Me dio una de esas
cosas cuando todavía iba con Delac al Burguer para comer algo. Habíamos
terminado de ver una película en mi casa e íbamos a meter grasa en nuestro
cuerpo. Y aparte de la grasa, me llevé un susto. Pero sin preocupaciones, sólo
fue un pequeño pinchazo de nada que
se me quitó al sentarme en el banco un minuto o dos.
El segundo me vino cuando ya se iba Delac a casa en el
autobús, que me había acompañado hasta mi barrio. Él ya se había montado y yo
estaba caminando por la calle cuando me dio otra de esas cosas. Me volví a sentar, pero no se me quitaba. Me asusté
todavía más, al menos antes no estaba sola. Pero ahora sí, y mis padres ni
siquiera estaban en casa. Aún así, y con el dolor, logré llegar y llamar a mi
padre, que vino corriendo desde Madrid. Seguía sin desaparecer el dolor, y yo
ya estaba harta. Es insoportable. El dolor es… como sentir los latidos del
corazón, los oyes. Y son rápidos. Intentas respirar, pero a cada aspiración te
clavan una aguja en el pecho, en el lado izquierdo. Es por esto que intentas
respirar más lento, intentas tranquilizarte, pensar en que si no lo haces tan
rápido quizá se vaya. Pero no. Lo intento, intento aspirar menor cantidad de
oxígeno y a menor velocidad. Imposible: acaba doliéndote. Te quedas sin
respiración, hiperventilas. Y cuando hiperventilas, respiras más rápido.
Y eso duele, porque las agujas siguen pinchándote.
Fuimos al hospital y llegamos allí a las seis, más o menos.
Los semáforos, al menos, estaban en verde. Recuerdo que estaba sudando. ¿O eran
lágrimas? Un poco de las dos cosas.
Es insoportable. Me
quitaron las gafas y me volví ciega de repente. No veía nada, no veía a dónde
me llevaban. Pasillos llenos de gente en los asientos, unos más ancianos que
otros. Mi padre se sentó en uno de esos mientras a mí me metieron en una sala
oscura, donde sólo había una chica joven. Me dijo su nombre y yo el mío.
Beatriz, se llamaba. Yo la dije, sonriendo un poco, que se
llamaba igual que mi madre.
Ella dijo que también era madre desde hace poco. También me
contó, mientras me estaba me estaba colocando los cables para el electro, que
le estaba costando bajar los kilos.
Me dieron una pastilla roja. Me recordó a Matrix, pero no lo
dije.
Quise preguntar: “¿Y la azul? Dadme la azul.” Pero no,
tampoco lo dije.
Ya me iba calmando un poco cuando mi padre entró. Me secó el
sudor y me incorporé para ver el resultado del electro. Muchas ondas altas. Me pillaron
la arritmia, al menos. Estuve en una habitación blanca (aunque seguía sin
gafas, bien podría ser gris) sólo con mi padre, esperando a que mi corazón se
calmara. Mi padre estaba hablando con mi madre, que se supone que debía estar
en una reunión pero se escaqueó dos minutos para saber qué había pasado. Se
tiraron casi veinte minutos hablando. Yo me contaba la pulsación, como Beatriz
(la enfermera) me había dicho. Iba bajando cada vez que lo hacía.
De tanto contar me dio sueño, o tal vez fue efecto también
del calmante.
Pero ahora no tengo sueño.
Me fui del hospital con las gafas sin poner y menos mal que
así lo hice.
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