30 de noviembre de 2013

Doscientos veinticuatro.

Adèle es una guapa adolescente que coge todos los días el autobús para ir al instituto. En un gesto —maravilloso— que se repite, se atusa el pelo con su inseparable goma o se sube los pantalones ajustándoselos a su cintura. La vemos en clase de literatura, donde se trata una obra algo premonitoria de lo que puede suceder en su vida real. Allí se habla sobre el sentimiento de pérdida o sobre la necesidad. Son adolescentes que todavía no han decidido qué hacer con sus vidas. Chicos y chicas se ven, quedan y salen. Pero Adèle… Adèle es diferente. Es una chica confusa en busca de un amor que se le presentará de improviso, sin avisar.

Y a estas edades (y a todas, en realidad), ese conflicto interno es muy difícil de resolver. Y, encima, todo se enreda más con una figura: la chica del pelo azul (“El color más cálido”).



Esta historia tiene un realismo enorme. Está plagada de unos primeros planos extraordinarios. Nos enseña a los personajes de una manera muy cercana, tan brutal como tierna. En esta película se come sin pudor y se ama sin pudor. Porque el cine necesita ver todos los amores posibles, y todos los posibles del amor. Así, la vemos entregarse en cuerpo y alma al sexo, al color azul. El primer encuentro bajo las sábanas es una de las escenas de sexo más pasionales y explícitas que hemos visto (y con ello me incluyo) en mucho tiempo. Es en esos momentos, en esas miradas, en esa boca entreabierta cuando Adèle se hace grande… Es imposible no enamorarse de ella.

En el lado opuesto está Emma, la chica del pelo azul (Léa Seysoux, que hay que ver qué cambio que toma de Malditos Bastardos a aquí). Es diferente de Adèle. Tiene pasión, sí, pero de otra manera. Es más madura, es artista, tiene una vida más real donde, en muchas ocasiones, la pasión se deja de lado, se aparta para lidiar con el fastidioso día a día.
No hay palabras para describir la interpretación de ambas. Dos actrices inmensas a las que la cámara quiere y nosotros nos entregamos a ellas.

La Vida de Adèle está basada en un cómic llamado El azul es un color cálido, el cual me lo leí apenas unos días antes de ver la película en el cine. Y, como siempre (por si no sonaba bastante repetitiva ya), he de decir que el papel gana a la pantalla. El cómic está plagado de amor; no hay diálogos extensos, no hay palabras difíciles de comprender: todo es, como en la película, muy natural. Sin embargo, la historia no es la misma (como curiosidad, el nombre de la protagonista en el cómic es Clementine y no Adèle). Con esto no quiero decir que la peli tenga que meterse en el saco (casi lleno) de malas adaptaciones, sino que me lo tomo como me lo tomo con Juego de Tronos. Pequeños cambios, finales completamente diferentes. Pero finales que, como ocurre con el papel, gustan de igual forma.

Maravillosa, magnífica, única, íntima hasta doler; pero sobre todo, inadjetivable. La Vida de Adèle está repleta de hermosas escenas. Son varias las que se nos quedan grabadas al acabar la proyección. Desde el comentado gesto de su pelo y los primeros planos hasta las conficencias en el parque y en ese banco tan especial. Pero si me tengo que quedar con una, sería sin duda con la discusión. Esas lágrimas, esos gritos, ese bofetón.

—¿Por qué mientes?
—No miento.
—Entonces, ¿por qué lloras?
—No lloro.

Una historia de iniciación y aprendizaje repleta de emoción. Una historia donde la protagonista se enfrenta a una terrible villana llamada vida. Al final, he asistido a esa película con varios pedazos de realidad y de amor (y de sexo y de espaguetis y de ostras…) que me han dejado clavada en la butaca, conteniendo la respiración, con un sentimiento de tristeza enorme en donde el color azul, ahora, es de otra manera. Es una historia que podría ser la de cualquiera. Una historia que he amado y que voy a añorar.

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