Estás que te lleva el diablo, no te aguantas ni tú misma y
no sabes ni por qué. No le ves el fin al camino, el túnel se derrumba delante y
detrás de ti. No quieres moverte, no tienes fuerza ni para levantar una mano.
Las sábanas se te pegan y por la noche ni con pegamento, los ojos hinchados, la
nariz irritada, los brazos temblorosos, el pelo graso pegado a la cama, la
frente sudorosa, las uñas sucias y los pies helados.
Y qué más da. Bueno, sí, es un vacío en el estómago lo que
sientes y tienes unas náuseas tremendas. La cabeza te da vueltas, pero no estás
mareada. Sólo tienes mucho en qué pensar. Las ideas se te desbordan por las
orejas y los lagrimales. Ahí, a lo lejos, o al menos eso crees ver, está un
móvil centelleando, con una fotografía anunciando que alguien llama. ¿Abuelos,
tíos, primos, amigos? Sólo cubres tu cabeza, no quieres saber nada y es ahora
cuando te arrepientes de haber puesto un tono de tu grupo favorito. La guitarra
te taladra las sienes, cada golpe de la batería lo sientes en el pecho.
Y las náuseas aumentan.
Oh, silencio.
Llamada perdida.
– Jódete y llama después.
Tratas de dormir y al caer en el quinto estado del sueño te
atormentan los fantasmas, recordando lo patético que es tu caso. Gritan, te
rodean, te agarran, te arañan y te tragan. Es horrible y no sabes qué te
espera.
Con toda la fuerza de tu corazón (con lo terco que es) y
algo de ayuda del cerebro te levantas, hay una vida que debes vivir. No
quisieras, mala noche. En la ducha, el agua cae sobre tu cuerpo aunque sólo
sientes el ardor de la garganta. ¿Constipado? Pero si es verano… Todo es
robótico, pre-programado, como si alguien hubiera puesto un CD llamado “Alistándose
para la vida diaria” y diera al Play demasiado fuerte.
Tus sentidos, torpes, no responden ni para arreglarte
(¿alguna vez lo has hecho?), mucho menos para manejar. Gracias a la ayuda
divina (¿?) llegaste a salvo a tu jungla de asfalto, rodeada de voces que se
parecen tanto a los fantasmas de tus sueños que te acostumbras fácilmente. Las
ignoras.
El rostro demacrado, el cabello desarreglado y ese sabor
ferroso en la boca que no ha desaparecido tras lavarte los dientes una vez y
otra también. Sangre y sabor a hierbabuena, estupenda combinación.
Sonríes, porque debes hacerlo. Hablas, porque debes hacerlo.
Miras, porque debes hacerlo. No escuchas, debes hacerlo pero no quieres. Sólo
asientes a todo.
Y cuando crees que ya nada puede ir a peor, cuando crees que
la única manera de seguir es echar a andar, cuando todo el universo se alinea
para darte una oportunidad… Llega la tan fatídica pregunta:
“¿Qué tal estás?”
¡La catástrofe! ¡Las estrellas colisionan! ¡Catapúm! ¡Hulk
ha llegado! Te derrumbas, pedazo de escoria, mientras el bombardeo de preguntas
continúa. Respondes por inercia, porque es lo que quieren saber. Ni siquiera tú
sabes la respuesta. No has peleado, eres amada, tienes amigos, tienes casa,
tienes cosas que hacer y tienes un completo conocimiento de que tu vida aún no
ha terminado. Pero pareciera.
Sola. Estás en depresión. No sabes cómo ni cuándo ni dónde.
La tienes, la abrazas, la aceptas y pretendes que el mundo se derrumbe sin que
nada te caiga a ti.
“Ánimo, que tú puedes”.
Y ahí van tus ganas de ser aplastada por algún escombro.
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