— Ha cambiado la decoración.
— Sí, veo que te has fijado. Bien, bien, y siéntate. Fijarse
en los detalles es muy bueno, y eso ya nos dice mucho de usted.
— El amarillo no es que pase desapercibido…
— Lo que sea. Yo también la veo cambiada, Dulcinea del
Toboso.
— Será usted que mira de forma distinta.
— ¿Cómo la voy a mirar?
— Primero tendrá que abrir los ojos.
— Los tengo muy abiertos…
— He dicho los ojos.
— …
— …
— Bueno, bien, vale; hablemos de la sociedad, ¿le
parece?
— Mal.
— ¿Qué?
— Que me parece mal.
— ¿Ah, sí? ¿Por qué?
— Porque la libertad es secreta.
— Perdone… Mire, Dulcinea, esta vez vayamos al grano,
¿de acuerdo? No como la otra vez.
— Nos dan libertad pero nos dicen cuándo usarla.
— Eso es una contradicción.
— Nos hablan de paz enseñándonos un arma.
— ¿Se siente oprimida?
— ¿Puede abrir la ventana?
— Es invierno, Dulcinea, hace demasiado frío.
— A eso me refiero.
— Entiendo…
— Gerundio.
— ¿Le gustan los juegos?
— Los sexuales los que más.
—… Creo que no son esos de los que estoy hablando.
— Juguemos.
— Hay que definirse con una palabra.
— ¿Compuesta? Sacapuntas.
— Una palabra que, a ser posible, crea que resuma su
personalidad.
— Empieza usted.
— Yo no soy el que hace este test.
— ¡Predique con el ejemplo, oiga!
— Profesional.
— Y modesto.
— Le toca.
— Destornillador. Lechera. Aguafiestas. Auriculares.
Botella.
— Por favor… Tómeselo en serio.
— No.
— ¿Cómo que no?
— No. No. No.
—…
— ¡Que eso me define! ¡¡No!!
— ¿Rebelde?
— No.
— Inconformista.
— No.
— ¿Atrevida?
— No.
— Yo tengo una palabra que la definiría mejor,
Dulcinea.
— Seguro que no.
— Única.
— Seguro que no
soy la única en el mundo.
— Usted es única, diferente… Nadie se asemeja a usted
ni en lo más mínimo.
— No conoce a todas las personas. No le veo con esa
capacidad de relación.
— Para bien o para mal es especial y punto.
— ¿Me está tirando los tejos?
— Profesional, ¿se acuerda? Profesional.
— Tan sólo estoy…
— ¿Uhm?
— Un corazón ennegrecido como el carbón. Un domador de
frases. Un diablo de alma buena. Un ángel pícaro. Poseedor de la envidia
infantil. Arquitecto de palabras.
—…
— Ni Dios ni Satán tendrán nunca noticias mías.
— ¿Qué hace?
— Tan sólo estoy…
—…
—…
— ¿Y bien…?
—…
— Buf, vale, pasemos entonces a lo siguiente… Ha
mencionado a Dios, ¿cree en él?
— No, pero quiero darme el homenaje de hablar con él.
— ¿Cree que necesita un homenaje?
— Por mi talento.
— Talento, ¿eh? Algo innato.
— Eso es lo que dicen.
— ¿Me lo niega?
— No, en realidad puede que sea cierto. Pero riégalo a
diario o habrá muerto.
— Ya veo.
— ¿Última pregunta?
— Todavía no se ha definido con una palabra.
— ¡Don Nadies fracasados casados con el insulto!
— Vale… Puede irse, Dulcinea.
— Tan sólo estoy… Tan sólo estoy…
…
Pensando en voz alta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario