2 de mayo de 2012

Noventa y cuatro.

El silencio en una familia nunca puede presagiar nada bueno. Y más en una de tres (sin contar al gato, aquí presente, en mis piernas) en la que cada cual tiene que buscarse su forma de distraerse. Quizá un poco esté bien, soy la primera que prefiere un profundo silencio a palabras gritadas sin sentido; pero en mi familia no augura precisamente lo mejor. El silencio entre mi familia viene precedido, en todas las ocasiones dadas, de una riña grande. De unos gritos que han alterado el medio ambiente porque han superado los decibelios permitidos. Y, normalmente, suele durar una semana o así. Y a veces es bueno, porque puedo hacer lo que quiera cuando quiera sin tenerles detrás de mí todo el tiempo. Aunque otras es malo, malísimo, porque, sí, siempre digo “la palabra es plata y el silencio oro”, pero en estos momentos el silencio que escucho es el ruido más alto, profundo y angustioso que percibo. 
Y el único, eso es lo peor. Es como un taladro que está ahí, dale que te pego con mi mente y que no cesa, no cesa nunca. Porque si bien es cierto que extingue los pequeños malos entendidos, no hace nada más que atizar los grandes. Y este último es grande, porque ha juntado todas las emociones contenidas en mis creadores y les ha hecho explotar. Y dicha explosión no tiene nada que envidiar a la de Hiroshima.

Me encanta el silencio. Lo adoro.

Pero, como muchas otras cosas, hay silencios buenos y silencios malos. Y echo de menos los buenos.

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