5 de diciembre de 2012

Ciento setenta y nueve.

Antes de Stephenie Meyer, fue Anne Rice.


 Las dos escritoras de temas tan atractivos como lo son los vampiros y la mitología que les rodea, de esos seres sobrenaturales ¿malditos? que están condenados a vivir en la sombra el resto de la… existencia. Pero Anne Rice no enfocaba su obra al público juvenil, como notablemente está dirigida la ya tan famosa y un poquito odiosa saga Crepúsculo. Rice hizo un libro en los años setenta (según he leído) llamado “Entrevista con el vampiro”, para más tarde convertir en trilogía añadiendo “Lestat el vampiro” y “La reina de los condenados”. Pero yo no quiero hablar de los libros, sino de la película de este primero: Entrevista con el vampiro.

Informándome un poco por este torbellino que es la red, averigüé que esta película se estrenó en la década de los noventa, concretamente en 1994 (sí que fue buen tiempo para el cine, sí), así que no es tan moderna como Crepúsculo o la serie de Crónicas Vampíricas, pero es mil veces mejor. No se necesitan efectos especiales de escándalo ni brillantina que pegar a la piel a los actores, y por supuesto tampoco es necesario echar mano de los licántropos para que haya más acción, ni amor entre un vampiro adormilado y una humana desdichada para que nos quitemos el sombrero (o para que me lo quite, que yo hablo por mí).

Ayer por la noche me puse los cascos, cogí una manta (porque vaya tiempo éste, ¿eh?) y, no sin antes pasar por una búsqueda exhaustiva para encontrar las gafas, me puse a ver Entrevista con el vampiro con la luz apagada y la puerta cerrada. Y, oh Dios, qué lujo. Anne Rice creó unos personajes malditos y complejos, desde el carismático Lestat de los libros al Lestat de Tom Cruise excéntrico y perfecto. No podría poner ninguna pega al reparto de la película (quizás que es muy comercial), Bradd Pitt hace una labor interpretativa muy buena resignándose al Louis melancólico y atormentado que le ha tocado, Antonio Banderas en su corto pero influyente vampiro de pelo oscuro, Armand; y la pequeña Claudia, una interpretación adulta hecha por una niña caprichosa (Kristen Dunst, sí, la novia de Spiderman. Cómo prometía esta chica…) Pero quien da una auténtica clase magistral es Tom Cruise, un despiadado, cruel, sofisticado, irónico, cómico y narcisista vampiro. Uno de los mejores interpretados en el cine a mi parecer, con una personalidad arrolladora, a pesar de los detractores de Cruise.

La película interpreta el mito del vampiro desde un punto de vista ambiguo y oscuro, muy oscuro. Y seductor. Muy lejos de suponer un pretexto para analizar el amor adolescente (otra vez saco Crepúsculo), la película de Neil Jordan nos pone en la situación de una inmortalidad que puede verse como un don o una condena, siguiendo muy de cerca a las criaturas de la noche más tenebrosas y atrayentes que ninguna, dotándolas de una profundidad psicológica más allá del tópico de “no bebo sangre, jaja, soy vegetarino y no bebo sangre humana, Bella, enamórate de mí a no ser que seas una zorra que entonces tendré el deseo de beberte, Bella, jaja”.

Fijándome un poco más en la escenografía, la película se beneficia de una logradísima atmósfera, fruto de una fotografía y una dirección artística sublimes, además de una buena banda sonora que nos pone en situación en las distintas épocas que pasa la peli. Una Nueva Orleans cálida, sureña, negra. Una Europa elegante, el viejo mundo, sombreros de copa, vestidos pomposos. Y sangre, muerte, vida, juegos, inmortalidad. Una mezcla tan gótica como atractiva. Una película que seduce desde el primer momento con ese Louis tan triste al que le pesan sus años de muerte en vida en la palidez de su rostro y en la mirada resignada de un vampiro que sólo al principio quiso serlo. Las épocas pasan y ellos quedan atrapados en un ataque que implica supervivencia; la vida vista como un juego a través de los ojos de Lestat y la ambición y el amor de una mujer atrapada en el cuerpo de una niña a la que regalan muñecas de porcelana por cada cumpleaños maldito. Y la maldición suprema que persigue al vampiro, la luz del día. El Sol es el único que brinda la muerte real.
La peli es capaz de sumergirnos en la oscura historia de unos personajes que vagan en un limbo entre el mundo real y el infierno, con inquietudes humanas pero poseedores de un don y unos instintos monstruosos. Los retorcidos monólogos de Lestat, esos que pronuncia a mitad del film son fascinantes y, a la vez, tenebrosos. Lestat y Loui, la pareja perfecta. La personalidad de estos dos personajes es incapaz de destaparse del todo, porque es tan compleja y tan humana que provocaría muchos dolores de cabeza intentar hacerlo. Y por eso me encanta, porque son tan humanos y a la vez tan monstruosos como cualquier persona que se cruce contigo en la calle; todos tenemos un poco de los dos: la soberbia de uno y la melancolía de otro.

No me salen más palabras, aquí acabo: os la recomiendo.

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