13 de junio de 2012

Ciento treinta y uno.

A primera hora hemos tenido religión, para quitar legañas, ya sabéis. Normalmente bajamos al salón de actos, por lo que no me importa mucho dar o no esta asignatura, siempre acabamos viendo vídeos del Rey León o cualquier otra cosa. Pero vídeos, al fin y al cabo.

Hoy, por el contrario, no hemos ni bajado, ni visto a ningún león. Supuestamente teníamos que hacer el examen final, aunque en realidad lo tuviéramos programado para el noséquédía de la semana que viene. El martes creo, ahora que pienso. El caso es que lo hemos hecho esta mañana porque ese día el profesor estaría dando clase en otro colegio. El examen consistía en desarrollar una pregunta de las tres que nos daba y ocupar, más o menos, una hoja (una cara, vamos).
Las preguntas eran:

1-. ¿Qué es para ti la fe y cómo la profesas?
2-. No me acuerdo (jeje, memoria de Dori. Perdón, Dios).
3-. ¿Qué entiendes por el sentido de la vida y cuál es el tuyo?

No sabía qué responder a la primera, y la segunda obviamente ni la tomé en cuenta, porque ya veis que ni me acuerdo de cuál era. Por lo cual, elegí la última. Al principio me trabé, no sabía qué escribir; pero nada más poner dos o tres palabras, ya me lancé a mover como nunca el bolígrafo (azul, like my bottle) y rellené en un abrir y cerrar de ojos la hoja.
Escribí, resumiendo un poco, que el verdadero sentido de la vida lo reconocemos cuando hemos pasado por una situación dura en el camino, situación que nos marca y que nos hace ver el fondo de las cosas. Hasta ese momento sólo vemos, por así decirlo, lo que se quiere ver. Puse también que me era imposible dar una definición correcta del sentido de la vida, porque cada cual tiene el suyo propio. Y tampoco me iba a mojar y poner cualquier cosa.

Cuando lo entregué, me eché encima de la mesa, cerré los ojos y así pasé el resto de la hora. Me he quedado a gusto, no hay nada mejor que empezar el día filosofando un poco sobre la vida.

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