22 de junio de 2012

Ciento treinta y siete.

Jodidos hospitales, jodido verano, jodida preocupación, jodidos genes y jodido corazón.

Me dio una de esas cosas cuando todavía iba con Delac al Burguer para comer algo. Habíamos terminado de ver una película en mi casa e íbamos a meter grasa en nuestro cuerpo. Y aparte de la grasa, me llevé un susto. Pero sin preocupaciones, sólo fue un pequeño pinchazo de nada que se me quitó al sentarme en el banco un minuto o dos.

El segundo me vino cuando ya se iba Delac a casa en el autobús, que me había acompañado hasta mi barrio. Él ya se había montado y yo estaba caminando por la calle cuando me dio otra de esas cosas. Me volví a sentar, pero no se me quitaba. Me asusté todavía más, al menos antes no estaba sola. Pero ahora sí, y mis padres ni siquiera estaban en casa. Aún así, y con el dolor, logré llegar y llamar a mi padre, que vino corriendo desde Madrid. Seguía sin desaparecer el dolor, y yo ya estaba harta. Es insoportable. El dolor es… como sentir los latidos del corazón, los oyes. Y son rápidos. Intentas respirar, pero a cada aspiración te clavan una aguja en el pecho, en el lado izquierdo. Es por esto que intentas respirar más lento, intentas tranquilizarte, pensar en que si no lo haces tan rápido quizá se vaya. Pero no. Lo intento, intento aspirar menor cantidad de oxígeno y a menor velocidad. Imposible: acaba doliéndote. Te quedas sin respiración, hiperventilas. Y cuando hiperventilas, respiras más rápido.

Y eso duele, porque las agujas siguen pinchándote.

Fuimos al hospital y llegamos allí a las seis, más o menos. Los semáforos, al menos, estaban en verde. Recuerdo que estaba sudando. ¿O eran lágrimas? Un poco de las dos cosas.

Es insoportable.  Me quitaron las gafas y me volví ciega de repente. No veía nada, no veía a dónde me llevaban. Pasillos llenos de gente en los asientos, unos más ancianos que otros. Mi padre se sentó en uno de esos mientras a mí me metieron en una sala oscura, donde sólo había una chica joven. Me dijo su nombre y yo el mío.

Beatriz, se llamaba. Yo la dije, sonriendo un poco, que se llamaba igual que mi madre.
Ella dijo que también era madre desde hace poco. También me contó, mientras me estaba me estaba colocando los cables para el electro, que le estaba costando bajar los kilos.

Me dieron una pastilla roja. Me recordó a Matrix, pero no lo dije.
Quise preguntar: “¿Y la azul? Dadme la azul.” Pero no, tampoco lo dije.

Ya me iba calmando un poco cuando mi padre entró. Me secó el sudor y me incorporé para ver el resultado del electro. Muchas ondas altas. Me pillaron la arritmia, al menos. Estuve en una habitación blanca (aunque seguía sin gafas, bien podría ser gris) sólo con mi padre, esperando a que mi corazón se calmara. Mi padre estaba hablando con mi madre, que se supone que debía estar en una reunión pero se escaqueó dos minutos para saber qué había pasado. Se tiraron casi veinte minutos hablando. Yo me contaba la pulsación, como Beatriz (la enfermera) me había dicho. Iba bajando cada vez que lo hacía.

De tanto contar me dio sueño, o tal vez fue efecto también del calmante.
Pero ahora no tengo sueño.

Me fui del hospital con las gafas sin poner y menos mal que así lo hice.

No hay comentarios:

Publicar un comentario