19 de mayo de 2012

Ciento nueve.

Por fin me han dado el portátil, que falta me hacía. No aguantaba más con ese ordenador de mesa de la época de Tutankamón y con las teclas más duras que la piedra que (se supone) mató a Abel. Ahora escribo con más rapidez, eso sí, pero tengo una falta de intención que me abruma. Y como no voy a seguir contando mis penas, que para eso ya está un cuadernito de notas bien escondido, me da que voy a escribir sobre la fiestuqui de ayer en casa de L, que celebraba su cumpleaños (aunque los hubiese cumplido una semana antes).


Quedé con Delac delante del colegio a las cinco y cuarto para que me llevase a la casa de nuestra chófer, que yo no sabía dónde estaba. Y, claro, como lo bueno se hace esperar, llegué tarde (como siempre, ¿verdad?). Delac vio salir a nuestro director que, como me contó después, por lo visto tenía mucha prisa (Correcaminos se le escapaba). Llegamos a casa de nuestra chófer y bajamos hasta su garaje. Nos sorprendimos al ver el cuadro que tenía de la cara de Mozart, más grande y supera al Guernica; y del mapa de España, gigante, en el que incluso estaba Sabiote, su pueblo y el de la Discípula House (vaya tortura verla hasta en vacaciones, qué horror). Nos subimos en su coche, cantamos la famosa canción del cochecito leré (ironía, ironía) y, mientras nuestra chófer discutía con su padre sobre qué calle tomar, Delac y yo estábamos en los asientos de atrás mandándonos mensajes por el móvil, poniéndoles verdes a los dos y hablando de cosas que no os importan. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, pegué un salto al ver al perro de la entrada.

- ¿Un perro? ¿Eso es un perro? ¿¡Tienen un perro!? ¿¡¡Y por qué nadie me lo había dicho antes!!?

Sí, me dan miedo los perros, mucho. El trauma que cogí a los siete años corriendo calle arriba-calle abajo perseguida por una manada de 12 perros con ganas de mí y de mi culo me pasó factura. Me pasó factura haciendo que Delac y nuestra chófer pasaran antes que yo a la casa. Lo gracioso fue que el animal, después de oler a esta última, se fue a cagar. Un retortijón y camino seguro para entrar al chalet.

La casita era grande, mucho trabajo para la madre de L para limpiar, pero ese es su problema. Dimos una vuelta turística, escudriñando cada mota de polvo y cotilleando hasta la última esquina. Tras esta inspección, Delac y yo cogimos algo de beber de la nevera (como en nuestra casa); él con su Fanta y yo con mi Coca-Cola, fuimos los primeros en coger asiento en la mesa de los pinchos. Ahí estuvimos un buen rato, viendo cómo se iban llenando las sillas y desapareciendo comida de los platos. Una situación que, descrita por mi profesora de Física y Química sería la siguiente: “La cantidad de comida ingerida es inversamente proporcional a los asientos ocupados” (y acto seguido llegaría su Discípula con un cartel de “Aplausos”).


- Todavía no ha llegado Nothing, ¿dónde está? – la cumpleañera, L.
- Murió. – varios minutos después, Nothing apareció con la cabeza y todos sus órganos en su sitio. Tranquilos, todavía la quedan muchos años.


El perro entró en la fiesta, persiguiendo el balón que se les había escapado a los futuros futbolistas.


- Y... ¿cómo se llama? - pregunto yo a L.
- Rommel.



Luego, ya ni me acuerdo por qué, se armó la de dios cuando la Tocaya de la Discípula House llamó (suenan tambores) hijo de puta a no sé quién (¡que sí, que lo dijo ella, ni yo me lo creí!). Aunque lo bueno fue cuando sacó a relucir la clase de Lengua de esa misma mañana:


- Delac, tú estabas en el grupo de los marginados (risas), ¡en la esquina y con esos dos! ¡¡Eres un marginado!!
- (Comentario de L por lo bajini) Atentos, pensamiento de Delac en estos momentos: “¿Y me lo ha dicho ésta?”


Tras otras cuantas risas más y el enfado de la Tocaya de la Discípula House, G se sentó al lado de Delac, enfrente de Nothing (que estaba a mi lado) y de mí. G cogió el brazo de Delac que, digamos, estaba algo distraído en esos momentos, y limpió el asiento donde segundos después iba a relajar sus glúteos. Risas falsas, muchas risas falsas por parte de los dos. Nothing y yo comenzamos a cuchichear delante de ellos:


- G ni le aguanta. Se nota, ¿no?
- Hombre, por supuesto; es un sentimiento recíproco. Mira la cara de asco que tienen los dos. Si es que son completamente diferentes.
- Ya ves: blanco y negro. ¿Metemos cizaña?
- Venga, pero empieza tú.
- ¡Ey, G! ¿Estás a gusto…? (Nothing hace un movimiento con los ojos, señalando a Delac)
- Sí, ¿por qué no lo iba a estar? – su cara era un libro abierto.
- Ah, no sé, no sé… (Nothing se pone seria y yo pongo mis brazos en la mesa, a lo poli bueno-poli malo) Seamos realistas: os odiáis.


Los dos se miran. Ojalá hubiera sacado una foto a ese momento, seguro que con la opción en negativo se habrían visto los rayos, seguro. Tras unas cuantas excusas torpes de G y miradas de “Te vas a enterar, Midons” por parte de Delac, al fin el primero se consigue describir como dios manda.


- Sí, vale… Si yo reconozco que soy un poco clasista…
- (Miradas entre Delac y yo, muy cómplices, que querían decir): ¿¡Un poco!?


No sé cómo resolvimos el problema, pero minutos después estábamos dando vueltas por Arroyomolinos. Con ideas de querer colarnos en el piso piloto, en una urbanización en construcción y en el colegio, acabamos tirándonos (literalmente) por una colina. Tengo la mano izquierda llena de granitos, a saber qué toqué. Había que vernos: un grupo de 15 adolescentes con las hormonas alborotadas por las calles casi desiertas, rompiendo bancos (accidentalmente, claro; somos vándalos, que no policías), saludando a los coches que pasaban, pensando en cómo tirarse al río seco que pasaba por delante del colegio para morir en el acto y no sufrir, corriendo calle arriba como si no hubiera mañana y pensando en las pizzas que nos esperaban, tan calentitas, tan jugosas, tan…

Dos Santos, Delac, Balonmano-girl y yo llegamos antes a la entrada de atrás que debería estar abierta. El primero intentó abrir la puerta, pero por lo visto no tiene tanta fuerza como aparenta. Delac se lo dijo a la madre de la cumpleañera, que estaba allí, y fue a abrir la puerta.

- ¿Cerrada? Coño, pues no tengo las llaves (intenta abrir la puerta). ¡Pero si está abierta! Vamos, pasad. – cuando paso yo, que iba la última de la fila, la madre me da un golpecito en la cabeza. – Anda que estos de Letras…

Los tres que iban delante de mí se giraron para ver mi cara. Intenté reírme, tomármelo a broma, seguirle la gracia a la madre, pero, claro, son muchos músculos los que tengo que mover, no sólo los de la cara, sino de todo el cuerpo. Y mucho esfuerzo. Así que me limité a mirar serio. Luego se lo dije a la cumpleañera, ya comiendo. Entre que me empezó a doler la tripa y que, cuando yo iba todavía por el primer trozo de pizza, ya se habían acabado dos, se me quitó el hambre. Bueno, y no hay que dejar de lado las miradas (bordes) de la madre de un chico que estaba por allí, ex-compañera de mi madre del trabajo. Ex-compañera porque la empresa quebró.

- La madre de Fulanito me da miedo. – se lo comenté a Nothing, que se volvió a sentar a mi lado.
- Sí, no deja de mirarnos, ¿eh? Lleva toda la tarde echándonos esas miraditas que… Joder.
- Da miedo.
- ¿Crees que planea nuestro asesinato?
- No sé, ¿y si ha puesto una bomba?
- Puede, ¿y si nos quiere torturar y luego tirarnos a los perros?
- ¡Perros no! (risas, risas).

La cumpleañera escuchó nuestra conversación sobre la mujer, y se metió en ésta.

- ¿De quién habláis, de la madre de Fulanito?
- Sí, es que no deja de mirarnos con cara de borde. Y eso que es maja, ¿eh? Que conmigo y con mi madre se porta muy bien. – contesta Nothing.
- Es que sus razones tiene.
- ¿Razones? ¿Razones de qué? – pregunto yo, más cotilla que nunca.
- Razones económicas. – concluye L.

Y concluye porque no quería meterme más en el asunto. La mujer esa (esto sí se lo dije a Nothing) no quería ni trabajar: decía que estaba mala cuando en realidad iba de compras. Pero fue luego, hablando con mi madre, que descubrí que era de esas que sólo vive de las apariencias. Orgullosas hasta morir en la mierda. No acepta la ayuda de una amiga que la da una oportunidad de conseguir trabajo porque no necesita de nadie, que está de maravilla. Siento lástima por ella, por ella y por su hijo, que me cae muy bien (hasta donde yo sé); pero no soy quién, mira.
Después de terminar de comer y ya cuando se me iba calmando el dolor de barriga, Nothing, Delac y yo hicimos el corrillo de Sálvame: a meterse con todos, sacando sus pros (de unos más que de otros) y contras (de otros más que de unos), contándonos secretitos y paños sucios. Creo que no se libraron ni los padres.

- ¿Qué tal en el cumple?
- Ah, bueno: normal.
- ¿Nada que destacar?
- Nada que destacar.

9 comentarios:

  1. Me ha encantado, que bien describes la tarde de ayer, y como me gusta verme nombrada tantas veces en tu entrada.
    Felicidades buena entrada, buena descripcion.

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  2. No,no,no... Hay muchas inconcluencias en la entrada.
    No somos tan egoístas ni tan cotillas.

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    1. Y siento ser tan "tiquismiquis" pero... ¿No sería incongruencias...?

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  3. Mira, voy a dejar de comentar.
    Porque cada vez que lo hago, cometo una falta.

    Y creo que ya llevo muchas.

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  4. Pero tampoco te pongas así, tonto...
    Errar es humano :)

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  5. Pero errar con tanta feecuencia solo es propio de mí.

    Además, tantos comentarios luego saturan.

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