25 de junio de 2012

Ciento treinta y nueve.

Él camina solo, siempre lo ha hecho,
pisa cada charco, se siente en su derecho.
Siempre en minoría entre la minoría.
Intruso entre amigos,
intruso entre familia.

Si mientes o no es algo que no le preocupa.
Te mira y te sonríe, pero no te escucha.

Él camina solo y tú no eres él,
el tiempo es pintura y no encuentra su pincel.
Su muro, su burbuja… Y así crece.
Aprendió a seguir recto cuando el camino se tuerce.
Perdió la fe o quizás nunca la tuvo,
se prende en llamas invisibles para el mundo.

Dejan que se queme y así solo se consume.
Siempre fuerte, pero no es inmune.

Él no es tu amigo y no, no quiere ser tu amigo.
Tan sólo coordenadas, coincidencias y caminos.
Suspiros enlatados, no cuenta contigo,
ideas condenadas, incidencias y castigos.

No te quiere cerca, eso ya lo ha vivido.
¿Cómo explicártelo, cómo decirlo?
A veces más, a veces menos, pero siempre inadecuado.
Él nunca es de aquí,
él siempre es de otro lado.

Si crees que le has ayudado estás equivocado,
sigue entre llamas en este mundo helado.
Él ya ni sueña ni desea, él sólo muere.
No se le nota pero vaya si le duele.

¿Y dejaréis que muera solo?
Tampoco sabéis cómo ayudarle.
La ciencia no comprende aquello que nació del arte.
Nadie le abraza porque nadie puede verle.
Todos lloraríamos de poder comprenderle.

Él no quiere estar aquí,
no entiende por qué fue creado.
Su padre es su dolor, porque él le ha condenado.
No es la Iglesia, es el humano el que quemará su cuerpo.
Es imposible de evitar lo que ya se ha hecho.

Fuego en el ártico.
Gritos entre el hielo.

Lo merece más que nadie,
pero no puede ir al cielo.
El monstruo resulto ser, quizás, el más humano.
Ahora ya es tarde, el fuego casi ha terminado.

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