3 de noviembre de 2012

Ciento setenta y seis.

Tengo sueño,
mucho sueño.
Tanto que se me cierran los ojos,
tanto que estoy escribiendo esto a oscuras
y sin las gafas
(en realidad es que no sé dónde las he metido).
Tengo sueño y la cama a la derecha,
abierta,
me grita en silencio
que me eche en ella y que me tape.
Es una especie de Tierra Prometida
sin árboles ni flores, 
aunque con colchón y almohada.
Tengo sueño
pero me faltan ganas de meterme ahí,
enroscarme como una croqueta,
y afrontar las pesadillas.

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