5 de agosto de 2012

Ciento cincuenta y seis.

LA VOZ DORMIDA

Termina la película y mientras pasan los créditos aguanto las lágrimas de emoción. Me giro y veo a mi madre llorando. El silencio se instala en mi casa, en la que (nunca mejor dicho) la procesión va por dentro. Es una película emocionante, una entrañable historia entre dos hermanas, ejemplo de las muchas historias consecuencia de una guerra que, si en algo estaremos todo de acuerdo, es que nunca debió haber sucedido.

Quizás no sea una gran película y, según he leído por ahí, no llega al nivel que dejó la novela de Dulce Chacón. Pero es una película emocionante, conmovedora, que llega hasta muy adentro y que, por lo tanto, es cien por cien creíble. Entre otras cosas porque es una ficción que no es ficción (nada me gustaría más que decir que lo último es mentira), repleta de imágenes y sucesos que nuestros abuelos en alguna ocasión nos han contado. Y si es capaz de todo ello es porque es una buena película, difícil de ver viniendo de España. Y mucha culpa de ello la tienen Inma Cuesta y María León, que en su papel de Pepita derrocha humanidad, espontaneidad, transmite con todas las partes de su cuerpo e incluso es capaz de sacar más de una sonrisa en una atmósfera tan triste. Conmovedora y desgarradora. Una película difícil de ver, muchas veces dura de contemplar, con la que deseas volver la cabeza y no seguir mirando… Pero una película necesaria. Muy necesaria.

Porque no se trata de remover nada, ni siquiera de buscar venganza. Se trata de no olvidar. Nunca.

Esta película me ha conquistado. Se nutre de simpatía, de un público convaleciente que sufre con ellas y que se muestra a su favor, no tanto por el bando y por el mensaje claramente marcado de la película (que también), sino por el generoso momento de interpretaciones en donde se puede meter una de lleno en la impotencia máxima a lomos de una criatura que nos hace pensar ineludiblemente en el futuro, el que ya conocemos nosotros. Emociona, y puede que sea una de las mejores de la guerra civil que se han hecho. Pero como todas, cae en el discurso victimista del "la mataron porque no hizo nada". No. La mataron porque hizo algo, por defender lo que es justo. Porque no se pueden equiparar los dos bandos, se echa de menos cierto espíritu republicano.

Esta frase de Antonio Machado cierra la película: "Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro..." Humanamente, esta película es desgarradora y, al mismo tiempo, sublime. Preciosa, triste, magnífica. Y dura.

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