3 de agosto de 2012

Ciento cincuenta y cinco.

El vaso de agua que está en la mesilla de noche suele estar harto de su mierda de existencia. 

Puedes llevar con él desde que tienes uso de razón, y tener con él un vínculo afectivo que beneficia a todos, pero eso no quita que su cometido sea un cometido repugnante. Porque te ve babear, roncar, descansar e infinidad de cosas que le suelen dar bastante pena. Pena porque te ve como realmente eres y pena porque son cosas que a él no le están permitidas. Y por la mañana, cuando en vez de boca tienes una alcantarilla, es cuando le haces un poco de caso y le dejas oliendo a cadáver. El vaso de agua que está en la mesilla de noche a veces desarrolla una defensa bastante infalible contra las agresiones. Llena el agua de burbujas. Burbujas que generan desasosiego. Porque esas burbujas son tibieza y la tibieza es asquerosa. Y empezar el día con desasosiego es una mala idea, porque luego el día tampoco ayuda. Y como el puto vaso sabe eso, y muchas cosas, se ahorra tu beso de la muerte cada mañana a base de burbujas. Yo desde que me di cuenta, me veo tentada a escupirle a diario, pero luego me enternece porque le entiendo. Así que prefiero aprender a controlar el mundo de la burbuja. Si hay avances os cuento.

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