20 de junio de 2012

Ciento treinta y seis.

No quiero hablar. No quiero hablar ni de que por fin he acabado los exámenes, ni de que ya no tengo nada que hacer de aquí hasta el noséquédía de Septiembre.  No quiero hablar de esos niños que están tan desamparados. No quiero hablar de que me voy a aburrir todos estos días, ni de qué voy a hacer para contrarrestarlo. Sin embargo, tampoco quiero hablar del futuro, ni del pasado. No quiero hablar de la guerra, ni mucho menos del parado. No quiero hablar de mi vida, bastante ya he plasmado en estas ciento treinta y pico entradas que preceden a ésta. No quiero hablar de familia. No quiero hablar de mendigos ni de muy buenas intenciones sin entregar nada a cambio. No quiero hablar del esclavo, empiezo a estar ya cansada.

No quiero que des la espalda, hay que tomárselo en serio. No quiero hablar de gatos, ni de perros, ni de pájaros, ni de cucarachas, ni de zorros, ni de zorras, ni de iguanas, ni de ratas. No quiero hablar de nada, quiero estar en silencio y quiero que se me escuche. No quiero dar la espalda, tengo que tomármelo en serio.

Basta de palabras, habrá que buscar remedio.

Quiero encontrar un camino que no esté destrozado y lleno de piedras. Y si no, haremos uno con decisión y coraje sin pensar que el viaje, alguna vez, llega a su destino.


PD: ¿Misántropa? ¿Y cuándo no lo he sido?

No hay comentarios:

Publicar un comentario