El silencio en una familia nunca puede presagiar nada bueno.
Y más en una de tres (sin contar al gato, aquí presente, en mis piernas) en la
que cada cual tiene que buscarse su forma de distraerse. Quizá un poco esté
bien, soy la primera que prefiere un profundo silencio a palabras gritadas sin
sentido; pero en mi familia no augura precisamente lo mejor. El silencio entre
mi familia viene precedido, en todas las ocasiones dadas, de una riña grande. De
unos gritos que han alterado el medio ambiente porque han superado los decibelios
permitidos. Y, normalmente, suele durar una semana o así. Y a veces es bueno,
porque puedo hacer lo que quiera cuando quiera sin tenerles detrás de mí todo
el tiempo. Aunque otras es malo, malísimo, porque, sí, siempre digo “la palabra
es plata y el silencio oro”, pero en estos momentos el silencio que escucho es
el ruido más alto, profundo y angustioso que percibo.
Y el único, eso es lo
peor. Es como un taladro que está ahí, dale
que te pego con mi mente y que no cesa, no cesa nunca. Porque si bien es
cierto que extingue los pequeños malos entendidos, no hace nada más que atizar
los grandes. Y este último es grande, porque ha juntado todas las emociones
contenidas en mis creadores y les ha
hecho explotar. Y dicha explosión no tiene nada que envidiar a la de Hiroshima.
Me encanta el silencio. Lo adoro.
Pero, como muchas otras cosas, hay silencios buenos y silencios malos. Y echo de menos los buenos.
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