9 de junio de 2012

Ciento veintiocho.

Hoy ha sido nuestro penúltimo día de exámenes, ya que el lunes tendremos el último de matemáticas (llamad a Kill Bill), y hemos tenido los de sociales y francés. En este último, y como casi siempre en los exámenes de idiomas, terminé muy pronto, por lo que le di a la profesora el examen (que empezó a corregirlo en el momento y me dio la nota diez minutos después) y me quedé quietecita, jugando con mi bella y amada botella azul.

Minutos antes de empezar el examen, hubo una pequeña disputa entre mi Tocaya y Delac, que siempre se tiene que liar gorda un viernes-tarde a esas horas. Ésta en concreto era por el sitio en el que se quería poner mi Tocaya (atrás del todo) y las acusaciones de Delac y de la profesora de que ahí lo único que haría sería copiar. No sé qué más pasó, porque tengo memoria de pez para lo que quiero, pero mi Tocaya acabó llorando como una Mujer Desesperada. Estuvo todo el examen así: entre convulsiones y sollozos bajos tontamente disimulados, hasta que, después de entregarle a la profesora mi examen, JJ y mi Tocaya me tomaron como ejemplo. La señora Pe (Delac´s idea) la invitó a salir de clase a lavarse la cara y a tranquilizarse un poco porque, francamente, ya era inaguantable. Me presté voluntaria para acompañarla, me aburría demasiado sin hacer nada. Además, me iba a divertir.

Fuimos al baño. La tuve que obligar a que se lavase la cara. Me debería pagar: le quité los pegotes de las gafas. Cuando se calmó un poco (un poco es poquísimo en esta chica) la pregunté qué la pasaba y que por qué se ponía así, si fue por lo de Delac de principio de clase o por otra cosa.

– Por todo, es por todo. – me contestó todavía balbuceando.
– ¿Pero por qué? ¿Problemas en casa, con tu familia, gente de fuera, del colegio…?
– Todo: cosas de mi familia, gente que conozco… La vida en general. – me contestó muy dramáticamente.

Acto seguido me callé. ¿Y qué la digo? Me resulta imposible animar a una persona que está deshidratándose por los ojos. No, ahora en serio: no iba a preguntarle por sus problemas, pero tampoco sabía cómo animarla. No cuando ni yo misma me lo podía hacer a mí hace un tiempo. Se hizo un silencio sepulcral en el baño, ella apoyada en la pared y yo frente al espejo, mirando al suelo a lo foto tuenti.

– ¿Nunca has querido desaparecer del mundo? – rompió ella el silencio. Esta frase la hizo muy dramática, como si la hubiese sacado de un libro. Todo en ella me recordaba a los libros, su forma de hablar en esas situaciones (lo he podido comprobar) son muy artificiales (que eso no quita que sean sentidas), como si sacase esas frases tan filosóficas de esos amigos suyos de papel y letras, muchas letras.
– Pues… sí, supongo. Muchas veces.
– Pues es eso lo que quiero hacer ahora: desaparecer de este planeta y no haber nacido nunca.
– (…) Pero no digas eso, Tocaya. (…) Piensa que siempre habrá alguien que lo pase peor.
– Es que odio mi vida, la odio. Es una mierda. Ojalá pudiese cambiarme completamente, pero siempre que lo hago acabo de mal en peor.

Justo en ese mismo instante entraron Delac y Arnaxela al baño (bueno, Delac se quedó fuera, que el rosa no le va, ¿o sí?). Mi Tocaya murmuró un “No…” nada más verles, así que les eché. Con cariño, claro, mucho cariño.

– Fuera, fuera, que estamos hablando de cosas importantes. Ale, ale. – hice ademán de meterme con ella en uno de los baños, así conseguí que se fueran (sonrisa malvada) y volvimos a nuestras posiciones de antes. – A ver, ¿por dónde íbamos…?
– Te había dicho que ojalá me pudiese cambiar entera.
– Los que deberían cambiar serían ellos.
– Me refiero a que… (snif, snif) Pff, que cada vez que intento mejorar siempre ocurre algo que me coloca en peor posición que la de antes.
– Pues inténtalo con más ánimos, si es verdad que quieres cambiar.
– ¿Pero cómo? ¿Tú cómo lo has hecho, cómo has cambiado?
– Un momento, ¿yo he cambiado? – pregunto yo, sorprendida.
– Mucho. Y te admiro por ello, ojalá pudiese ser como tú.
– (…)
– ¿Cómo lo has hecho?
– No sé… Es algo que me quita el sueño todos los días. – respondo irónicamente, ya que ni sabía que había cambiado, ni mucho menos cómo lo había hecho. Ella se ríe. La consigo sacar una sonrisa, al menos ya no lloraba.
– Son los estudios, las personas, hasta mi cuerpo…
– Tú de lo único que tienes que preocuparte es de una  de esas tres que has dicho: estudios. Las personas vienen y van, Tocaya, y siempre habrá más malas que buenas. Hay que saber bien dónde buscar a las buenas, que las menos esperadas son los mejores apoyos que te puedes encontrar. Los estudios ahora son, si no todo, casi. Intenta aprobar, seguir con tus amigos de ahora… Pásate por ahí abajo a los demás, que ya se irán.
– Per (…) ya (…) he perdido. – murmura entre dientes.
– ¿Qué?
– Pero este curso ya lo he perdido.
– No tiene por qué. Ahora te pones las pilas con los finales, intentas aprobar la mayoría. Te puedes dejar las que más rabia te den para el verano. Personalmente te recomiendo física y química, pero ahí allá tú (se ríe) y… por ejemplo, biología, que lo llevas sinceramente mal. Todo lo demás a machacar, ¿prometido?
– Prometido. – se seca las últimas lágrimas.

 Lo restante son datos que me preguntó sobre los exámenes finales que paso de poner para no deprimirme más aún. Salimos del baño, yo detrás de ella y, antes de entrar, me dice por lo bajo:

– Deberías plantearte irte a psicología.

Me ha sorprendido esta chica. Tiene más mundo que Tolkien y Lewis juntos y fusionados a lo Goten y Trunks. Y tiene que ser increíblemente espectacular. Será rara, friki y llorona pero, oye, tiene su mundo interior. Normalmente todos lo tenemos en el exterior.

A ver si cumple su promesa.

2 comentarios:

  1. Me pones como si fuera la persona más perversa que ha poblado la Tierra.
    Que en parte lo soy, pero tampoco en esta situación.

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  2. Tres clases de personas: las que tienen personalidad, las que tienen criterio y las que tienen vida interior.

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