13 de abril de 2013

Ciento noventa y seis.


A veces pienso que estoy loca y que necesito expresarme.
A veces y de repente, siento que nadie me entiende, que todo se vuelve en mi contra, todo me agobia. Son esos momentos en los que estoy mejor sola que acompañada, cuando me juro a mí misma sonreír, pero no hay remedio. Intento mejorar como persona cada día que hablo conmigo, me digo “Chavala, reacciona” o me pregunto absurdamente cosas que no entiendo. ¿Cuál es mi lugar? ¿A dónde voy? ¿Qué estoy haciendo? Pero todo sigue igual, nada funciona; siguen pasando los años y voy comprendiendo que lo único que se larga y no vuelve nunca es el tiempo.
Me da rabia no poder ser como quiero ser, actuar de otra manera, tener otro punto de vista, no hacer aquello que quiero por el temor a perder, convertirme en otra cosa totalmente diferente a aquello que prometí y que dije que nunca lo haría ni me lo imaginaría… Pero un mal día me despierto y admito que soy así. Odio este presente, quiero otro paralelo donde las cosas me salgan bien. Es muy duro seguir así, porque ¿qué nos queda? ¿Vivir soñando? Ya no creo que eso se pueda. Por una vez me gustaría marcharme de aquí, saltar, vivir, escapar, sonreír, no pensar y tan sólo notarme fluir, ver a mi familia bien, ver cada sueño cumplido, sentirme orgullosa y alegre. Alcanzar cada promesa que hice un domingo conmigo misma y decir: “Se acabó, porque ya lo he conseguido”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario