Esta
es la historia de un chaval que nació a mediados de los 70. Hijo de padre
africano y madre extremeña. Según le cuentan, no fue fácil para la pareja en
una época como esta, llena de prejuicios. Pero el niño trajo amor al nido, y en
un 3ºD, aquel bebé, empezó por primera vez a dar sus primeros pasos, a hacerse
su camino. Una carrera que no iba a ser fácil.
El
primer palo fue en el colegio. Niño le busca:
-
Mi mamá dice que tienes la cara sucia.
Niño
no entiende. Antes de ir a clase se lava la cara muy fuerte para poder verse. No
importa cuánto se lave, su cara siempre es más oscura que la de los otros
chavales. Primero fueron risas, más tarde burlas crueles, y un niño de 9 años
se defiende como puede. Niño nunca lloró, Niño siempre fue fuerte. Niño no veía
porqué era diferente. Niño vivía en silencio con su amargura, porque, aquel
niño, era un cara sucia.
Niño,
aprende que eres diferente. Niño, resiste. Niño, sé fuerte. Sé indiferente al
rechazo de la gente inculta y levanta esa preciosa cara sucia.
Entre
peleas en el cole, el niño se hace adolescente. Se ganó el respeto de sus
compañeros, pero conocer a alguien es empezar de nuevo. Tiene que demostrar que
es uno más constantemente. Chico llega a creer que todo ha cambiado. Que es el
líder de su grupo, es el más fuerte, el más rápido…
Chico
conoce a Chica un día y vuelven las dudas porque Chico invita, pero Chica rehúsa.
-
Lo que oyes. No, no. No soy racista, pero... No me gustan tan morenos.
Algo
normal en la adolescencia pero Chica rompió su último hilo de inocencia. Cuando,
con 15 años, la policía para y te registra a ti de entre todos tus colegas, te
das cuenta de que ya jamás serás uno más. Y de que las reglas sí dependen del
color del que seas.
Chico,
poco a poco, se convirtió en Hombre. Ya dejó atrás sus conflictos de identidad.
Pero aún hoy se hace la misma pregunta:
¿Tenían
derecho a convertirle en Cara Sucia?
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