22 de octubre de 2012

Ciento setenta y tres.

Busco una respuesta y miro al cielo,
pero cómo comentártelo si nunca me contestas,
si a veces creo que te veo
pero te giras y no me prestas ninguna atención,
y así, ignorada, me enfado
contigo y conmigo,
porque pasas de mí como de los pobres,
los mismos que te nombran y difaman y bendicen.

El mundo va perdido en tu silencio
y tu ausencia nos dirige al exterminio,
o al menos eso es lo que dicen.

Maldije tu nombre tantas veces que no es nuevo,
lo tomo como propio,
lo aprendí así,
dije que quería saber más de ti
y me olvidé de todo,
me convertí en un maniquí más
pintado a tu imagen y semejanza.

¿Por qué yo?
Lancé esa pregunta tantas veces,
veces que recé y recé,
y siempre
rogué una charla de tú a tú entre los dos;
la respuesta que obtuve fue el silencio de Dios.

Callado, tan callado como los bloques de hielo. Sigue callado, no importa, si ya pocos te consiguen ver. Callas La Vergüenza de este mundo, menos iluminado que ayer, sin farolas, sin luces, sin electricidad, ahora bendito el que se sirva de velas para cazarte. Yo tenía una, lo juro, tenía una. Iba de las últimas en la cola. “Está muy solicitado”, dijeron por escusa y tanto esperé que me quemé con la cera. Tengo fama de cabezota, o al menos la tenía, porque esperando una respuesta allí sola me quedé, en la más completa oscuridad, sin velas, sin luces y sin electricidad.

Busco una respuesta y clamo al cielo,
pero no sé a quién habré molestado:
te he buscado en personas,
animales,
esquinas,
cielos estrellados,
objetos
y no estabas.

No perdonas,
cruel y despiadado
y un silencio tan cobarde…

Tienes que ayudar, debes ayudar,
pero llegas tarde:
quince años tarde.

¿Dónde falla el plan divino? ¿Consistirá en guardar y callar secretos? Saben más de lo que cuentan, o lo aparentan. Aún así, intenté por última vez verte en esa orilla, fruto de la angustia y de los nervios. Lo único que llegó fue el silencio de Dios.
Pero por una vez, sólo por una vez, me gustaría que cayeran todos los proverbios y refranes, que cayeran todos los católicos, protestantes y demás creyentes; que nos miraras y sintieras qué es el silencio de la gente.

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