la mano y los ojos puestos en el ordenador, viendo una extraña fotografía detrás de este ordenador muy… ilustrativa (dejémoslo ahí) y con unas ganas tremendas de darle una ostia a Delac, aquí a mi lado izquierdo, por escribir tan “alto”. Si lo hiciera, no la tendría que descargar cuando llego a clase, con gente que se me cruza por los pasillos y que, para colmo, me cae bien.
Las malas rachas te hacen cambiar. Y por ahora sólo estoy viendo que para mal. Aunque siempre puede ser peor, claro. Pero no estoy acostumbrada. No estaba acostumbrada al dolor. Yo, que al hacerme una simple rozadura en el pie ya me estaba quejando. Yo, que lloraba cuando me tenían que vacunar (qué espanto me dan las agujas, hay que ver). Y yo, que no quiero tener hijos por miedo al parto y al dolor que conlleva éste.  Me he acordado de Darwin (modo friki de los cómics on) y de su asombroso poder para adaptarse a cualquier situación. Ojalá existiesen los superpoderes, todo sería más…
No, fácil no. Es verdad. Yo me podría adaptar a cualquier situación: al dolor, a la pérdida, al desencuentro, al odio…, al amor, incluso. Pero si yo fuera capaz de hacer todo esto, ¿qué harían los demás? No todos íbamos a ser buenos, como no todos somos buenos.
- (Yo) Delac… Si Rajoy tuviese un poder, ¿cuál sería?
- El poder de la autodestrucción, para que se destruyese a sí mismo.
- No, tonto; digo que cuál crees que tendría, no que cuál quieres que tenga.
- Ah, pues… ¡El de la homosexualidad!
- Hm, otro. Es acertado, pero otro.
- Tendría el espantoso poder de transformar sus manos en tijeras (risas, risas).
Y si tanto recorta con tijeras normales de plástico, ¿alguien puede ser tan valiente como para decirme qué haría con unas gigantes, a lo Capitán Garfio? Oh, ¿¡y los curas!? ¿Qué superpoder tendrían los pastores del Señor?
- (Yo) Delac… ¿Y los curas? Dime el poder que tendrían los curas.
- Ellos ya tienen: el de la homosexualidad y pederastia.
- (…) Otro.
- ¡El de la “súper-imaginación”! Rezan a un ser que no existe.
- (¡…!) ¿Otro?
- ¿Esto lo vas a poner todo ahí (señalando a mi ordenador)?
- Sí.
- Pues no hay más que hablar.
Y acabo resumiendo mi entrada con una única palabra: bipolaridad. ¡Hay que ver cómo cambio de tema en un santiamén!

No hay comentarios:

Publicar un comentario