23 de mayo de 2012

Ciento catorce.

Sólo se oye a un niño llorar. Sólo eso, aunque ya es mucho. Y al tren, sí, también se oye al tren de lejos, de música de fondo. La banda sonora de mi casa, puedo decir. Es mi casa cuando estoy sola, como ahora, y su casa cuando estoy acompañada. Agradecida de esta calma y quietud, de esos gritos de ese niño de aquella vecina del otro portal. Y del tren, de los resoplidos largos y profundos de esa máquina que tengo delante de mí, detrás de esta ventana (de mi ventana), la cual me impide, cerrada, sentir el aire.

A veces me entran unas ganas tremendas, casi inconscientes, de volver al norte. Y sentir la brisa, más acogedora, tierna y cariñosa que ésta; oler la hierba justo cuando la lluvia acaba de parar; sentir la arena de una playa, cualquiera, en lo que antes era mi cuerpo; caminar por la orilla, observar esas extrañas ondulaciones que produce el contacto de mi pie con la arena ya mojada; estremecerme con el primer abrazo que me brinde el mar, y esperar impacientemente al segundo y al tercero y al cuarto; caminar y correr, playa arriba y playa abajo porque, cada vez que me dé la vuelta, el camino es otro; dibujar en la arena, escribir mensajes subliminales a gente que no me cae muy bien y luego sentarme, ya con la puesta de sol, y ver cómo el mar escucha, lee y entiende mi mensaje. Y lo cumple, vaya que si lo cumple.

Pero ahora no estoy allí, sino aquí. Y no podré ir.

Me da rabia. Tengo mucha rabia contenida en este corazón desobediente. No lo supe educar y él, ahora, me domina. El maltrato no es maltrato cuando la maltratada se deja maltratar. Y yo me dejo, qué más puedo hacer. No existe un número de teléfono en contra del dolor. Cuando sea mayor lo haré. Cuando sea mayor. ¿Cuándo se empieza de verdad uno a hacer mayor? Físicamente, más o menos, todos lo sabemos. Pero en lo interior, en lo que de verdad importa, cada cual madura de una forma. A veces forzado, a veces queriendo. 
Mi gato me mira. Se me viene a la cabeza, casi de una manera fugaz, el día que pisó esta casa (mi casa) por primera vez. Todo era tan fácil en esa época. Todo era comprensible, hasta la crisis, esta jodida y maldita crisis, era entendible. Y, si acaso, perdonada. Sólo era jugar, dormir, comer, mear y cagar (y lo he escrito en orden, ¿eh?). Sólo eso.
Pero todo cambia. Ahora el miedo reposa tras mi tráquea, ahora pienso todo y digo nada. Las personas cambian con el tiempo. 

Y yo, desgraciadamente, soy.

2 comentarios:

  1. Midons, ha habido una frase que me llamó la atención. Es la siguiente: ''El maltrato no es maltrato cuando la maltratada se deja maltratar''. Desgraciadamente tienes razón. Pero la maltratada se deja maltratar por miedo a que sea maltrata de una forma peor. Por lo que es difícil no salir ''herida'', por lo menos psicológicamente.

    Estamos todos contigo. :D

    ResponderEliminar