28 de noviembre de 2012

Ciento setenta y ocho.

Cuando las hojas van cayendo, echo un vistazo a cada página y el nudo del recuerdo trae de todo menos pena. Y por si acaso, pienso que quede lo que quede al final, hoy me siento preparada para todo, que las cosas más sencillas son las importantes y que además de verme en mí me puedo ver en mis iguales. Todo esto lo produce la fusión del marrón y el naranja, los mismos colores de la nostalgia. Gracias al otoño me doy cuenta que es pecado dejar pasar el momento y que algunos ya se me escaparon, que en mi reloj de arena el tiempo es algo relativo y que todo depende de según cómo se mire. Miro y observo las hojas cayéndose, viendo lo que siendo joven ven los sentidos, y escucho lo que dicta mi alma sin aceptar demasiadas órdenes; disfrutando de que le robé al tiempo más de mil latidos y que desde hace tiempo mi mar tiñe anaranjado el paisaje y así entra menos desengaño en mi vida y menos daño.
Y sueño gracias a ello que soy la hoja que aferrándose resiste en el más alto árbol.
Porque con el otoño llegas a aprender si estás atento que cada paso en firme, cada enemistad y cada página cayendo trae algo; porque es como un filtro que se lleva lo menos importante, lo más sucio, aquello que te hace sentir vacío. Y yo me conozco (más o menos) y sé que aún me queda mucho que andar y otro tanto que aprender, pero ese naranja y ese marrón me da la calma y la paciencia del que sabe lo que busca. Aparta las minucias que me atosigan y fueron  yéndose y cayéndose las falsas amistades. Hace creer un poco en el destino, o en el amor, o en las casualidades, o en la suerte. Cada estación tiene su repercusión, y en ésta parte del pasado se convierte en escudo y esa protección es hablar con el corazón y que se abra. Observo más que antes y temo menos mis lágrimas. 

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