Se han ido a recoger a los abuelos, y no volverán hasta quién
sabe cuándo. Tendré, espero y supongo, una hora para mí sola. Para hacer lo que
me plazca y luego portarme como una santa frente a mis abuelitos durante cuatro
días. O más. No podré echarme con el gato (nada de lujuria, joder) porque,
claro, echa pelos y me puede dar de repente, por arte de magia, porque así lo
quiere el malvado lord Voldemort, una alergia que (¡por favor, dios no lo quiera!) me acabe matando. O ya no podré pasarme
una hora jugando a Red Dead Redemption (vaya vicio que me he pegado, la lástima
es que no es mío), Call of Duty y demases. Porque no. Porque ahora tengo que
sentarme en el sofá, tragarme todo el olor de cigarro y hacerles compañía. Tendré
que pasar ahí toda la noche sin poder escuchar (y eso es lo que más me jode) la
televisión porque, además de que no la pueden poner más baja, ellos necesitan
hablar. Y necesitan contarse cosas. Sus cosas. Porque sólo hablan de ellos. Bueno,
de ellos y de los demás.
Oh no, que no falten los demás. Y mientras mi abuela está
poniendo verde a la vecina de al lado con mi madre, yo tengo que aguantarme sin
poder ni ver la televisión, ni meterme en su conversación, ni leer nada (porque
quién va a leer con esas voces…). Y, para poner más cruda (si se puede todavía
más) la cosa, el sábado hay boda. Sí, sí: boda. De unos tíos a los que ni
siquiera conozco. No encuentro nada divertido a las bodas. Lo divertido se lo
llevan los novios a la cama esa noche, a los demás les dejan con el suplicio de
haber perdido un cuarto de su sueldo en los vestidos y trajes, y otro tanto en
el dinero que hay que poner para su regalo. Y luego miran mal cuando les das sólo
300€.
Pero bueno, todavía me queda parte de esta hora para ser
libre. Como si quiero despelotarme, que nadie me va a mirar. Excepto el del
tren (mi habitación da a las vías del tren donde, mágicamente, siempre hay uno estacionado),
que últimamente no hago más que bajar la cortina para que no me vea. Otro día
incluso cogí los prismáticos, un pasamontañas y una metralleta que me encontré
por el cajón-de-los-desastres e hice de terrorista.
(Nota a mí misma: cuando haga este tipo de cosas, poner el
pestillo a la puerta).
Bueno, de todas formas todavía me queda el viernes para… Iba
a decir disfrutar, pero el examen de matemáticas quita toda la diversión a la
cosa.
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