14 de septiembre de 2012

Ciento sesenta y cinco.

Vuelta a la rutina. Vuelta a los deprimentes lunes y grandiosos viernes. Vuelta a estudiar y vuelta a hacer que estudias. Vuelta a lo mismo: contra la ignorancia, imaginación en los exámenes. La vuelta al cole, como tanto nos ha repetido el Corte Inglés, ya nos ha dado de lleno. Aún así, y personalmente, he de decir que no odio la rutina.

Como hasta los telediarios saben, en esta semana los estudiantes nos hemos ido incorporando a las clases, y a mí me ha tocado hoy. He llegado al instituto unos cuantos minutos antes de lo normal y, como yo vengo desde otra calle, no vi a mis compañeros hasta pasar por la misma puerta de entrada que, creéroslo, está cerrada (entré por otra, no me iban a dejar fuera). Me uní al grupillo, nos quedamos mirando tensamente sin saber de qué hablar después de los besos en la mejilla de protocolo y, salvándome de la pregunta “¿a dónde habéis ido de vacaciones?”, abrieron la puerta.
Entramos a clase, bien. Cogimos los sitios que nos dio la gana, bien. La tutora no nos cambió, bien. La charla de dos horas de comienzo de curso… mal. No hay cosa que más me agote que escuchar lo mismo año tras año: las normas, el uniforme (chándal concretamente), delegado, estudiar, sub-delegado, hacer deberes, delegado de ciencias, más estudiar, delegado de letras, el futuro próximo, 4º de ESO más fácil que 3º, 3º de ESO más fácil que 4º… Y, como suplemento este año, se ha añadido una cosa más de la cual tendremos que debatir a lo largo del curso: el viaje de fin de año.

Cuando escuché el bendito sonido de esas mesas y esas sillas que hacía tres meses no escuchaba rallar el suelo y oí a la tutora decir algo de “Recreo… fuera… luego… nos vemos”, bajé rápidamente al patio con mi barrita de dos chocolates y mi zumito caribe acompañada de todos los que, como yo, se les hicieron eternas esas dos horas. Nos pusimos en la esquina, hablando sobre el verano y lo corto que se les había hecho a la mayoría (entre los que no me incluyo) y chorradas que no vienen a cuento. Tras unas cuantas risas y bromas que se echaban de menos (sólo un poco), se acercó una señora mayor por la calle, al otro lado de la verja que limita colegio-libertad, y nos dio los "buenos días".

— ¡Estudiad bien, que lo tenéis muy crudo!

Y se marchó tan cargada como había llegado con sus bolsas del Mercadona. Más risas y más gracias.

— ¡Eh, eh! ¡Que ahí está (insertar nombre de chica que empieza por N y acaba en atalia)! ¡Al final ha venido a saludarnos!
— ¡¡NATALIA!! ¿¡Por qué nos has abandonado!?
— (blablablá de planes de futuro) … (blablablá)
— (…) ¿Pero por qué nos has abandonado?

Ya en los últimos minutos de recreo, una de mis compis de Letras y yo nos fuimos a saludar a Tocaya, que se había quedado por el camino.

— (Yo) Tocaya, ¿al final qué te ha pasado?
— (Movimiento extraño que viene a ser un encogimiento de hombros propio de ella) Pues que repito…
— ¿Cuántas recuperaste?
— Dos.
— Ah, bueno, no está tan mal… ¿Cuántas suspendiste?
— Siete.
— (…) Bueno, ¿y qué tal tu nueva clase?
— Ha faltado mucha gente… El primer día se ve que no vienen muchos.
— Ya. ¿Hay algún nuevo?
— Sí, una chica.
— ¿Y qué? ¿Es maja?
— No he hablado con ella todavía.
— (Mi compi de Letras) ¿Y por qué no has pasado, Tocayaa? ¡Que hay que estudiar, hija!
— Es que no me presenté a los exámenes.
— (Yo) ¿Y eso? ¿Estabas fuera o qué?
Estaba en el hospital, porque tenía mucha fiebre y un dolor de tripa…
— ¿Y qué, gastroenteritis?
— No… Dijeron que era una (mi¿?testesia ¿?, un nombre raro).
— (Mi compi de Letras) ¿Y eso traducido al castellano es…?
— Es que puede ser tres cosas: diabetes, anemia o cáncer de estómago.
— ¿!Cáncer de estómago!?
— Sí, porque podría evolucionar, aunque lo de la diabetes es más probable, porque tengo un cruce de generaciones y (blablablá)
— Joder, pues que no sea nada, ¿eh? Y que ya nos veremos por aquí, ¡que te sea leve en esa clase!
— (Movimiento extraño de la mano que viene a ser un intento de despido) ¡¡Hasta luego!!

Después de unas tres clases más (“clases”), DS (sí, como la nintendo) se acercó a mí con la mochila en la mano.

— Eh, el juego. Que ya se te olvidaba.
— Ah, sísí (rebusco entre nada que había en mi mochila). Aquí está. Y tú el tuyo.

Intercambio de videojuegos. Mercado negro. Contrabando. El caso es que le he prestado a DS The Amazing Spiderman y él me ha dado uno de Naruto, anime que no me gusta nada pero por no quedarme sin nada… Aún así, todavía ni lo he probado. Ya si eso mañana.


Esta tarde quedé con Delac. Estoy intentando que siga Juego de Tronos, cosa que más o menos estoy consiguiendo (si sigo dándole la plasta lo lograré), y para eso hemos tenido que ir a mi casa y ver el segundo capítulo con él. He de decir que las escenas picantes son más inquietantes con una persona del sexo contrario al lado, pero haced como si no lo habéis leído. La cuestión es que luego nos bajamos a dar una vuelta, cogimos unos refrescos y nos sentamos en un banco.

— (Yo) Bueno, ¿y qué tal te ha parecido esta mañana?
— Bien, bien. El curso se presenta divertido, aunque con biología y física y química voy jodido.
— ¿Qué te apuestas a que se nos va a hacer muy corto? Más corto que 2º de la ESO.
— Pues seguramente…
— ¡Ay, ya el último curso!
— ¡Ay, Señorita P!
— ¿Nos levantamos?
— Nos levantamos.
— ¿En autobús?
— En autobús.

El autobús que lleva a Delac a su casa normalmente pasa cada treinta minutos; llega a la parada y el conductor descansa unos diez minutos antes de empezar con la carrera otra vez, así que nos sentamos en unos escalones de la iglesia que está al lado. Me levanto. Me toco el bolsillo derecho. El bolsillo izquierdo. ¡Ohmimadre! Los bolsillos de atrás. Me toco el culo como no lo he hecho nunca.

— ¡El móvil!
— ¿Qué?
— Ostia… ¡El móvil!
— ¡Te lo has dejado en el banco!
— ¡¡MI MÓVIL…!!

Creo que si el profesor de educación física me escondiera el móvil cada vez que nos mandara correr, sacaría un sobresaliente en las tres evaluaciones, corriendo como una maldita condenada. Sin embargo, no era la dependencia que tengo al aparatito maquiavélico que cabe en mis dos manos (que también), sino la bronca que sabía que me iba a caer si llegaba a mi casa sin éste. Muerta del cansancio (porque su tramo había, ¿eh?), llegamos al parque en el que habíamos estado diez minutos antes, y fue Delac el que encontró mi móvil.

— La… madre que… (respira, respira)
— A partir de ahora… a los bolsillos… de atrás. ¿¡Vale!?
—… me trajo. ¡Joder!

Recuperé mi móvil.
Delac perdió su autobús.

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