3 de mayo de 2012

Noventa y cinco.

Adoro estos momentos.

Se han ido a recoger a los abuelos, y no volverán hasta quién sabe cuándo. Tendré, espero y supongo, una hora para mí sola. Para hacer lo que me plazca y luego portarme como una santa frente a mis abuelitos durante cuatro días. O más. No podré echarme con el gato (nada de lujuria, joder) porque, claro, echa pelos y me puede dar de repente, por arte de magia, porque así lo quiere el malvado lord Voldemort, una alergia que (¡por favor, dios no lo quiera!) me acabe matando. O ya no podré pasarme una hora jugando a Red Dead Redemption (vaya vicio que me he pegado, la lástima es que no es mío), Call of Duty y demases. Porque no. Porque ahora tengo que sentarme en el sofá, tragarme todo el olor de cigarro y hacerles compañía. Tendré que pasar ahí toda la noche sin poder escuchar (y eso es lo que más me jode) la televisión porque, además de que no la pueden poner más baja, ellos necesitan hablar. Y necesitan contarse cosas. Sus cosas. Porque sólo hablan de ellos. Bueno, de ellos y de los demás.

Oh no, que no falten los demás. Y mientras mi abuela está poniendo verde a la vecina de al lado con mi madre, yo tengo que aguantarme sin poder ni ver la televisión, ni meterme en su conversación, ni leer nada (porque quién va a leer con esas voces…). Y, para poner más cruda (si se puede todavía más) la cosa, el sábado hay boda. Sí, sí: boda. De unos tíos a los que ni siquiera conozco. No encuentro nada divertido a las bodas. Lo divertido se lo llevan los novios a la cama esa noche, a los demás les dejan con el suplicio de haber perdido un cuarto de su sueldo en los vestidos y trajes, y otro tanto en el dinero que hay que poner para su regalo. Y luego miran mal cuando les das sólo 300€.

Pero bueno, todavía me queda parte de esta hora para ser libre. Como si quiero despelotarme, que nadie me va a mirar. Excepto el del tren (mi habitación da a las vías del tren donde, mágicamente, siempre hay uno estacionado), que últimamente no hago más que bajar la cortina para que no me vea. Otro día incluso cogí los prismáticos, un pasamontañas y una metralleta que me encontré por el cajón-de-los-desastres e hice de terrorista.

(Nota a mí misma: cuando haga este tipo de cosas, poner el pestillo a la puerta).

Bueno, de todas formas todavía me queda el viernes para… Iba a decir disfrutar, pero el examen de matemáticas quita toda la diversión a la cosa. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario