A mí eso de verme de pequeña siempre me ha dado
vergüenza. Recordar cómo era cuando tenía nueve añitos, diez u once es una cosa
que me da pavor y a la vez risa. A mi padre hace unos días le dio por
desenterrar la vieja cámara de vídeo (aunque no hay nueva) y no hace siquiera
treinta minutos que hemos terminado de ver tres cartuchos enteros.
Una Midons desdentada, una Midons con coletas a los
lados, una Midons peinada a lo Heidi, una Midons dormida, una Midons jugando a
los globos, una Midons disfrazada de Zape, de Cervantes, de mexicano, de
Spiderman, de Caperucita; una Midons explotándole un globo azul en la cara y
echándose a llorar, una Midons bailando villancicos simulando a un borracho,
una Midons hablando mexicano (“¿qué pasa, wey?”), una Midons ceceando, una
Midons jugando a las metralletas con su primo, con su padre, con su tío o con
su amigo imaginario… Lo bueno es que no sólo me he tenido que ver a mí durante
dos horas largas, sino que también a mis antiguos compañeros del colegio de
primaria en el que estaba, los cuales, si ahora me encuentro por la calle, ni
me miran y ni me saludan (callemos, que soy la primera en cambiar de acera en
cuanto veo a alguien de mi otro
cole). También han estado presentes esos festivales que nos obligaban, porque nos obligaban, a hacer
en primaria para contentar a los padres y para tener, como ahora, algo de lo
que reírnos (y avergonzarnos). ¡Ay, wey, cuánto hemos cambiado! ¡Si parece que
fue ayer cuando me faltaban los dos dientes de delante, o cuando me puse por
primera vez unas gafas, o el primer día de colegio, o mi primer videojuego, o
mi primer…! No, callemos.
Yo que no soy mucho de hacer fotos o de grabar los
acontecimientos importantes (sí sí, lo de la bomba-globo en mi cara fue todo un
evento) he de agradecérselo a mis padres por hacerlo en su momento. Soy de las
que dicen que mejor un recuerdo que un cartucho de fotos, pero siempre hay
excepciones, siempre. Aparte de verme comer una nécora como una auténtica
neanderthal o escucharme cantar la canción de Eurovisión de Rosa imitando a
Chiquito de la Calzada, he destapado un montón de recuerdos que creí haber
olvidado. Momentos esporádicos, como la visión de una simple pared azul o la
vez que fui a un campeonato de judo y me tiraron quinientas mil y una veces al
suelo (eso, es verdad, preferiría no haberlo recordado). He visto a personas que me disgustan con tan sólo mirarles la cara y personas que quiero. He visto a Fina,
por ejemplo, una profesora de primaria; o a Luz, otra profe, a mi gato de
pequeño (por Dios, ¿¡en qué se ha convertido!?)… A compañeros que ya no están y
compañeros que todavía siguen ahí, por suerte o por desgracia.
De todas formas, y contando con la vergüenza que me ha hecho pasar verme de pequeña, sólo puedo decir una cosa: ¡vivan las cámaras de vídeo Nikon de
hace doce años!
No hay comentarios:
Publicar un comentario