20 de marzo de 2012

Cincuenta y tres.


Bueno, ventana, ya estoy aquí otra vez. ¿Que qué me pasa hoy para volverme igual de loca que hace una semana, día más, día menos? Ay ventana, si yo te contara…
Ya pasaron todos los exámenes y todas las horas de estudio. Pero, y yo que creía que me había librado de la mala suerte, esta no hace nada más que perseguirme. Parece que le mola ir detrás de mí, como le coja del cuello le arranco las orejas y se las hago tragar. Y, bueno, pues eso. He suspendido en alemán (2 no apto y 1 apto), aunque ya sabía yo, ya. Si total, es una mierda de idioma, ¿para qué me la voy a aprender? Si yo ya sé escupir por mi cuenta, qué me dices a mí de poner la lengua arriba y la garganta de no sé qué forma para pronunciar una maldita e insignificante r. Que casi todas las palabras tienen la letra r, vamos a ver, ¿voy a tener que poner esa cara de SupermanEstreñido cada vez que lea algo? Y no es por meterme con los alemanes (bueno sí, ya de paso), pero es que mira que es feo el alemán. Pero feo, feo, feo.
Pero, ventana, lo mejor de todo es que me obligan a seguir con alemán. Sí, ya sé que el futuro está lejos de España. Pero, joder, a este paso el futuro estará lejos de la Tierra.
Yo no voy a ir a vivir a Alemania, por mucho dinero que se gane ahí, aunque sea barriendo. Vamos, por favor. Si yo me quiero quedar en España, a lo mejor me quedo en España. Y si yo me quiero ir a Inglaterra a vivir, pues a lo mejor cojo y me voy a Inglaterra. ¿Pero a Alemania? ¡Jamás! Y no te lo recomiendo, ¿eh, ventana? Menos mal que fuiste a parar aquí, imagínate tu vida sin mí a tu lado. Qué pena, ¿no? ¿A que me echarías de menos?
No contestes, seguro que sí.

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