¿PARA QUÉ SIRVEN LAS PALABRAS?
Yo no lo sé. No sé si mis
palabras servirán para decir hola, para dar un abrazo, para escalar un
arcoíris, para salir corriendo detrás de una sonrisa. Yo no sé si las palabras
sirven para detener una tormenta o para crearla, o quizás para ambas cosas; yo
no sé si las palabras sirven para alguien, o si alguien es capaz de hacer que
sirvan. ¿Servirán para despertar al mundo, o a millones, o a miles, o a cientos
o sólo a unos cuantos? Sé que sirvieron para hacer de molinos gigantes, para
crear un mundo detrás de un armario, para discutir con Dios, para transformar a
una persona en cucaracha de la noche al día; para amar, sirvieron para amar.
Y ahora, ¿ahora qué?
Yo las siento por dentro,
están justo debajo de mi piel. Y siento que si las dejase salir, me
derrotarían, me destrozarían y yo misma estaría vacía. Estoy, estamos, hechos
de palabras. Nuestro ser, quienes somos, toda nuestra vida está basada en las
palabras. Las que escribo ahora mismo, las que envejecen conmigo en el día a
día; las que utilizo para dar los buenos días y las que utilizo para decir
adiós; las que no puedo pronunciar cuando no puedo decir lo que pienso, las que
la prudencia me aconseja no verbalizar; las que pronuncio y al segundo más tarde de hacerlo me
arrepiento y me torturo por ello.
¿Para qué sirven las
palabras? No lo sé. Los lingüistas dicen que ayudan en la comunicación, pero yo
creo que las palabras sólo ayudan para sobrevivir y que nadie —nadie— se
comunica, que todo el mundo habla pero nadie escucha. Los políticos, los
comerciantes, los padres, los hijos, los empleados, los jefes. En este mundo de
hoy basado en lo material y en el poder del dinero, las palabras se usan para
ocultar verdades y para comunicar mentiras. Con toda la tecnología de la que
disponemos, las palabras sólo se utilizan para interactuar lo necesario con el
que te rodea. Hemos dejado los sentimientos enredados en los cables de la
electrónica y virtualidad de mundos imaginarios y hemos perdido una gran
cantidad de palabras. ¡Qué triste es saber que existen palabras mágicas que
nunca usamos porque nosotros mismos nos hemos acorralado en esta camiseta de
fuerza de una sociedad sin valores!
Por eso mismo, quisiera rescatar
el verdadero sentido de las palabras. Quisiera que las palabras pronunciadas no
ocultasen verdades, que expresasen los verdaderos sentimientos del que las
pronuncia. Quisiera que abandonáramos los monólogos colectivos y volviésemos al
diálogo creativo, donde alguien escuche, donde alguien preste atención a lo que
digamos. Quisiera rescatar la humanidad perdida de las palabras, de rescatar el
valor de la tecnología como medio, no como fin en sí mismo.
Me preguntáis: ¿Para qué
sirven? Y yo no contesto, dejo que el valioso silencio le gane el duelo a las
palabras —un duelo infinito, por cierto—; me mantengo callada, con los ojos
abiertos y las gafas colocadas perfectamente sobre mi nariz. Las palabras sólo
sirven cuando hay alguien dispuesto a escucharlas, a entenderlas y a
digerirlas, no a desecharlas. Por eso la gente nunca se para a pensar para qué
sirven todos esos sonidos que salen cada poco de sus labios. Saben que sirven
para algo, pero no saben concretar para qué. Ese es nuestro dilema, el dilema
del ser humano: saber algo sin saber qué.
Es triste, ¿no?
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