Yo al venir ya veía por dónde iban a acabar los tiros: el
perro se iba a acercar a mí, me iba a oler e iba a comenzar a ladrar; yo
echaría a correr cagada de miedo y el perro detrás de mí. Exactamente fue lo que pasó, pero en vez de
correr (para no parecer más loca de lo que estoy) sólo anduve más rápido. El
amo ni se enteró, así dejan las mierdas que dejan los perros por ahí, si ni siquiera
los que deberían ser responsables lo son. Va a ser verdad eso de que los
animales (concretamente los guauguaus)
huelen el miedo humano y lo persiguen. Sin embargo éste parecía que no tenía
muchas ganas de andar detrás de mí mucho rato: me siguió apenas unos metros
(que se me hicieron eternos) y luego se paró a ladrar y ladrar. Cómo odio los
ladridos de los perros.
Llegué a la parada del autobús sana y salva, aunque con un
calor impresionante. Tuve que esperar unos cinco minutos hasta subir, minutos
que aproveché para charlar con Delac sobre nuestros planes del día. Planes que
cumplimos, pero no nos salieron como habíamos acordado. Subí al autobús a las
cinco y veinticinco.
– Estoy dentro. Ahora arranca. Bueno, todavía no. ¡Estoy
sola! Ya voy de camino. Pasamos por el recinto ferial. ¡Me quedo sin batería!
¿Por dónde vas?
– (Se ríe) Estoy en el ascensor, avísame cuando estés más o
menos por el colegio.
– Ya estoy en la glorieta del cole. ¡Ahora en Coronel de
Palma! ¿Tú?
– Ya casi llego.
Nada más bajarme del autobús ya quise volverme a subir a él:
qué calor, por dios. Soy del norte, yo esto no lo soporto. Si hace frío, vale,
te puedes poner capas y capas de ropa encima imitando a una cebolla; hace calor
y ¿qué?, ¿vas desnudo por la calle?
Nuestra primera parada era en la Biblioteca Central. Había
traído una lista de libros que alguien me
había dado y me pensaba coger alguno. Sí, ya ya; para los más espabilados:
es cierto que no tengo mi carnet de la biblioteca, en una de mis últimas
entradas digo que lleva perdido (junto con el monedero, el DNI y cuarenta
euros) mucho tiempo, pero mi madre me dejó su carnet y asunto arreglado (bueno,
o no). Subimos los dos pisos de escaleras mientras Delac me agarraba de mi camiseta,
se le veía cansado al tío.
– Busca la C de Cortázar.
– Vale.
– ¡No, no! La M de Juan Marsé.
– Valep.
– ¡Mejor, mejor! MEN
de Eduardo Mendoza.
– Vaale…
– Bah, la K de Kafka.
– Búscalo tú o me pagas, ¡pesada!
– Anda, quita. De verdad que los hombres no servís para nada
(sarcasm rul’z).
Después de encontrar el libro de La Metamorfosis y de un par
de búsquedas en los anticuados ordenadores de la biblioteca, fuimos a hacer los
¿trámites? para que pudiera apadrinar
a Kafka durante un mes. El muchacho que me atendió no parecía muy espabilado. Y
encima era borde, caca de
bibliotecarios. Mosqueada y sin libro fui a donde estaba Delac, que parecía
intrigado mirando un libro que se llamaba “Hijas y Padres”.
– Estoy caducada.
– ¿¡Cóoomo!?
– Que estoy caducada – le enseñé el carnet de la biblioteca.
– Caduqué el 7 de junio.
– (No sé cómo no le llamaron la atención con las risas que
soltó) ¡Qué pringada! (risas y risas) ¡Pringui!
(más y más risas) ¡Tooorpe! (y dale
con las carcajadas).
– Bueno, vale ya, ¿no?
– Vale, vale. Jé… Uhm, ¿y no…? Jeje. ¿Y no puedes renovarlo con el DNI?
– El DNI es de mi madre, idiota, ¿quieres que le enseñe al
borde de ahí el carnet de una mujer de cuarenta y cinco años?
– A lo mejor darías el pego.
– No te pego una ostia por no mejorarte (sí, un poco
agresiva estaba hoy, sí).
En fin, que nos fuimos sin Kafka y cagándome en mi madre por
darme un carnet caducado (te quiero, mami).
Nuestra segunda parada iba
a ser otra biblioteca que estaba en el centro, ésta contaba con ordenadores con
internet que no necesitaban tener usuario para meternos y una azotea abierta al
público, donde pensábamos quedarnos un rato.
– (Delac) Está cerrada.
– No jodas.
– Jodo.
– Joder (ah, bonito juego de palabras).
¿Y ahora qué? Nuestra tercera parada debería ser el Burguer,
estábamos enamorados los dos de la comida basura, de su grasa y de los helados
que nos daban de dos euros. Yo no aguantaba más el calor y, pensando en el aire
acondicionado del King, propuse saltar directamente a la tercera parada. De
camino hacia el “establecimiento”, tuvimos una charla profunda.
– (Yo) ¿Has leído lo de nuestra Prima?
– ¿Prima? – me miró alarmado, sería bueno en el teatro. – ¿¡Somos
familia!? Adiós a los planes de futuro.
– La Prima de Riesgo. Subió al 610 el otro día.
– Y hoy a 632, nuevo máximo.
– De eso no me he enterado. Y luego dicen que no necesitamos
ser rescatados.
– ¿Qué fascista ha dicho eso ahora?
– El Ministro de Exterior, creo. ¿Creo? No sé, son todos
iguales.
– Necesitamos ser rescatados más que el Titanic en su
momento. Nos hundiremos como ellos… Me pido a Di Caprio.
– Yo al malo, al del flequillo feo.
– Pero ese es un cardo.
– Pero vive, Di
Caprio no.
Llegamos al Burguer y yo me pedí un helado de chocolate
(llevaba ya tiempo sin tomarme uno); nos sentamos en una mesa con buenas vistas
y nos quedamos callados. Y callados porque, sinceramente, estos días he estado
más apartada de lo normal. Uh, no sé: llamadlo x. Delac metió la cabeza entre los brazos, que los tenía apoyados
en la mesa y se quedó así algún rato. Pero no tardamos en volver a reiniciar la
conversación, esta vez otra nueva.
– Tía, estás blanquísima – dijo Delac refiriéndose a mi
piel.
– Tú has ido a la playa. Y yo desde siempre he sido blanca
de piel.
– Ya, pero… ¡Joder, es que ahora se nota mazo! – juntó mi
brazo con el suyo y comparamos colores. – ¿Ves, ves?
– Tampoco te creas que me gusta mucho estar morena.
– Ni a mí.
– Ya, pero tú lo eres
– me miró raro, como si hubiera dicho algo malo. – Quiero decir… Aunque no te
dé el sol sigues siendo mucho más moreno que yo o que muchos de la clase, ¿no?
Tú siempre has sido morenito.
– Ya, ya.
– No he ido a la piscina en todo el verano – bah, sólo un
dato de más.
– ¿No? ¿En serio? Bueno, a mí me gusta mucho más la playa
que la piscina.
– Sep, y a mí. Pero cuando voy a la playa, si es que voy, no
tomo el sol.
– ¿Cómo?
– Que no me echo en la toalla a dormirme horas boca arriba.
Si voy lo que hago es meterme en el agua, aunque en contadas ocasiones, y
pasear mucho por la orilla. De todas formas en el norte no hay mucho sol que
tomar, ya sabes.
– ¿Y qué te crees que hago yo? No tomo el sol, pero me pongo
a leer con la sombrilla [no se lo dije, pero me lo imaginé con unas gafas
enormes que le ocupaban toda la cara y un sombrero de paja en mitad de la playa
(no me odies)] o a pasear también.
– Yo no me concentro para leer en la playa.
– ¿Por qué no?
– No sé, psicólogo.
Y nos cortaron la conversación. ¿Quién? Un hombre ya entrado
en años (aunque no demasiado viejo) y que olía francamente mal, con aspecto de
vagabundo, se acercó hasta nuestra mesa. Empezó a hablar. Bueno, si a eso se le
puede llamar hablar, porque, al parecer, tenía problemas para vocalizar. No, en
serio: no podía pronunciar bien las palabras, así que ni Delac ni yo le
entendimos. Al principio pensé que era una broma y solté una risita. No, no era
una broma (o sí y el tío era buen actor). Después de esa charla que nos soltó de la cual yo no pillé nada, Delac y yo nos
quedamos mirando extrañados.
– ¿Se puede saber de qué hablaba? – pregunté yo, entre la
risa y el desconcierto.
– No sé, yo sólo le he entendido “Voluntad”
– Uhm, yo ni eso. Ah, mira, pasa por todas las mesas
diciendo lo mismo.
Y era verdad: el
tío pasó a la mesa de al lado y se dio un rodeo entero al Burguer echando el
mismo monólogo a cada persona. Mientras lo hacía, Delac y yo volvimos a
quedarnos callados. Yo ya me había terminado el helado, así que me limité a
mirar a la mujer que estaba a unos metros de nosotros, que no hacía nada más
que mirar a la ventana con gesto preocupado. Delac estaba de nuevo con la
cabeza entre los brazos, así que le tiré del pelo (cariñosamente, todavía no se
va a quedar calvo).
– Estoy muy sensible.
– ¿Hm?
– ¡Estoy muy sensible!
– ¿Qué? – se acomodó en el asiento. – ¿Por qué?
– No sé, y mira que yo no soy de esas.
– Ya, ya… Dímelo a mí.
– No, en serio. ¿Ves a esa mujer de ahí? – le dije
susurrando, para que la señora no se enterara – Está esperando a alguien.
– ¿Por qué lo dices?
– Porque no para de mirar hacia aquí; bueno, hacia la
ventana. Se la ve preocupada, la habrán dejado plantada. Pobrecita.
– Uy, Midons, esa empatía no me la esperaba yo de ti, ¿eh?
– Calla, ostias.
Y entonces volvió nuestro amigo el mudo. Esta vez ambos estuvimos más atentos, así que logramos seguir
la ¿charla? que nos metía.
– A ver, ¿dinero?
El hombre asintió y volvió a repetir la palabra “Voluntad”.
Habló de unas fotocopias, o al menos eso le entendí.
– ¿Voluntad? – volvió a asentir ante mi pregunta. – O sea,
¿lo que queramos?
No hacía nada más que asentir. Entendí “Lo que sea, monedas
pequeñas” esforzando un poco el sentido auditivo, lo que daría por ser Daredevil
(okayno, necesitaba decir alguna frikada, lo siento).
Delac me miró como diciéndome “No le des nada, es mentira”.
Sí, normal, el hombre bien podría hacerse el tartamudo para ganarse unas pelas y gastárselas en lo que le saliera de
ahí.
– Vale. Te voy a dar algo – metí mi mano en el bolsillo,
mientras Delac negaba que él le fuera a dar dinero. – Toma, veinte céntimos.
– Qué ingenua eres – me dijo Delac una vez el tipo se fue. – Seguramente se lo gaste en un porro o en
alcohol.
– Ya.
– No se lo deberías haber dado.
– Que le pese en su conciencia, es su vida. Además, ¿veinte
céntimos? Tampoco es tanto.
– ¡Son cuatro melones! – refiriéndose a los melones de
chicle, mal pensados. – ¿Y fotocopias dijo?
– Eso creo.
– Bah, ¿pero quién se lo traga?
Me encogí de hombros y volví a mirar a la mujer que había
sido plantada, pero ésta ya me estaba
mirando a mí y me regaló una sonrisa. Justo después, antes de que volviera a
sentir lástima por ella y decírselo a Delac, apareció una pareja joven y se
sentó junto a ella. Así que a quien esperaba era a su hija y su novio (o su
hijo y su novia); les echó una pequeña reprimenda por haber estado esperando
tanto tiempo y luego se rieron por yo qué sé qué cosa.
– ¿Qué? ¿Ya estás animada?
– ¡Sí! ¡Saca tema!
– Debería haberme ido a Letras – resoplido por parte mía. –
¡En serio! Tal vez me arrepienta de escoger Ciencias.
– ¿Pero tú qué quieres ser?
– Multimillonario (risas). Vale, no. ¡No sé! Supongo que
médico, pero lo veo muy imposible. Es una nota muy alta y la psicología no se
me quita de la cabeza.
– ¿Nota muy alta? (oh, ahí viene mi monólogo) Tú te piensas
que cuando estés en Bachillerato seguirás estudiando como ahora, viendo los
estudios como los ves ahora. Piensas que no podrás ser capaz de pasar
selectividad para hacer lo que quieres, porque
la nota es demasiado alta. Te subestimas. Por ese entonces serás más maduro
y le darás bien duro a los codos –
Momento Silencio. – Y respecto a la psicología… Ya sabes lo que pienso.
– Sí: piensas que no sirvo para psicólogo.
– No: no te veo como psicólogo.
– ¡¿Por qué?! Todo se aprende, parece que ahora puedo ser
muy cercano y todo lo que quieras, pero a medida que crezca puedo ir cambiando
y ser un buen psicólogo.
– Yo no digo que no seas un buen psicólogo. A lo mejor hasta
eres un experto, te haces criminólogo y te cambias el nombre a Patrick Jane de
la serie El Mentalista, yo qué sé. Pero piénsalo: imagínate un accidente como
el de Spanair, el del avión. Un amigo de mis padres iba a ir con toda su
familia: nuero, hija y nietos; pero en el último momento se cambiaron las
tornas y, en vez de él, fue su mujer al viaje con la familia. Imagínate el peso
de conciencia que tiene ese hombre, ¿te verías capaz de ayudarle?
– Pues… ¿sí? No sé por qué piensas que no puedo hacerlo.
– Sólo digo que no te
veo, no que no puedas hacerlo – contesté.
– Y entonces… ¿Qué? ¿Qué hago? ¿Hago ciencias y luego me
paso a letras?
– Ese fue mi consejo.
– Pero me iría a Sociales, no a Humanidades.
– Haz lo que quieras, puedes hacerte sociópata.
– En realidad no hay mucha diferencia – Momento Silencio. – Pienso en esto y luego me acuerdo de Plástica y
vuelvo a ser feliz por haber elegido ciencias.
Esta conversación se alargó mucho y mi memoria no da para
tanto, sólo me acuerdo de que ya casi al final, se cambió el protagonista y fui
el centro de la obra.
– ¿Sabes? Yo te veo ahora, sin conocerte, y diría que eres
una persona de extrema letra.
– ¿Uhm?
– Sí, con tus gafas y todo… Das el pego, te lo juro.
– El día que fui a recoger las notas, cuando estaba
esperando, la madre de Nothing me dijo, textualmente: “La verdad es que tienes
unas pintas de escritora impresionantes. Con tus gafas, ahí tranquilita,
sentadica…”
– ¿Sí?
– Sep.
– Joooder.
Y justo entonces… ¡Volvió nuestro amigo el tartamudo! Nos
dejó unos papeles pequeños, los iba dejando en cada mesa del Burguer, que
decía, con letras grandes: “Abecedario para mudos españoles”. Cuando nos lo
dejó a nosotros, nos dijo un gracias
casi incomprensible.
– Al final fue verdad lo de las fotocopias, quién lo iba a
decir.
– Ya ves…
Todavía sin quitarnos la sorpresa de que el hombre había
dicho la verdad y no era un porreta cualquiera, Delac me dijo de forma muda y con ayuda del abecedario
que nos acababa de dar el hombre, que nos fuéramos a pedir una hamburguesa.
Cogimos un menú ahorro y nos volvimos a sentar, esta vez en otro sitio. En la
mesa que estaba enfrente de nosotros había una chica y un chico de unos veinte
años y puse el oído en su conversación (yo tan curiosa como siempre, yeah).
Mandé callar a Delac (lo siento, debería habértelo dicho más educadamente y sin
decir palabrotas) y agudicé más el oído.
– La verdad es que está fatal. A ver, entretiene, pero yo me
esperaba mucho más. En los tráilers todo es más guay.
– Pero está mal hecho. ¿Por qué Hulk se podía controlar en
la última batalla y no en el helicóptero ese raro? Vaya incongruencia.
– Y a Tony Stark y Bruce Banner no les veo yo con el pego de
amigos científicos para nada.
– No me gustó, fue penosa.
– Sí. ¿Y la novia de Hulk? ¿Dónde estaba?
– ¡Es verdad! Liv Tyler (la del Señor de los Anillos para
entendernos) no apareció en toda la película. El que sí que me gustó fue el
malo y Thor, fueron geniales.
– Y el negro tuerto. Pero eso no quita que fuera una mierda.
Delac se estaba enfadando de que les prestase más atención a
aquellos dos imbéciles (qué poco saben, qué poco saben) que a él mismo, así que
intenté hacer oídos sordos a las tontunas
que salían por sus bocazas. Esta parejita se fue al rato, y el asiento lo volvieron
a ocupar otra más joven y con más pasión,
se podría decir.
– ¿Has oído eso? – me dijo Delac en medio de la comida.
– ¿El qué?
– Estos de atrás – señaló con la cabeza a la pareja cachonda
– se están dando el lote.
– (Me moví un poco y por el reflejo de la pared les conseguí
ver) Sí. Está la tía encima del chico.
– Madre mía, qué corte…
Terminamos nuestra cena (porque sí, ya era cena) y Delac me
acompañó hasta la parada del autobús. Como el mío no es uno que pase a menudo,
hubo tiempo de una última charla de despedida.
– ¿Te has enterado de la noticia de Batman, en América? –
pregunté yo.
– Sí.
– Qué jodido
cabrón.
– El… James Holmes era, ¿no?
– Sí. El niño más joven que murió tenía seis años. Vaya hijo
de…
– Como para ir a Estados Unidos a ver una película.
– Lo cojonudo es que iba disfrazado de Bane y dijo que era
el Joker. Me parece fatal que en América se pueda tener un arma como quien
compra leche desnatada en el súper.
– Bueno, lo que me gusta es que están a favor de la pena de
muerte en algunos Estados.
– Yo estoy en contra. Quiero decir: ¿ojo por ojo? Yo le veo
más sufrimiento a la cadena perpetua, quedarse en la cárcel hasta el fin de sus
días. Y si hace huelga como el etarra ése que liberaron por hacer huelga de
hambre, que se consuma como perro que es.
– Sí, vamos: cinco años por matar a una persona y te quedas
con tres por buen comportamiento.
– Eso es uno de los muchos errores de España, queridísimo
amigo.
Y al fin termino. Cada mochuelo a su olivo.
Buenas noches.
Delac me quiere quitar a Midons :(
ResponderEliminarY si, Midons, tú vas de cabeza a escritora e_e..
ResponderEliminarHay Midons para todos :P
ResponderEliminarTú vas para físico, Koka, todos os vais a ciencias :'(