Locura, locuras. Locura. Dicen… dicen que estoy aquí por
culpa de la locura. Estúpidos. Todos actúan como títeres. Tratan de seguir al
líder, de conseguir el bien común. A un líder, cualquiera, que en el fondo es
otro títere. Uno más grande e importante, sí, pero un títere al fin… y al cabo.
Silencio. ¿Qué es eso? Sacudo mis cabellos y vuelvo a sumirme en mi poderoso y
molesto pensamiento. Necios, todos ellos, que creen que abocándose a conseguir
sus metas conseguirán la redención. No hay de eso en la Vida. Volverse loco es
la solución. ¿Por qué? Porque da igual lo malo que hayas hecho, cuando… estás…
loco. La locura es la salida de emergencia. Puedes tomar esa salida, cerrar la
puerta y dejar ahí todo lo malo, todas esas cosas terribles que has hecho.
Encerrarlo todo bajo llave, para… siempre. Dicen que estoy aquí por culpa de la
locura. Río con mi propio pensamiento y me río de mi propia risa rebotando en
las paredes de una celda demasiado grande para lo que quieren demostrarme.
¿Locura? Estoy aquí porque quiero, porque lo… he… elegido. Porque no es tan
sencillo como encerrarme en una celda y dejar que me pudra. No, no, no. Hay…
sí, hay maneras, caminos, razones.
Ha, ha, ha.
Cabeceando, autómata en la esquina de aquel habitáculo
oscuro, escucho una multitud gritando en los pasillos angostos de la Cárcel. Me
incorporo para ser partícipe del espectáculo y me llevo una grata sorpresa. Al
parecer, algo se había encargado de
impartir caos (lo justo) en la Realidad. La desfigurada sonrisa no hacía nada
más que crecer en una mueca de satisfacción. Desde aquella mirilla, logré ver a
un tipo muy grande embutido en un abrigo de pieles, dando órdenes detrás de una
máscara. Pude ver cómo accionaba el botón que nos sacaría a todos de ahí. La
sonrisa, o lo que quedaba de ella, se tornó extásica.
Ha, ha.
Sonó aquella (ahora) deliciosa bocina y todas las puertas
hicieron “clic”. Todas menos la mía. Todas… menos…
Hay chistes malos, chistes que no tienen gracia. Algo sabía
de eso, aunque empezara a reír histéricamente tratando de abrir la maldita
puerta a empujones.
Ha…
Seguí tratando de abrir, mientras los demás marcharon a
través de esa grieta fuera de la Realidad que el enmascarado hubo abierto.
Dejándome encerrada y sola. Paré de cabecear contra la puerta y volví a
encogerme en la esquina cuando la sonrisa ya no era tal.
¿No era tal? Yo siempre sonreía.
¡Ha, ha, ha, ha!
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