Adèle es una guapa adolescente que coge todos los días el
autobús para ir al instituto. En un gesto —maravilloso— que se repite, se atusa
el pelo con su inseparable goma o se sube los pantalones ajustándoselos a su
cintura. La vemos en clase de literatura, donde se trata una obra algo
premonitoria de lo que puede suceder en su vida real. Allí se habla sobre el
sentimiento de pérdida o sobre la necesidad. Son adolescentes que todavía no
han decidido qué hacer con sus vidas. Chicos y chicas se ven, quedan y salen.
Pero Adèle… Adèle es diferente. Es una chica confusa en busca de un amor que se
le presentará de improviso, sin avisar.
Y a estas edades (y a todas, en realidad), ese conflicto
interno es muy difícil de resolver. Y, encima, todo se enreda más con una
figura: la chica del pelo azul (“El color más cálido”).
Esta historia tiene un realismo enorme. Está plagada de
unos primeros planos extraordinarios. Nos enseña a los personajes de una manera
muy cercana, tan brutal como tierna. En esta película se come sin pudor y se
ama sin pudor. Porque el cine necesita ver todos los amores posibles, y todos
los posibles del amor. Así, la vemos entregarse en cuerpo y alma al sexo, al
color azul. El primer encuentro bajo las sábanas es una de las escenas de sexo
más pasionales y explícitas que hemos visto (y con ello me incluyo) en mucho tiempo.
Es en esos momentos, en esas miradas, en esa boca entreabierta cuando Adèle se
hace grande… Es imposible no enamorarse de ella.
En el lado opuesto está Emma, la chica del pelo azul (Léa
Seysoux, que hay que ver qué cambio que toma de Malditos Bastardos a aquí). Es diferente de Adèle. Tiene pasión,
sí, pero de otra manera. Es más madura, es artista, tiene una vida más real
donde, en muchas ocasiones, la pasión se deja de lado, se aparta para lidiar
con el fastidioso día a día.
No hay palabras para describir la interpretación de
ambas. Dos actrices inmensas a las que la cámara quiere y nosotros nos
entregamos a ellas.
La Vida de Adèle está basada en un cómic llamado El azul es un color cálido, el cual me
lo leí apenas unos días antes de ver la película en el cine. Y, como siempre
(por si no sonaba bastante repetitiva ya), he de decir que el papel gana a la
pantalla. El cómic está plagado de amor; no hay diálogos extensos, no hay
palabras difíciles de comprender: todo es, como en la película, muy natural.
Sin embargo, la historia no es la misma (como curiosidad, el nombre de la
protagonista en el cómic es Clementine y no Adèle). Con esto no quiero decir
que la peli tenga que meterse en el saco (casi lleno) de malas adaptaciones, sino que me lo tomo como me lo tomo con Juego
de Tronos. Pequeños cambios, finales completamente diferentes. Pero finales
que, como ocurre con el papel, gustan de igual forma.
Maravillosa, magnífica, única, íntima hasta doler; pero sobre
todo, inadjetivable. La Vida de Adèle está repleta de hermosas escenas. Son
varias las que se nos quedan grabadas al acabar la proyección. Desde el
comentado gesto de su pelo y los primeros planos hasta las conficencias en el
parque y en ese banco tan especial. Pero si me tengo que quedar con una, sería
sin duda con la discusión. Esas lágrimas, esos gritos, ese bofetón.
—¿Por qué mientes?
—No miento.
—Entonces, ¿por qué lloras?
—No lloro.

Gracias por este artículo, muchas gracias.
ResponderEliminar