28 de julio de 2012

Ciento cincuenta y dos.

Locura, locuras. Locura. Dicen… dicen que estoy aquí por culpa de la locura. Estúpidos. Todos actúan como títeres. Tratan de seguir al líder, de conseguir el bien común. A un líder, cualquiera, que en el fondo es otro títere. Uno más grande e importante, sí, pero un títere al fin… y al cabo. Silencio. ¿Qué es eso? Sacudo mis cabellos y vuelvo a sumirme en mi poderoso y molesto pensamiento. Necios, todos ellos, que creen que abocándose a conseguir sus metas conseguirán la redención. No hay de eso en la Vida. Volverse loco es la solución. ¿Por qué? Porque da igual lo malo que hayas hecho, cuando… estás… loco. La locura es la salida de emergencia. Puedes tomar esa salida, cerrar la puerta y dejar ahí todo lo malo, todas esas cosas terribles que has hecho. Encerrarlo todo bajo llave, para… siempre. Dicen que estoy aquí por culpa de la locura. Río con mi propio pensamiento y me río de mi propia risa rebotando en las paredes de una celda demasiado grande para lo que quieren demostrarme. ¿Locura? Estoy aquí porque quiero, porque lo… he… elegido. Porque no es tan sencillo como encerrarme en una celda y dejar que me pudra. No, no, no. Hay… sí, hay maneras, caminos, razones.

Ha, ha, ha.

Cabeceando, autómata en la esquina de aquel habitáculo oscuro, escucho una multitud gritando en los pasillos angostos de la Cárcel. Me incorporo para ser partícipe del espectáculo y me llevo una grata sorpresa. Al parecer, algo se había encargado de impartir caos (lo justo) en la Realidad. La desfigurada sonrisa no hacía nada más que crecer en una mueca de satisfacción. Desde aquella mirilla, logré ver a un tipo muy grande embutido en un abrigo de pieles, dando órdenes detrás de una máscara. Pude ver cómo accionaba el botón que nos sacaría a todos de ahí. La sonrisa, o lo que quedaba de ella, se tornó extásica.  

Ha, ha.

Sonó aquella (ahora) deliciosa bocina y todas las puertas hicieron “clic”. Todas menos la mía. Todas… menos…
Hay chistes malos, chistes que no tienen gracia. Algo sabía de eso, aunque empezara a reír histéricamente tratando de abrir la maldita puerta a empujones.

Ha…

Seguí tratando de abrir, mientras los demás marcharon a través de esa grieta fuera de la Realidad que el enmascarado hubo abierto. Dejándome encerrada y sola. Paré de cabecear contra la puerta y volví a encogerme en la esquina cuando la sonrisa ya no era tal.

¿No era tal? Yo siempre sonreía.

¡Ha, ha, ha, ha!

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