30 de mayo de 2012

Ciento veintidós.

Iba a escribir sobre algo, pero prefiero hacerlo sobre nada.

Sobre la nada que hay en este aire que ahora mismo respiro. Sobre la nada que hay en cualquier parte: en nuestro cerebro, en los objetos, en el paisaje… En, quizás, algunos corazones. La nada que mantiene la Tierra suspendida, como en esas películas tan antiguas de extraterrestres, en las que se veía el hilo que sujetaba la maqueta del planeta humano; aquello que hace que no se precipite hacia los confines del Universo. La nada del Universo y de todo lo real.

La nada de los recuerdos. De las metas propuestas. De las promesas rotas.

Nada de nada. Nothing. Es raro escribir sobre nada, puedes elegir tantas cosas… Pero eso ya sería algo. Nada son estas líneas, porque no hablo de nada. Bueno, sí, de la nada. Iba a escribir sobre algo, pero decido hacerlo sobre nada. Porque sí, porque es más fácil. La nada incluye todo. Tan camaleónica que podría ser cualquier cosa, todo lo que se propusiera, porque la nada, ella, alberga al todo en su interior.  Aún así, a sabiendas que podría ser un centímetro de este cuaderno tan mío como mi carne, una casa al lado del mar, un trozo de nube, un pelo de gato, una uña de águila, una pelota pinchada o sin pinchar, una vena, una arteria, un playmobil, un juguete, un Woody, Buzz Lightyear, un león, una uva, la luz, una televisión, un móvil… Aún así, pase lo que pase, gane quien gane, pierda quien pierda; a pesar de todo decide ser nada. Ni algo ni alguien: sólo nada.

¿Y nadie?

Iba a escribir sobre alguien, eso es verdad, pero prefiero hacerlo sobre nadie.
Porque no quiero dar nombres, somos lo suficientemente maduros como para darnos por aludidos. Nadie me ha jugado una mala pasada y me ha obligado a recordar la nada de los recuerdos, la nada de las metas propuestas y la nada de las promesas rotas.

Nada incluye, aunque no quiera serlo, al todo.  
Pero de Nadie no se puede decir lo mismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario