12 de octubre de 2013

Doscientos diecinueve.

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS PALABRAS?

Yo no lo sé. No sé si mis palabras servirán para decir hola, para dar un abrazo, para escalar un arcoíris, para salir corriendo detrás de una sonrisa. Yo no sé si las palabras sirven para detener una tormenta o para crearla, o quizás para ambas cosas; yo no sé si las palabras sirven para alguien, o si alguien es capaz de hacer que sirvan. ¿Servirán para despertar al mundo, o a millones, o a miles, o a cientos o sólo a unos cuantos? Sé que sirvieron para hacer de molinos gigantes, para crear un mundo detrás de un armario, para discutir con Dios, para transformar a una persona en cucaracha de la noche al día; para amar, sirvieron para amar.

Y ahora, ¿ahora qué?

Yo las siento por dentro, están justo debajo de mi piel. Y siento que si las dejase salir, me derrotarían, me destrozarían y yo misma estaría vacía. Estoy, estamos, hechos de palabras. Nuestro ser, quienes somos, toda nuestra vida está basada en las palabras. Las que escribo ahora mismo, las que envejecen conmigo en el día a día; las que utilizo para dar los buenos días y las que utilizo para decir adiós; las que no puedo pronunciar cuando no puedo decir lo que pienso, las que la prudencia me aconseja no verbalizar; las que pronuncio  y al segundo más tarde de hacerlo me arrepiento y me torturo por ello.

¿Para qué sirven las palabras? No lo sé. Los lingüistas dicen que ayudan en la comunicación, pero yo creo que las palabras sólo ayudan para sobrevivir y que nadie —nadie— se comunica, que todo el mundo habla pero nadie escucha. Los políticos, los comerciantes, los padres, los hijos, los empleados, los jefes. En este mundo de hoy basado en lo material y en el poder del dinero, las palabras se usan para ocultar verdades y para comunicar mentiras. Con toda la tecnología de la que disponemos, las palabras sólo se utilizan para interactuar lo necesario con el que te rodea. Hemos dejado los sentimientos enredados en los cables de la electrónica y virtualidad de mundos imaginarios y hemos perdido una gran cantidad de palabras. ¡Qué triste es saber que existen palabras mágicas que nunca usamos porque nosotros mismos nos hemos acorralado en esta camiseta de fuerza de una sociedad sin valores!

Por eso mismo, quisiera rescatar el verdadero sentido de las palabras. Quisiera que las palabras pronunciadas no ocultasen verdades, que expresasen los verdaderos sentimientos del que las pronuncia. Quisiera que abandonáramos los monólogos colectivos y volviésemos al diálogo creativo, donde alguien escuche, donde alguien preste atención a lo que digamos. Quisiera rescatar la humanidad perdida de las palabras, de rescatar el valor de la tecnología como medio, no como fin en sí mismo.

Me preguntáis: ¿Para qué sirven? Y yo no contesto, dejo que el valioso silencio le gane el duelo a las palabras —un duelo infinito, por cierto—; me mantengo callada, con los ojos abiertos y las gafas colocadas perfectamente sobre mi nariz. Las palabras sólo sirven cuando hay alguien dispuesto a escucharlas, a entenderlas y a digerirlas, no a desecharlas. Por eso la gente nunca se para a pensar para qué sirven todos esos sonidos que salen cada poco de sus labios. Saben que sirven para algo, pero no saben concretar para qué. Ese es nuestro dilema, el dilema del ser humano: saber algo sin saber qué.

Es triste, ¿no?

Pero más triste es aún que ya no sepamos para qué sirve aquello que nosotros mismos inventamos.

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