He visto dos veces Sherlock Holmes (un día bajada de
Internet y ayer por la noche en televisión) y las dos veces he tenido la misma
sensación de haber presenciado un gran espectáculo, con una recreación de los
escenarios del Londres victoriano absolutamente maravillosa. El vestuario, los
decorados (esa casa, por favorr);
todo de primer nivel. Y la pareja protagonista excepcional. Robert Downey Jr.
es un actor fantástico (le amo), el mejor de su generación y, por fin,
una vez ha dejado atrás su vida disipada (drogas, drogas), está obteniendo el
reconocimiento que merece. Profesionalmente está destacando en todas y cada una
de las películas en las que interviene (véase Los Vengadores o Iron-man). En
esta película, consigue crear un Holmes bohemio, caótico y muy, pero que muy
brillante. Una dimensión del personaje nunca vista hasta ahora, que supone el
gran motor de la película. Y… bueno, Jude Law también marca su terreno con pipí
en el papel de Watson: es serio, formal…, pero también es un hombre de acción,
antiguo militar en las campañas de la India, consumado dominador del arte de la
esgrima y ferviente admirador del juego. Un contrapunto fantástico a Downey que
permite que la relación que se establece entre los dos deje grandes momentos.
Ahora bien, existe mucha indignación por ahí suelta con este
Holmes. Es porque hay cosas que se deberían tocar lo menos posible. Y si son
tradiciones, mucho más. Sherlock ha sido siempre un larguirucho estirado con
sombrero de doble pico y Watson un gordito que pinchándole ya soltaba todos los
donuts de chococlate de su tripa. Así pues, parece un sacrilegio (y grande)
meter al primero en un cuerpo lleno de músculo (teniendo en cuenta que tiene
sus 40 años, músculos tiene) y al otro en un tipo como Jude Law, que no es que
sea feo, precisamente. Ni cuadra ni mola, y eso que soy una admiradora de 15
años de Robert Downey Jr. Una vez dicho esto, hay que resaltar que los actores,
en la medida de lo psicológico, se ajusta al perfil: Downey siempre ha ido de
listillo, así que esto de ponerse en la piel de un Holmes más chulo que un ocho
le va como anillo al dedo. Pero… hay muchos aspectos de este Sherlock que se
salen mucho de madre: que sea un resabiado que con verte mover un ojo ya sabe
si te has acostado con la Jolie y en qué posturas, pase (aunque con calzador),
pero que encima sea un Bruce Lee reencarnado suena ya a cachondeo, porque una
no se imaginaba al siempre elegante y pulcro Holmes soltando leches del diez, y
menos a su amiguito del alma con esa barriguita fondant que se ha convertido en tableta de chocolate.
Pero por supuesto que no todo es malo (no cuando actúa
Robert en la peli, no no). Ritchie
dirige como si tuviera entre manos una ametralladora y no una cámara: el caso
es que no se pasa de artificios visuales y su puesta en escena es espectacular
y relativamente amena, teniendo en cuenta que se basa en la época victoriana, a
la cual tengo una fobia tremenda (Hammer, os odio). El clímax, que sucede a
varias bandas en el Parlamento y sobre el Támesis, funciona de maravilla, como
también lo hacen algunos de los numeritos de acción que disemina a lo largo de
la película (el mejor: el del barco).
Y también me he quedado con ganas de ver más romanticismo
(¿he dicho yo eso?) entre Irene y Sherlock. Aunque guiños hay, sólo hace falta
verlos. Como en el relato “Escándalo en Bohemia”, que se lee el primer
encuentro entre Sherlock Holmes e Irene Adler; precisamente, es con Holmes
disfrazado de mendigo y, casualmente, en la película, vuelve a hacerlo.
Espectacular en cuanto a lo técnico, entretenida en cuanto a la trama (que es
sólo una que precede a la de la segunda entrega) y divertida en cuanto a los
diálogos (liosos, pero divertidos). Recalco ese penúltimo paréntesis: se ha
notado, y mucho, la intención del director de hacer esta película sólo para
convertirse en un prólogo para lo que vendrá después. Toda la historia que se
nos presenta, con Holmes enfrentándose al villano Lord Blackwood, es sólo una
excusa para introducir a un personaje que, entre las sombras, empieza a hacer
sus movimientos (¡Mo-Moriarty!). Estamos (o estábamos, que se estrenó en 2009,
pero más vale tarde que nunca) ante una película de presentación de personajes,
con una trama central poco relevante para lo que podía esperarse, pero con una
promesa de continuación interesantísima (he visto la segunda, y me reafirmo).
Posiblemente, a los puristas holmesianos la versión 2009 de Sherlock Holmes le parezca, como ya
he dicho antes, un sacrilegio. A mi juicio, es una gran película, aunque mejor
es la segunda (y porque está Downey, ¿eh?, porque está él). Tiene mucha más
sustancia de la habitual (los demás Sherlocks me aburrían), gran ritmo
(demostrando que Guy Ritchie puede sobrevivir a sus divorcios artísticos con
Madonna) y dos intérpretes formidables (¿he dicho ya que Robert es genial?). No
será un clásico, pero entretiene y de qué forma… Lo suficiente para que me
amigue con mi fobia a la época victoriana.
En resumen...
En resumen...


Midons, no te lo diré más veces. Tengo secuestrado a tu Downey. Sí, y le estoy poniendo la canción de Rehab, que tú odias pero que yo, y por lo visto Downey, amamos.
ResponderEliminarEl rescate es de 1234567890€. No es caro teniendo en cuenta el valor que supone para ti.
No te digo más.
¿De dónde saco el dinero yo ahora...?
ResponderEliminarPues de donde quieras. Pero te advierto que como yo, Downey se está aficionandoi a Amy Winehouse.
ResponderEliminar¡Quédatele!
ResponderEliminarNo lo tiene Delac, lo tengo yo. Pero inmovilizado, para que no haga más pelis. :o)
ResponderEliminarQué fuerte.
ResponderEliminarHabéis perdido los dos toda mi estima >:(
Lo que dice Innes es una falacia. En realidad, está en una nave en el polígono de Regordoño. Con vigilancia extrema.
ResponderEliminarPD: En realidad Midons, Innes y yo estamos compinchados. Vamos a cortarle un dedo y mandártelo por correo.
¿Un dedo?
Eliminar¿Dos?
Eliminar¿Un dedo?
EliminarUno y medio... Pobrecito.
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