23 de febrero de 2013

Ciento ochenta y nueve.

Tan solo me queda luchar. Y no por supervivencia, sino por orgullo, porque al final todos sabemos qué es lo único que nos queda: una espada y un escudo. Ni amor, ni familia… ¿Y amigos? Lo siento, lo dudo.
Sé valorar el tiempo, el llanto, el dolor, el cariño, el respeto y a la gente que se lo merece. Sé hacerlo, sé valorar. En serio. Lo juro. No miento. Lo juro. Pero no soy inmortal, no lo pude evitar: todo se largó, se marchó, se acabó, terminó la maldita esperanza. Envié al cielo un socorro y me devolvió todas mis plegarias juntas.

 
Ahora tan solo soy las piedras del camino,
esas que tuercen mis tobillos,
las mismas que discrimino.

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