Sobre la nada que hay en este aire que ahora mismo respiro. Sobre
la nada que hay en cualquier parte: en nuestro cerebro, en los objetos, en el
paisaje… En, quizás, algunos corazones. La nada que mantiene la Tierra
suspendida, como en esas películas tan antiguas de extraterrestres, en las que
se veía el hilo que sujetaba la maqueta del planeta humano; aquello que hace
que no se precipite hacia los confines del Universo. La nada del Universo y de
todo lo real.
La nada de los recuerdos. De las metas propuestas. De las
promesas rotas.
Nada de nada. Nothing. Es raro escribir sobre nada, puedes elegir
tantas cosas… Pero eso ya sería algo. Nada son estas líneas, porque no hablo de
nada. Bueno, sí, de la nada. Iba a escribir sobre algo, pero decido hacerlo
sobre nada. Porque sí, porque es más fácil. La nada incluye todo. Tan
camaleónica que podría ser cualquier cosa, todo lo que se propusiera, porque la
nada, ella, alberga al todo en su interior. Aún así, a sabiendas que podría ser un
centímetro de este cuaderno tan mío como mi carne, una casa al lado del mar, un
trozo de nube, un pelo de gato, una uña de águila, una pelota pinchada o sin
pinchar, una vena, una arteria, un playmobil, un juguete, un Woody, Buzz
Lightyear, un león, una uva, la luz, una televisión, un móvil… Aún así, pase lo
que pase, gane quien gane, pierda quien pierda; a pesar de todo decide ser
nada. Ni algo ni alguien: sólo nada.
¿Y nadie?
Iba a escribir sobre alguien, eso es verdad, pero prefiero hacerlo
sobre nadie.
Porque no quiero dar nombres, somos lo suficientemente maduros
como para darnos por aludidos. Nadie me ha jugado una mala pasada y me ha
obligado a recordar la nada de los recuerdos, la nada de las metas propuestas y
la nada de las promesas rotas.
Nada incluye, aunque no quiera serlo, al todo.
Pero de Nadie no se puede decir lo mismo.
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