11 de junio de 2012

Ciento veintinueve.

He visto dos veces Sherlock Holmes (un día bajada de Internet y ayer por la noche en televisión) y las dos veces he tenido la misma sensación de haber presenciado un gran espectáculo, con una recreación de los escenarios del Londres victoriano absolutamente maravillosa. El vestuario, los decorados (esa casa, por favorr); todo de primer nivel. Y la pareja protagonista excepcional. Robert Downey Jr. es un actor fantástico (le amo), el mejor de su generación y, por fin, una vez ha dejado atrás su vida disipada (drogas, drogas), está obteniendo el reconocimiento que merece. Profesionalmente está destacando en todas y cada una de las películas en las que interviene (véase Los Vengadores o Iron-man). En esta película, consigue crear un Holmes bohemio, caótico y muy, pero que muy brillante. Una dimensión del personaje nunca vista hasta ahora, que supone el gran motor de la película. Y… bueno, Jude Law también marca su terreno con pipí en el papel de Watson: es serio, formal…, pero también es un hombre de acción, antiguo militar en las campañas de la India, consumado dominador del arte de la esgrima y ferviente admirador del juego. Un contrapunto fantástico a Downey que permite que la relación que se establece entre los dos deje grandes momentos.


Ahora bien, existe mucha indignación por ahí suelta con este Holmes. Es porque hay cosas que se deberían tocar lo menos posible. Y si son tradiciones, mucho más. Sherlock ha sido siempre un larguirucho estirado con sombrero de doble pico y Watson un gordito que pinchándole ya soltaba todos los donuts de chococlate de su tripa. Así pues, parece un sacrilegio (y grande) meter al primero en un cuerpo lleno de músculo (teniendo en cuenta que tiene sus 40 años, músculos tiene) y al otro en un tipo como Jude Law, que no es que sea feo, precisamente. Ni cuadra ni mola, y eso que soy una admiradora de 15 años de Robert Downey Jr. Una vez dicho esto, hay que resaltar que los actores, en la medida de lo psicológico, se ajusta al perfil: Downey siempre ha ido de listillo, así que esto de ponerse en la piel de un Holmes más chulo que un ocho le va como anillo al dedo. Pero… hay muchos aspectos de este Sherlock que se salen mucho de madre: que sea un resabiado que con verte mover un ojo ya sabe si te has acostado con la Jolie y en qué posturas, pase (aunque con calzador), pero que encima sea un Bruce Lee reencarnado suena ya a cachondeo, porque una no se imaginaba al siempre elegante y pulcro Holmes soltando leches del diez, y menos a su amiguito del alma con esa barriguita fondant que se ha convertido en tableta de chocolate.
Pero por supuesto que no todo es malo (no cuando actúa Robert en la peli, no no). Ritchie dirige como si tuviera entre manos una ametralladora y no una cámara: el caso es que no se pasa de artificios visuales y su puesta en escena es espectacular y relativamente amena, teniendo en cuenta que se basa en la época victoriana, a la cual tengo una fobia tremenda (Hammer, os odio). El clímax, que sucede a varias bandas en el Parlamento y sobre el Támesis, funciona de maravilla, como también lo hacen algunos de los numeritos de acción que disemina a lo largo de la película (el mejor: el del barco).

Y también me he quedado con ganas de ver más romanticismo (¿he dicho yo eso?) entre Irene y Sherlock. Aunque guiños hay, sólo hace falta verlos. Como en el relato “Escándalo en Bohemia”, que se lee el primer encuentro entre Sherlock Holmes e Irene Adler; precisamente, es con Holmes disfrazado de mendigo y, casualmente, en la película, vuelve a hacerlo. Espectacular en cuanto a lo técnico, entretenida en cuanto a la trama (que es sólo una que precede a la de la segunda entrega) y divertida en cuanto a los diálogos (liosos, pero divertidos). Recalco ese penúltimo paréntesis: se ha notado, y mucho, la intención del director de hacer esta película sólo para convertirse en un prólogo para lo que vendrá después. Toda la historia que se nos presenta, con Holmes enfrentándose al villano Lord Blackwood, es sólo una excusa para introducir a un personaje que, entre las sombras, empieza a hacer sus movimientos (¡Mo-Moriarty!). Estamos (o estábamos, que se estrenó en 2009, pero más vale tarde que nunca) ante una película de presentación de personajes, con una trama central poco relevante para lo que podía esperarse, pero con una promesa de continuación interesantísima (he visto la segunda, y me reafirmo).

Posiblemente, a los puristas holmesianos la versión 2009 de Sherlock Holmes le parezca, como ya he dicho antes, un sacrilegio. A mi juicio, es una gran película, aunque mejor es la segunda (y porque está Downey, ¿eh?, porque está él). Tiene mucha más sustancia de la habitual (los demás Sherlocks me aburrían), gran ritmo (demostrando que Guy Ritchie puede sobrevivir a sus divorcios artísticos con Madonna) y dos intérpretes formidables (¿he dicho ya que Robert es genial?). No será un clásico, pero entretiene y de qué forma… Lo suficiente para que me amigue con mi fobia a la época victoriana.


En resumen...


11 comentarios:

  1. Midons, no te lo diré más veces. Tengo secuestrado a tu Downey. Sí, y le estoy poniendo la canción de Rehab, que tú odias pero que yo, y por lo visto Downey, amamos.
    El rescate es de 1234567890€. No es caro teniendo en cuenta el valor que supone para ti.
    No te digo más.

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  2. ¿De dónde saco el dinero yo ahora...?

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  3. Pues de donde quieras. Pero te advierto que como yo, Downey se está aficionandoi a Amy Winehouse.

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  4. No lo tiene Delac, lo tengo yo. Pero inmovilizado, para que no haga más pelis. :o)

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  5. Qué fuerte.
    Habéis perdido los dos toda mi estima >:(

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  6. Lo que dice Innes es una falacia. En realidad, está en una nave en el polígono de Regordoño. Con vigilancia extrema.

    PD: En realidad Midons, Innes y yo estamos compinchados. Vamos a cortarle un dedo y mandártelo por correo.

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