Delac me avisó de que ya estaba llegando a mi barrio por lo
que, deprisa y corriendo, me fui vistiendo y bajé a recibirle a la misma calle.
Nos sentamos en las escaleras de un portal cualquiera, de los muchos que hay por
mi barrio, y estuvimos hablando largo y tendido durante veinte minutos. Qué nos
íbamos a encontrar, cuál sería el mejor sitio para ver mejor, qué tan grande era
el lugar, cómo era la calle, si había ratas o no… Lo normal, lo que se pregunta uno en este tipo de ocasiones. Ya eran las ocho menos cuarto, así que subimos a mi
casa para recoger los bártulos y salir pitando de allí. En el viaje en coche no
hablamos. No con la voz, al menos, bastante gritaba
ya la maldita música que había puesto mi padre a todo volumen. Yo me puse los
cascos y, con el móvil, Delac y yo nos comunicamos perfectamente. ¿Sobre qué?
Bueno… Al principio ni me acuerdo de qué iba la conversación pero cuando mi
padre me hizo tener que bajar el volumen de mi música y escucharle decir que “Esa
que está ahí es la universidad Icade”, cambiamos rotundamente de tema.
– Anda, esa es de la que me hablaste, ¿no? – me preguntó Delac por Guasap.
– Sí, a esa universidad me quieren llevar si estudio
Periodismo o Psicología.
– Oh… Pues… oh. –
un minuto de espera. – Jo.
– Pero creo que estudiaré filología.
– ¡Me alegras! ¡Así iremos a la misma uni! Y podremos compartir piso.
– Ya decidiré. Pero podemos compartir piso igual, en Madrid
están las dos.
– A mí todavía no se me ha quitado de la cabeza lo de estudiar
Psicología. – dice Delac.
– Si te quedas con las ganas siempre puedes hacer 4º de
Ciencias y luego pasarte a Letras, pero sólo si sigues con el mono.
– ¡Si es que de la rama de salud me gusta todo!
– Bueno, ya habrá tiempo. Somos jóvenes, ¡vayamos de fiesta!
¡Divirtámonos! ¡Follemos!
– Pero a ti te pega algo de extrema Letra, jeje. – blablá de
Delac. – Y eso último cuando se vayan tus padres. Nos lo hacemos en un baño.
Bueno, cambiemos de tema… ¿Qué opinas de la incorporación de China al mercado
económico mundial?
– Moriremos todos. Seremos catapultados por los penes de los
chinos y la diana será caer en algún…
– Pero si los chinos tienen la media de pene más baja…
– ¿Y te crees que no lo remediarán? ¡Os cortarán los
penes y los pegarán a los suyos!
– Ninguna chica me querrá sin pene… Sin pene no soy nada.
– Sigues siendo Delac. – troll, lo siento (no, es mentira).
Después de esta inadecuada conversación para unos críos de
quince años, aparcamos a duras penas por Madrid y nos metimos en el metro,
porque por lo visto mi padre decía que con el lío del Día del Orgullo y la semifinal de España iba a ser un poquito
difícil aparcar en el interior de la capital. No podía estar más caliente
(fuera malpensados), estaba del calor hasta el mismísimo Jesús e incluso en el
metro haría más de 35ºC. Y los sobacos sudados de la gente tampoco ayudaban.
Nos fuimos a un bar (en el que trabaja mi padre) vacío para
refrescarnos un poco antes de seguir nuestro Camino de Santiago hacia el pleno
centro de Madrid. No me dio tiempo a beberme la Coca-Cola.
– La verdad es que tu hija es igual que tú, ¿eh, eh? – dijo
una señora ya mayor (muy, muy mayor) que sería conocida de mi padre. – Se
parece al padre, no a la madre. – las señoras mayores y sus parecidos.
– Qué piropo para la madre. – dijo la madre que me parió.
– No, mujer, si tuvieras a un hombre feo diría que se parece
a la madre. – ¿la llamó fea a mi madre? No es retórica, e incita a pensar.
Tras subir unas cuantas cuestas, bajar otras tantas y pasar
bajo los andamios de esos edificios que siempre (pero siempre) están en obras,
llegamos a otro bar, esta vez porque mi padre quería ver el fútbol. He aquí una
gilipollas que, estando en la puerta, se dio un golpetazo con ésta en la mano.
Se me saltaron las lágrimas y tuve que ir al baño del bar para echarme un poco
de agua, pasando entre una masa de hombres altos, gordos, feos, menos feos,
chillones, bordes y un gran etcétera. Torpe no, lo siguiente. ¿Qué tonto se
pilla la mano con una puerta mientras la está sujetando? Esta sí es retórica,
por favor. Mi padre al final decidió quedarse allí, había hecho amiguetes y, ¿por
qué no se iba a quedar? ¡Si es fútbol! ¡¡Fútbol!!
Hasta aquí bien (quitando lo del accidente con mi mano que,
por cierto, tengo un moratón), y lo que sigue es aún mejor. Nos cogimos unas
pizzas, pasamos por la marabunta de gays que había en… en una plaza muy grande,
yo por Madrid no me ubico. Ahí vimos a Jesús Vázquez en un bar, rodeado de
hombres cañones (sí, hombre, Jesús Vázquez, el presentador de Allá Tú de hace
un tiempo). A eso de las nueve menos veinticinco llegamos al Café. Había mucha
gente fuera, gente conocida de vista de cotillear vídeos de TuTubo, pero
entramos directamente, con mi madre detrás.
– Eh… Aquí no se
permite entrar a menores. – dijo el hombre que estaba en la barra (más obeso y
parece Jabba).
– Pero cómo que no, si ya hemos estado aquí antes.
– No me fijaría. – se encogió de hombros sin que le
importase mucho el asunto.
Delac y yo nos miramos. Qué yuyu me estaba entrando. Le dije a mi madre que entrásemos aunque
sea sólo para hablar con quien habíamos quedado, para ver si se podía arreglar
esto o nos teníamos que quedar fuera viendo el fútbol. A partir de aquí se
formó la de Dios, Delac y yo nos apoyamos en los asientos, un poco apartados,
para ver desde una perspectiva segura qué estaba sucediendo. Como si la cosa no
fuera con nosotros, yo todavía no me lo podía creer. Nos iban a sacar de allí
por tener tres años menos de lo permitido; somos menores y, por serlo, no
podemos asistir a un recital de poesía. Hay que joderse. Fue llegando gente y
gente, y la voz se iba corriendo de boca en boca. Hubo un momento en el que nos
sentimos culpables por haber ido, les íbamos a estropear la noche; pero fue un
momento, como ya he dicho, acto seguido se me vino de nuevo a la mente la idea de: “¡Es poesía,
recitan! ¡Ahí dentro no se desnudan!” Cosas peores aprendemos, sabemos,
escuchamos, vemos y decimos.
Pero al final Jabba el Hutt nos dejó entrar, hizo la vista gorda (tiene gracia).
– Venga, chiqui, por esta vez podéis pasar.
– (Por dentro) Hijo de puta, cuando llegue a casa te haré
una maldición gitana. ¡Gordo!
– (Por fuera) Gracias (sonrisita de niña buena).
Qué a gusto.
Ayer vi burlarse a la
gente en la cara de la ironía, lo negro se pintó de blanco a capas muy espesas,
vi reírse a la tristeza, socializarse a la soledad y, sí, se podría decir que
vi a Dios. O a dioses. Ya fui una vez a aquel lugar, en marzo, y salí del sitio
estupefacta por lo que acababa de presenciar. Ayer salí con adrenalina, pero no
porque España ganase en las semifinales. Ayer, cuando iba por las calles de
Madrid en busca del coche y la Gran Vía se llenaba de pitos de aficionados al
fútbol, iba con ellos, pero no por la misma razón. Ayer tuve más claro aún que
el principio de todo fue la palabra. Que la palabra es un arma tan o más
peligrosa que cualquier física, que puede hacer igual o más daño. El arma que
mide metas y recuerdos. Pensando tanto y diciendo nada, pero allí los
pensamientos salían por la boca sin que nadie reprochase. Allí se liberó el poder
más grande que nos fue dado: la palabra, que libera efectos encadenados, buenos
y malos. Vaya momentos los de ayer, y pensar que por un minuto nos lo íbamos a
perder… Momentos mágicos, por ponerme melancólica, y no era para menos, había
verdaderamente una Maga entre aquella gente. Aprovecho para decir que adoro ese
momento cuando miras a alguien que te está mirando y ambas sonríen. No habré
hablado con casi nadie, seré una cría (mental y biológicamente) comparada con
ellos, pero me he sentido identificada con gente de allí. Con una persona en
concreto, aunque todos eran perfectos.
Graciosos, extrovertidos, críticos, amigos, padres, madres,
hijos… Pero poetas.
Sabía que escribir llenaba, pero ahora sé que a la poesía no
se la puede comprimir en ningún recipiente.
– Bueno, esta noche se
dormirá de miedo, ¿no?
– Y a gusto.
Te pones caliente eh..
ResponderEliminarGrr.
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